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¿La novela estaba desobedeciendo?

 

Por: Neftalí Coria

¿Cómo fue que aquel hombre estuviera ahí donde yo no lo había traído? Me inquietaba el hecho que sabía que en mi historia no moriría, si ni siquiera estaba en el plan. Y si en el cuento del que escapó muchos años antes, tuvo la certeza que escapaba de una muerte segura, tal como sucede en la historia del cuento, los compañeros suyos que siguieron avanzando, fueron ahorcados, salvo uno que es el que cuenta la historia. Y él salvó su vida ¿Por qué me aseguró que en esta historia no iba a morir? ¿Quién le había dicho? ¿Qué más sabía de esta historia que ahora se estaba escribiendo con las dudas mías que crecían como enredaderas?

Entré a la casa y cerré la puerta. Pensé durante unos minutos y nada me pude explicar la presencia de aquel hombre. Me acosté con la inquietud y el temor que la historia ya tuviera notables agujeros. ¿La novela estaba desobedeciendo? ¿Yo estaba perdiendo la autoridad del novelista? Aquel era un personaje al que nunca convoqué a la novela ¿Por qué llegó? No imaginé ni esperé nunca, que los personajes tuvieran transformaciones inesperadas en su carácter, como el reciente enojo de Roger y mucho menos, que aparecieran sin ser convocados y totalmente descontextualizados sin que la imaginación los hubiera llamado. O también llegué a creer que la misma historia tuviera la necesidad, por sí misma, de un nuevo personaje en su estructura, sin que el autor interviniera y más tarde lo tuviera que entender para trabajar en su construcción completa, porque las historias son así, sorprendentes e inesperadas en sí mismas.

Me dio por pensar que otra mano extraña estaba interviniendo y me dio miedo. No podía explicarme sobre todo, la presencia de un campesino de la guerra cristera en una historia totalmente urbana o si acaso había sido la historia con sus propias manos, la culpable del desvío, y por sus necesidades o caprichos, como un ser independiente, era quien había puesto pie para tales alteraciones. Y si el personaje se iba a incluir, significaba un reto para darle un cauce lógico y natural para que viviera ahí de manera justificada y verosímil.

Paura dormía y nunca se dio cuenta del visitante. Me fui a la cama con la incertidumbre de no saber lo que sucedería al día siguiente. Y para ser exactos, lo mío era un miedo de no saber qué más novedades inesperadas llegarían a la historia desde otros dinteles creativos y perversos, para descomponer y boicotear la trama, y no precisamente emanadas de mi imaginación, porque aquello era eso: un boicot.

Dormí con algunos sobresaltos, pero pude descansar.

A la mañana siguiente tocaron a la puerta. Paura que ya había despertado dijo que ella abriría.

–Debe ser el jardinero. –dijo y salió.

Entre la vigilia y el sueño, le dije que estaba bien y seguí dormido, lo que no duró mucho, porque me despertaron los ruidos y voces de Paura y “el jardinero” que pasaban al jardín que está en la parte trasera de la casa. Desperté totalmente. Paura me trajo el jugo y el café a la cama.

–Ya don Bernardo comenzó a podar allá atrás –me dijo–, y va a revisar las macetas de la terraza, porque les he visto parásitos. Y bueno, hay que pagarle ¿Tienes efectivo?

–Si –le dije.

Desayunamos en la cama viendo la televisión. Ni ella ni yo iríamos a trabajar, porque al parecer era domingo. Me levanté para ver como iba el jardinero. Apenas lo vi por la ventana y mi sorpresa fue mayúscula. Era el hombre de la noche anterior, el fugitivo del cuento de Juan Rulfo[1].

–¿Cuando le pediste a ese hombre que viniera? –de inmediato le pregunté a Paura.

–Desde la semana pasada –me respondió con toda naturalidad–; es buen jardinero, le hace el jardín a la casa del dueño de la ferretería. Y ahí va cobrar, por eso le pedí que viniera.

Callé. Traté de no exaltarme para que Paura no se diera cuenta, pero cómo era posible que ella conociera desde antes a tal personaje y yo no, sino hasta la noche anterior y bajo distintas circunstancias. No entendía por qué demonios, él mismo, no me dijo que ya estaba en acuerdo con Paura para venir a arreglar el jardín. ¿Otra vez estaba siendo traicionado por la historia? Porque eso era traición, y como en todas las traiciones, el último en enterarse, es el traicionado ¿Por qué chingaos no sabía yo nada de un personaje que ya estaba trabajando en la historia y había venido conmigo a mentirme y pedir suplicante, a que le diera nombre si ya tenía, que lo incluyera en la historia, cuando ya estaba viviendo en ella?

No quise increparlo, pese a que tenía curiosidad por saber qué iba a responder, o qué mentiras tendría preparadas para tomarme el pelo, así que me vestí y salí de casa con el pretexto de ir a caminar. Le dejé dinero a Paura y me eché a caminar por las calles como si huyera de una catástrofe.

No quería saber más, y la caminata me servía para pensar en lo que debía hacer, aunque todos estos sucesos ajenos a mi escritura estaban sucediendo, mi inclinación era la de mandar al carajo mis minuciosidades y cuidados disciplinados que siempre había tenido con la escritura de novelas.

Durante la travesía, encontré un cafecito y me senté ahí, para organizar mi desilusión, por que eso era lo que había ido consumándose con lo visto, lo escrito y lo no escrito en la historia que comenzaba a no sentir mía.

Pasé un rato sentado en el café. Poco después, caminando despacio y tratando de no alterarme, regresé a la casa. El hombre aquel ya se había ido y regresaría para tratar los parásitos de las macetas de la terraza, a decir de Paura. No hablamos más del susodicho Bernardo, y mucho menos de su visita la noche anterior.

El jardín muy bien podado, que además lo regó. Pasamos el sábado lo mejor que pudimos Paura y yo, en lo inagotable del amor.

[1]  En el capítulos 3 y 4, aparece este personaje que escapó del cuento: La noche que lo dejaron solo. Incluido En el libro El llano en llamas de De Juan Rulfo.

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