Luis Girarte Martínez

 

La calle tiene charcos de lluvia en el asfalto.

Los disparos de luz cierran puerta y ventanas.

Los pasos suenan viejos

cabalgando la yegua del olvido.

Y yo, parco de ingenio, no imagino

el filo del puñal que corta el horizonte.

Pregonero del alba, no te culpo.

Tu trabajo me impide medir paso por paso la distancia.

Es como si quisiera emparedar mi cuerpo

entre los recios muros que sostienen mi casa.

Me encierro por temor. Me crucifica el miedo.

Acato tu presencia.

Justifico tu oficio y me protejo.

Y te expongo a que mueras por mi

cuando la bala de los indolentes

sólo encuentre tu cuerpo

atajándole el paso

para que no me perfore la piedra del corazón.

 

 

 

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