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La cúspide del país de la ficción
Por: Neftalí Coria
Acá de este lado, en la realidad, la tarde era fría y Paura en la terraza, guardaba silencio mirando el vacío. Minutos después, se fue a la recámara y se acostó. Y mientras la escritura siguiera, ella iba a ser parte de las palabras que la narraban, aunque no sabía si al momento de subir a la novela, la iba a perder y nuestra historia de amor en el mundo real, quedaría como un recuerdo. ¿O subiría con ella a la ficción?
En aquel momento, ella seguía mirando el vacío. Fui a verla y me senté junto a ella. Se revolvió y sonrió. Me apretó la mano, pero siguió callada. Estuve junto a ella unos minutos.
La besé y volví al cuaderno que seguía de puertas abiertas. Escribí:
Me tomó de las manos y me apretó:
–Sé que tú me vas a llevar contigo –me dijo clavando su mirada en mis ojos.
No supe qué decir. Paura, hermosa como era de noche, también podía hacerme caer en los caminos de un espejismo en el que perseguiría su imagen hasta donde me podría perder.
Sugerí que en algún momento podríamos vernos fuera del bar.
–Tienes que pagar corazón –me dijo con ese tono de las que mienten –y allá es más caro.
“Corazón”, me dijo, como dicen las más vulgares putas. Y en ese mismo tono me lo dijo acariciando mis cabellos. Irremediablemente desconfié.
Mientras escribí este pasaje, que me pareció vulgar, Paura, acá de nuestro lado, seguía en la cama. Esta vez con las piernas abiertas, como si esperara a Dios y gemía como si un dolor placentero la invadiera. Se había quitado el pantalón y sus piernas volaban desnudas, como si el aire fuera agua. Yo escribía y el rasgueo de la pluma, le daba el rumbo y ritmo al movimiento de sus piernas; cada rastra de la punta de la pluma al escribir, era una caricia para ella.
Poco después, cuando dejé de escribir porque había descubierto la evidente falsedad, cerré las puertas del cuaderno. Paura lloraba tendida en la cama bocabajo ¿Estaba percibiendo la historia, se sentía desenmascarada? La novela llevaría a Paura a ser quien debía ser ¿Y esa indolente manera en la que pedía dinero de manera vulgar era suya? ¿Era la misma en ambos territorios? Yo me estaba jugando su amor. Yo, que bajo el influjo del amor, quise entrar con ella a la novela y ser yo mismo, sin importar que perdiera mi presencia en esta realidad, porque sigo creyendo que tan extraña transposición puede ocurrir, sobre todo en una historia en la que la escritura es solidaria con el personaje y con el amor en un lugar de la realidad y ese amor es tan legítimo, que mucho de ficción lleva en sus alforjas.
También he aprendido que es natural, escribir una novela donde las púas de la soledad son tan poderosas, que no hay nadie que pueda detener la hipotética huida del novelista hacia la ficción, si así lo implora ante el Dios de la mentira. Siempre lo he temido y secretamente lo he deseado: desaparecer de la realidad, ausentarme para siempre de la vida real e incrustar una vida mía que se viva en la invención, inventar mi vida amorosa a mi favor y a conveniencia de Paura, mi recién amada, para que la continuación de tal sentimiento sea el ideal y hacerlo trascender hasta la cúspide del país de la ficción.
Y si así fuera, por fin viviría un amor sin descalabros, sin tropiezos, sin la incertidumbre de no saber si el amor que vivo tiene casa y flores cada día que permanezco en esa aventura que solo al corazón importa. Nada despreciable sería darle a mi historia –sabiendo que tendría en mis manos el destino–, el final que me diera en gana darle al amor y a la vida. Yo sería el dueño del timón de mi destino y de la vida de la mujer que amaba. ¿Qué más podía pedir en la vida, aunque abandonara esta realidad en la que poco he sido feliz? Saciaría mis deseos por desaparecer de la vida que me había tocado vivir y estaría en la novela como habitante natural de una historia de la que jamás volvería a la detestable vida real. Pero ahora ante aquella Paura que se estaba modelando en la novela, ya no podía ser mi sueño.
Mientras escribía, esa disyuntiva en la que podía ocurrir cualquiera de los dos destinos míos, por momentos dudaba entre seguir la escritura o suspenderla y olvidarlo todo. La novela llevaba muy poco de la historia, pero como siempre me sucede, me arrojo a la escritura sabiendo que es igual que arrojarse al abismo y encima de todo riesgo. Escribo abriendo las puertas del alma y las palabras brotan como dardos que se clavan en la página y sangran lo blanco de las páginas vírgenes.
Abrí de jalón las puertas del cuaderno y dejé que la pluma rasgara el papel con su punta de oro, esta vez escribí con mi Lobita:
–Por qué me dices “corazón” –espeté.
–Ay, no es nada –dijo con desfachatez y riéndose–, así se les dice a los hombres guapos.
Y me acarició la barbilla. “¡Guapos!”, era el colmo. Un eufemismo más de los que usan las putas y me pregunté ¿A cuántos hombres les había pedido que la sacaran de ahí? Yo era uno más. Era su método para hacer que pagaran. Bebió aquella copa con rapidez.
Detuve la escritura, porque se había revelado el motivo de mi desconfianza por seguir escribiendo aquella historia en la que sería yo el personaje o si convocaría la voz de la omnisciencia para desalienarme de aquel mundo, y donde la mujer que ahora seguía en mi cama, fuera un personaje tan común. Sin dudarlo ¿Debía negarle mi amor? Quizás era el momento de extirpar mis deseos de ser el héroe que arriesgara la vida por salvarla de un mundo en el que se movía con la misma habilidad de las putas comunes.
