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La misteriosa amiga de Roger
Por: Neftalí Coria
Hubo muchas discusiones sobre el asalto al banco, hasta que un día Roger dijo que si nadie aceptaba, el lo haría solo, pero ese banco sería asaltado porque era el ideal y no perdería la oportunidad.
–El mejor asalto, chingao –decía con una vigorosa emoción–, mejor que los de las películas. Y Yo solo me lo chingo.
–Ya te dije que yo voy contigo –dijo Anton.
–Y yo –dijo Anabel.
Y en un lance de amistad y solidaridad, todos aceptamos formar “la colorida banda de asaltabancos”, pero también lo hicimos por la insatisfacción que todos padecemos, como una disimulada enfermedad y también por esa perfección falsa que se acostumbra mostrar entre los amigos, como si de verdad lo perfecto campeara por nuestra vida.
En verdad que la decisión fue haciéndose nuestra porque secretamente, también imaginamos la fortuna y la vida, que con aquel dinero podíamos tener. Todos éramos ambiciosos y adquirir el dinero de golpe, también lo veíamos como una vía para ser ricos, deseo que también disimulábamos.
Algo que nadie de nosotros sabía, era la existencia de una misteriosa amiga de Roger que trabaja en esa sucursal del banco, y no fue sino hasta que en una de las reuniones de planeación, que nos tuvo que decir, mientras recibía una llamada de la amiga de nombre Rosa. Y gracias a ella –que en automático sería una más de la banda–, es que el plan estaba preciso en fecha, hora y el modo de operación. Y es que Roger tenía una manera de convencer asombrosa. Su tono, el convencimiento de lo que proponía era genuino, porque es cierto que quien cree de verdad en lo que cree, logra arrastrar a otros a las huestes de su fe. Quizás en Anabel, pese a su clara orfandad que muchas veces la hacía frágil, aceptó porque creyó que todo iba “de maravilla” como Roger lo vaticinaba. Y remató con la frase, común en ella:
–Yo no tengo nada qué perder.
Y estaba del lado de Anton.
–Lo peor que puede pasar es que no tenga dinero el banco –dijo con humor Agripina– y salgamos con las mochilas vacías.
–Y todos, directos a la cárcel –dijo Raulito, que desde que se unió, no decía nada fuera de su normal pesimismo.
Aquel jueves, mientras el equipo terminaba de discutir los planes en el café Aladino y ya pedíamos cervezas, Paola y Otto cocinan para la cena en la casa de Otto, que estaba contemplado para ser parte de la banda, pero con lo sucedido, de manera automática desistió, según dijo Anton.
Paola con la ansiedad de la muerte de Luis y tratando de simular que nada pasaba, bebe vino tinto, mientras Otto, hace la salsa de tomate para el espaguetti. A él, aunque está desconcertado, la compañía de Paola le da fuerzas para soportar lo que hizo. Y planea salir pronto de la ciudad. Por la tarde fue al bar a recoger algunas cosas, porque en el encuentro con el dueño del bar, este le ordenó separarse por un tiempo y desaparecer mientras el oleaje de la policía y la prensa disminuían. Lo indemnizó y Otto aceptó, porque entre el dueño del bar y él, hay una vieja amistad y Otto ha trabajado con él en otros de sus negocios en años anteriores.
Paola después de la cena, se fue a su casa. Quería estar sola y se lo dijo a Otto. Él se quedó callado. Se despidieron con una evidente tristeza.
–Te llamo –le dijo Paola.
Y ella se marchó con una profunda melancolía, que derivó en una desolación seca y el deseo de la soledad y la necesidad de llorar. Pasó la noche pensando en lo que sería el futuro cercano hasta que se quedó dormida. Otto, al mismo tiempo, planeaba su partida de la ciudad y sin poder dormir. Ya a solas le vino una conmoción que lo hizo llorar y lamentar haberse convertido en asesino, aunque la causa, lo mantenía con las fuerzas que dan las esperanzas amorosas, pero le desconcertaba que notó en Paola un lamento constante por la muerte de su amante. A Otto le pareció que ella estaba triste por la muerte de Luis El Jirafa y sutilmente, le reclamaba que Otto lo hubiera matado. Y a Otto le parecía absurdo y le daba señales de que Paola, no estaba completa en la relación.
Después de beber las numerosas cervezas en el Café Aladino, nos despedimos. Agripina, Raulito, Roger y Anton se fueron en la camioneta del Tango Mortis. Anabel se fue en su Jetta y yo, enfilé rumbo a mi casa, Paura quizás estaría dormida.
Cuando Anabel llegó a su casa, después de la reunión, puso música. Callada, deja ir la mirada por la ventana. Y los ojos van con fijeza hacia afuera, hacia la oscuridad que todo lo esconde; su mirada no va a ningún lado, ni buscan sus ojos trazar nada en el pequeño firmamento. La negrura trae a su pensamiento a Anton, que nadie sabe de su enamoramiento por el cara de vampiro, pero Anabel ya no puede con ese amor silencioso que corre por su sangre, como lo piensa ella.
Anton en este momento no lo sabe, pero no le haría mal saberlo, porque a él Anabel no le disgusta. Y se nota en la suave ternura que brota de sus ojos cuando la mira. Solo yo sé lo que sucederá y lo decido, porque el amor no puede echarse al cesto del olvido cuando dos pueden alcanzarlo. Y aunque bien puedo interceder, no debo hacerlo porque el amor tiene su tiempo preciso para estallar. Y llega solo o se desperdicia por bagatelas.
Por ahora Anabel y Anton tienen en común el asalto al banco, que ya está próximo y nos reunimos para levantar pilares firmes en el plan del golpe y ahí puede suceder, porque se advierten las miradas que Anabel dedica al despistado de Anton.
