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Debía escribir la novela de Paura

 

Por: Neftalí Coria

 

Al día siguiente, aunque el cuaderno de Lord Anton me llamaba, me sentí obligado a volver a lo de Paura. Después de lo que había soñado, durante el primer café de la mañana, le pregunté si conocía a una tal Agripina que bailaba tango.

–No, no la conozco –respondió– ¿Por qué?

–Nada, la vi bailar ayer…

–No, no la conozco –dijo con desenfado– ¿Quieres una galleta?

–No…

Me di cuenta que no sabía lo que ocurrió en mi sueño y me alivió. No hay que olvidar que los Ficticios pueden saber lo que los escritores sueñan.

Debía escribir la novela de Paura, pese a una inexplicable reticencia que comenzaba a poseerme. Quizás el mundo nocturno al que debía llevarla de nuevo, me hacía poner resistencia. No quería abandonarla y salir yo de la historia, pero tampoco quería quedarme totalmente en ella y pertenecer completamente a ese mundo de la noche novelesca. También temía que al ser yo el narrador, comenzara a levantar la coraza fría del novelista y hasta la indolencia con una mujer que –de este lado del mundo– ya estaba amando. Temía la llegada de la omnisciencia que siempre aleja y no estaba seguro de aceptarlo. Sabemos que al escribir una novela quien escribe no elige quienes pueden ser los dueños de las voces definitivas que sostienen la verdad a lo largo de lo que se narra. El narrador omnisciente puede aparecer y expulsar a los personajes de las voces narrativas y dejarlos vivir en la acción de su vida. Y ese rey (porque no Dios) que es el narrador omnisciente, puede apropiarse de la voz de mando.

Debía esperar, porque cuando surgen las dudas o el miedo al misterio que aparece sin aviso, los tropiezos en la historia comienzan. Lo mejor es detenerse y mirar a todos lados y enterarse de quién vigila detrás de la página en blanco. Y para las grandes decisiones, está el Dios de la mentira, que con la astucia del zorro y su misterioso timón, decide quién debe vivir en la novela y quién queda libre de irse al vacío del mundo. O arriesgarse a seguir como el ciego que sabe dónde pisar, pero no le importa a quién afecta o pisotea.

Con Paura en mi casa, pasamos la mañana juntos. Revisamos los libros y demás cosas que había traído del viaje y fue hasta después de la comida, que me acerqué al cuaderno de Paura. Ella durmió la siesta con la dulzura que era muy suya. Y en el silencio de la tarde, la historia de su novela continuaba. Escribí:

 

Cuando llegué al bar que Paura me había indicado, la primera imagen que estuvo frente a mis ojos, fue la de ella bailando. Iluminaba el escenario. Era la gracia y la belleza que se unían como pocas veces puede verse en una sola persona. Bailaba una canción sentimental de Katie Perry. Ya en una mesa, pedí un güisqui y pedí además, que cuando terminara de bailar, me trajera a la mujer del escenario a mi mesa.

–Después que se desocupe te la encargo –le dije al mesero.

–Va a tardar.

–Me espero –le insistí.

Ella bailaba y en uno de sus giros me vio. Y en una segunda mirada me reconoció con una sonrisa.

Terminó el show y vino a mi mesa, pese que el idiota del mesero, la cogió del brazo y le dijo que la esperaban en otra mesa. Ella se quedó con decisión y se sentó.

–Te esperan allá –le dijo.

–Él me va a invitar –le dijo sin voltear a verlo–. Me traes lo de siempre.

El mesero después de levantar los hombros se dio la vuelta y se fue. Ella me sonrió.

–Hola, qué pronto viniste –me saludó de beso.

–Me llamo Paura. Aquí eres un cliente más –me dijo como si dijera un secreto–, no hablemos de lo que viste en la casa. Eso lo dejamos para después.

 

Dejé la historia ahí, porque tuve la sensación de un leve fingimiento que no coincidía con las lágrimas tras la ventana y aquella súplica. Actuaba como cualquiera de las mujeres que había ahí. Debía pensar en la historia. Paura despertó en cuanto terminé de escribir y vino de inmediato. Yo estaba frente a la página como si algo que hasta ese momento no entendí, me hubiera impedido seguir. Me miró con una sorpresa inusual y tenía un gesto de tristeza y desconcierto. Algo se había fracturado de manera sutil, pero algo comenzaba a romperse en mí. Cerré el cuaderno porque no quise que lo viera y propuse un café. Lo bebimos en la terraza y hubo más silencio que palabras. Poco después volví al cuaderno. Con el valor que nunca sé de donde brota, volví a escribir:

 

–¿Cómo te llamas? –preguntó.

Le dije mi nombre, pero en ese momento me dio miedo. Estaba entrando a un sitio donde el peligro y los riesgos son muchos y era claro que a ella la rodeaba una mafia. A eso se debió mi titubeo, pese a que su pregunta fue llana.

–Qué bonito nombre –dijo–, así se llamaba un tío al que mataron.

Una señal más del mundo en el que Paura vivía. ¡Habían matado a un tío que llevaba mi nombre! Eso me alertó respecto a su origen. Paura era acapulqueña de madre norteamericana y padre de un pueblo de Guerrero. Eso en ese momento lo recordé. Claro que yo sabía su origen. No hablaba inglés ni conocía el país de su madre.

Hablamos de nuestras vidas y poco a poco me acercó a la desgracia de vivir con una deuda que pagaba bailando y fichando, de estar confinada en una casa de seguridad con otras ocho jóvenes sin poder tener la mínima libertad de salir a la tienda o a dar un paseo por el fraccionamiento, ni hablar con nadie. Mientras hablaba de aquello, pensaba en sus lágrimas tras el cristal de la ventana, en aquella imagen que ahora comprendía; pensaba en la triste vida de aquella joven que ahora estaba confiando en mí, aunque también muchas veces, mentir era su mejor estrategia para buscar el dinero que debía pagar a sus “dueños”.

Me dio detalles de la manera en que las vigilaban en el bar y en la casa: aquello era un cautiverio en el que se incluía su propio cuerpo.

 

Sin pensarlo, dejé de escribir y cerré el cuaderno.

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