Por: Neftalí Coria
Hablar de los amigos artistas, siempre es necesario, aunque algunos no lo crean así. Pero hay amigos talentosos a los que se les debe reconocer sin dudarlo y es el caso de mi amigo Antonio Zúñiga. Lo hago porque algunas veces me da por hacer esa especie de retratos de personas y personajes, sobre todo, de amigos que admiro y aprecio con los datos que viven en mi memoria a veces larga, a veces corta.
Con Antonio Zúñiga nos conocimos allá por principios del siglo. Desde la primera conversación planeamos hacer teatro. Hablamos de lo que yo sabía que él había hecho en la escena teatral y en el cine, de sus maestros, de los míos. Nos hicimos amigos. De por medio estuvo nuestro común amigo Luis Jaime Cortez, que por esos días se convirtió en nuestro jefe. Un día de aquellos, Antonio me dijo:
–Terminé una obra de teatro.
Y luego me volvió a decir que terminó otra. Me asombraba su productividad como dramaturgo y leí lo que me daba a leer, incluyendo sus piezas publicadas. Personajes poderosos, dramas ricos en el zumo humano; un teatro que me impresionó fue lo que iba conociendo. Pasamos momentos que siempre he de recordar de conversaciones de teatro y debo confesar que aprendí con él, como él decía aprender la poesía de nuestros numerosos encuentros, que se extendieron hasta las confidencialidades que brotaban de una amistad confiable. Nos conocimos.
Llegó el día en que propuse montar “El veneno del teatro”, de Rudolf Sirera, después de imaginarlo como actor, y de saber que su trayectoria era consistente y había trabajado, desde que vivía en Ciudad Juárez, hasta su llegada a la Ciudad de México con una constancia y profesionalismo que también me asombró. Estuvo en las puestas en escena más importantes de Luis de Tavira, lo que significaba, en las puestas en escena más importantes de México. De la Ópera “Luna” de Luis Jaime, el libreto era suyo, en fin, vi en mi amigo, una riqueza artística, que hasta hoy día sigo admirando.
Llamé al equipo con el que antes había hecho un trabajo anterior de dirección escénica: Alfredo Durán, Roberto Briceño, José Ramón Segura Jáuregui y Luis Jaime Cortez y por invitación de Antonio, Sergio Ramírez, vestuarista de Luis de Tavira y por invitación de Luis Jaime a Guillermo Portillo. Entregué libretos. Todos aceptaron. Nos apasionó la obra desde la primera reunión. Y comenzó una aventura extraordinaria. Montamos la obra que se estrenó en el patio del palacio municipal. Éxito redondo. Un comediante y un marqués de la época de la enciclopedia, un vestuario maravilloso, pelucas, música, actuación fina de Alfredo y Antonio que atraparon al público que los vio desde que se encendían las luces. La obra recorrió algunos estados del país, y fue vista en al menos dos de los más importantes festivales y la muestra nacional de San Luis en 2006.
La convivencia con Antonio dio muchos frutos, como los frutos que dan las amistades que serán para siempre, esos momentos efímeros que iluminan y alegran el alma y se guardan en el corazón.
Los amigos se encuentran por alguna operación desconocida del azar con el tiempo y los cargamentos que cada uno lleva en su historia, y un día una circunstancia inesperada los pone frente a frente, como si estuvieran destinados a la humilde y hermosa condena que es la amistad. Y es cierta la sentencia de Borges, cuando afirma que la amistad, a diferencia del amor, no necesita constancia; la amistad con Antonio después que se fue de Morelia, siguió sin citas agendadas ni comprometidas, con saludos esporádicos por teléfono, con encuentros breves y sin planear, como sucede con los personajes de la novela de Cortázar (Rayuela) que no se buscan, pero se encuentran. Así, encontrarse porque sí y porque no, encontrarse si es posible, sino, ya después, pero con la certeza que nos encontraremos.
El talento no se discute cuando lo descubrimos en nuestros amigos o amigas artistas, porque sucede como el florecimiento de escasas flores extrañas. Los vemos de cerca y los admiramos y valoramos. No se puede negar que suele pasar que el talento molesta a los amigos que no lo eran, pero también depura y los que se quedan en la amistad verdadera conviven con las personas talentosas y se enriquece la amistad, se comparte, se acompaña, se aplaude, se celebra. Eso pasa cuando pienso en mi amigo Antonio Zúñiga, como otros amigos de los que me gustaría hablar más adelante.
Hace poco leí una entrevista que le hizo Rita Gironès en estas páginas, y supe de su infancia y la historia de la blusita, de su histrionismo natural y me conmovió imaginarlo niño allá en su natal Parral. Recordé también que un día su abuela estaba enojada de verdad y no quería ni verlo, porque lo vio representando en una telenovela a un militar malvado que arrojaba al suelo a una anciana indefensa, afirmando que ella lo había visto con sus propios ojos, y cuando Antonio le dijo que no era de verdad aquella escena, su abuela le contestó: “Yo lo vi con mis propios ojos, eras tú maltratando a esa pobre mujer “.
Hace días nos vimos y le entregué mi nuevo libro (que comentará en noviembre en la ciudad de México), y le entregué el ejemplar con el mismo cariño que él me ha entregado lo que vi sobre el escenario y en sus obras de teatro que ha escrito.
Celebro que la amistad con Antonio siga en el camino de la generosidad y el amor al arte que nos mantiene en el mundo.
Ahora vive en un cuantioso amor por sus perros y la vida. Lo veo contento con su trabajo y pude notarlo en la sonrisa sencilla que le conozco.
