Por: Neftalí Coria
Por uno de los andenes del bosque, Lord Anton me señaló a un hombrecito que estaba de pie junto a su bicicleta. Tenía puesta una gorra azul de ferrocarrilero y un overol de mezclilla. Saludó levemente. Tenía una mirada parda, señal que era un perseguido por la muerte. Era un triste más, aunque también, podía ser que la tristeza le había llegado de vagar fuera de una novela o un cuento.
Se marchó en su bicicleta rumbo al Acueducto.
–Sobrevivió a una mala novela política –me dijo Lord Anton mirándolo alejarse.
Era un sobreviviente de una novela escrita sobre la huelga de los ferrocarrileros a finales de los años cincuenta. Una huelga, señuelo en la historia del sindicalismo mexicano, desconocida y reprimida por el gobierno de López Mateos, que respondió con despidos masivos, encarcelamientos, represión y persecución de los líderes sindicales. El hombre que ya montaba su bicicleta –en la novela– fue uno de los encarcelados y cercano a Demetrio Vallejo, pero por un razonable motivo de inconformidad, escapó y vino a refugiarse a esta ciudad, porque temía que el autor lo encontrara y le obligara a trabajar en otra de sus novelas en las que él –Robertito Jiménez–, ya no creía. El autor recibió dinero para no publicar la novela en donde Robertito era una pieza clave. Y desde el cajón donde estaba guardado el silenciado manuscrito, y con todas las dificultades que se tienen para escapar de una novela terminada, como le fue posible, logró escapar.
–Y ahí lo vemos con la tristeza que dejan las injusticias –dice Lord Anton–. Ahora está escribiendo su historia.
El hombrecito de la bicicleta ya se perdía rumbo al oriente por el Acueducto. Lo miré pedalear y pensé en el efecto inverso que tendrá una historia en la que un personaje se siente obligado a escribir lo que su autor, no tuvo la valentía de hacerla vivir entre los lectores. Y hay que revisar los motivos que aquel Ficticio tuvo para escribir, porque en el caso de Robertito Jiménez, me pareció clara la razón; su autor le tuvo miedo a la verdad que había escrito y en la que el Ficticio no estaba de acuerdo de quedarse en el cajón del olvido. Otro fracaso de la literatura donde un autor teme y esconde su novela por miedo, por autocensura, pero sobre todo por haberse vendido, mientras que uno de los personajes se rebela contra la prostitución del autor y en los años, escribe lo que su autor temió publicar. Vaya revés de un personaje a un autor, como debe haber muchos en la historia de la novela mexicana. Me pregunto cómo será la escritura de un personaje que tiene la urgencia de dar su versión de la historia de la que tuvo que escapar ¿Dónde está esa escritura? ¿Con qué tinta será escrita? Fueron algunas de las preguntas que me hice en ese momento y que me perseguirían poco después.
En la caminata, llegamos hasta el Kiosko, cerca de donde hay una sección de juegos para niños y un trenecito que da vueltas. Ahí estaba otra mujer ficticia sentada en una banca del jardín que rodea al Kiosko. Miraba el suelo siempre como buscando algo. Vestía un traje sastre y tacones. Repentinamente se colocaba en la exacta posición para bailar tango y daba algunos pasos perfectos y algunos giros con una pareja imaginaria. Bailaba como una profesional. Su peinado la hacía ver mayor de lo que realmente era.
–Ella es Agripina –me dijo Lord Anton mientras la mirábamos bailar–; le sobró a una novela en la que una mujer novelista trató de escribir sobre lo que desconocía.
Además de manera caprichosa la autora –hija del dueño de una editorial importante–, tenía segura la publicación y el éxito de la novela. De haber persistido en aquella historia, Agripina asegura que se hubiera avergonzado hasta el rojo de las mejillas. Y aunque no era la protagonista, desistió de la historia cuando se dio cuenta de la ignorancia de aquella mujer, que a toda costa quería escribir una novela sin tener talento, y nada más por haber ido como turista a Buenos Aires en un tour de Semana Santa , regresó fascinada, pero sin conocer el arte de bailar tango. Y Agripina –que es una experta en bailar tango–, vio la incapacidad para tratar la historia que se proponía narrar aquella tan irresponsable “novelista”. Esperó una noche en la página 22 y cuando nadie la vio, escapó de aquella fallida historia.
Agripina ahora baila por la ciudad y según se sabe, pide dinero por que la vean bailar y la gente ha llegado a darle buenas cantidades, porque es una verdadera maestra para bailar tango. Ella, según Lord Anton, ya no quiere volver a ninguna novela, hasta que encuentre quien escriba la historia donde ella pueda vivir de verdad y bailar como un pez nada en el agua. Agripina come hormigas de todo tipo, lo que me pareció extraño para su elegante apariencia. También come otros insectos. Los captura y los lleva en un botecito de tabaco para después comer las hormigas en la mezcla con otros insectos a puños o en sandwich cuando le es posible conseguir el pan. También fuma puro y toma café expreso.
Pasamos un rato más sentados frente al Kiosko y yo debía volver a casa para la hora de la comida. Lord Anton llamó a Agripina; vino y me la presentó. La felicité por su impecable manera de bailar tango. Me despedí de los dos ficticios.
–Me alegra que siga creyendo en nosotros –me dijo Lord Anton antes de partir.
Emprendieron el vuelo a un mismo tiempo. Los miré elevarse por los aires del medio día, hasta que se perdieron en las alturas.
