Óleum: columnas sobre arte

Barroco Flamenco

Estefania Riveros Figueroa

Daniel Seghers (1590-1661) fue discípulo de Jan Brueghel el Viejo. Este último fue un destacado pintor flamenco a quien le apodaban de Velours (de terciopelo) o también se le denominaba con el mote “la Flor” o “el Paraíso” ¿Por qué? Porque en sus pinturas dominaba las telas y porque en sus temáticas eran recurrentes las flores y los paisajes. De hecho, sus naturalezas muertas destacaban con un estilo propio.

En artículos anteriores ya aprendimos sobre las naturalezas muertas y el concepto del hortus conclusus. También he mencionado brevemente el trompe l’oeil, igualmente llamado trampantojo. Antes de proseguir con la obra de Daniel Seghers, entremos un poco en este tema: los trampantojos son ilusiones ópticas. Se logran trabajando con maestría la perspectiva, luces y sombras, con el objetivo de generar tridimensionalidad sobre una superficie plana.

Aunque los trampantojos ya eran manejados por griegos y romanos desde la Antigüedad, con el paso del tiempo esta técnica se perfeccionó. Durante el Renacimiento (siglos XV al XVI), los descubrimientos de la perspectiva lineal y la aplicación de las proporciones matemáticas a la pintura, se introdujo una revolución que permitía “engañar” al ojo con una precisión fabulosa.

El epítome del “engaño” que lograba el trompe l’oeil sucedió en el Barroco, es decir en el siglo XVII que corresponde a los años 1601 a 1700.  Durante el Barroco las ilusiones ópticas alcanzaron niveles de realismo increíbles, sobre todo, entre los bodegones y naturalezas muertas que pintaban los holandeses. La gente tenía que cerciorarse mediante el tacto de lo que sus ojos veían. Es en este contexto de trampantojos y manejo de sombras, que retomamos a Daniel Seghers.

Seghers nació en Amberes, en la región que por ese entonces pertenecía a los Países Bajos Españoles. Su maestro fue Jan Brueghel el Viejo, quien dominó la ejecución minuciosa y poseía conocimientos de miniaturista, técnica que lo dotó de un gran realismo para recrear los detalles de la Naturaleza. Recordemos a otro pintor que ya repasamos, pero muy posterior y que manejaba el pastel con gran precisión debido a su formación en la técnica miniaturista: fue Jean Étienne Liotard. Saber pintar miniaturas era una ventaja competitiva para los pintores que sabían usar esta técnica. Esto los obligaba no solamente a buscar la perfección en los detalles pequeños, además debían usar pinceles finísimos con muy pocos pelos, desarrollaban un pulso excelente y algo crucial para hacer trampantojos: los miniaturistas aprendían a descomponer la luz en pinceladas tan pequeñas que es necesario emplear lentes de aumento para notarlo.

Para el caso de Jan Brueghel el Viejo, su pintura titulada “Bouquet” (1606-1607) nos muestra un nivel excelso de detalle en cada pétalo, en la profusión de colores, follaje con pinceladas extra finas, en su acierto en optar por un orden ascendente para acomodar las flores en su composición y en pintarlas sobre un fondo negro profundo que hace resaltar aún más el acomodo del ramo. Seghers aprendió a pintar flores de un excelente maestro.

Ahora contamos con el contexto de por qué los cuadros de Daniel Seghers con guirnaldas de flores fueron tan estimados entre nobles y aristócratas. Criado como calvinista durante su juventud mientras vivió en la región neerlandesa de Utrecht, posteriormente se convirtió al catolicismo. En 1625 tomó sus votos como lego jesuita y fue enviado a Roma, donde habitó por dos años. Desde 1627 hasta la fecha de su muerte, se instaló en Amberes y su especialidad para pintar flores en cartelas de tema religioso fue un éxito en tiempos de convulsión religiosa.

La técnica de pintar guirnaldas en torno a un pasaje bíblico afianzó el género religioso tan popular durante la Contrarreforma. Sus obras solían ser objeto de obsequio de los jesuitas hacia sus benefactores. La obra de hoy es una escena del Noli me Tangere, actualmente conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Se trata de un óleo sobre lienzo con medidas de 91 cm x 72 cm. Las figuras humanas del cuadro están pintadas sobre un medallón central, en torno al cual está el trampantojo floral de Seghers.

En la escena vemos el momento en que Jesús resucitado rechaza suavemente que María Magdalena lo toque, ya que todavía no ha subido a la presencia del Padre. La mujer se ha quedado arrodillada y extática con los brazos extendidos con la intención de tocar a su Señor, pero Jesús llevando un perizoma rojo, la detiene a la distancia con su diestra dirigida hacia los ojos suplicantes de la mirófora. Vale hacer una anotación extra: en ocasiones este tipo de cuadros tenían la contribución de más de un pintor, para el caso de Seghers, como ya se dijo, su especialidad eran las guirnaldas de flores y en esta obra muestra una técnica muy pulida donde las pinceladas son de una precisión cuasi botánica.

La escena queda en el centro, rodeada por guirnaldas de flores que crecen libres y que incluyen tulipanes, claveles y rosas con una fidelidad a los colores reales de las plantas impresionante. Un detalle especial de este tipo de cuadros es que parece que las flores irradian luz que proviene del centro de la imagen bíblica y las guirnaldas lejos de distraer la vista, funcionan como una especie de túnel para fijar la mirada en la imagen central. Este cuadro es un digno representante del Barroco flamenco, con el dramatismo propio de la época y el uso concienzudo del claroscuro. Pero eso será tema para otra columna.

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