Óleum: columnas sobre arte
¿Cómo leer un bodegón?
Estefania Riveros Figueroa
Los bodegones, también llamados “naturalezas muertas” son obras de arte que muestran en su composición, diferentes objetos acomodados de manera artística dentro un espacio delimitado. Estos objetos pueden representar tanto seres animados como inanimados, conviviendo en el mismo plano. Como ejemplo tenemos: flores, frutas, animales, utensilios de cocina, libros o artículos cotidianos.
En inglés, a los bodegones se les llama still life y su traducción literal sería: vida quieta. Esto nos da un panorama más completo de lo que representa un bodegón: enfatizar que los objetos que se retratan están quietos, apaciguados. Se añaden los objetos en sentidos estáticos y extáticos. Estático porque se mantienen inmóviles. Extático con x porque remiten al éxtasis de contemplar la obra.
En España e Italia del siglo XVII, este tipo de composiciones artísticas adquirieron una relevancia y una personalidad de suyo. Se les llamaba bodegones a aquellas que particularmente muestran enseres de cocina y los ingredientes que sería común encontrar en las bodegas de las mismas. El ejemplo que nos sirve en esta ocasión para ilustrar esto es “Naturaleza muerta con cuenco de limones” en la técnica témpera sobre pergamino, de la pintora italiana Giovanna Garzoni (1600-1670).
Garzoni destacó en el ámbito Barroco y fue famosa porque innovó el género de las naturalezas muertas y las miniaturas, ¿En qué sentido lo revolucionó? Puesto que añadió en sus obras frutas y flores exóticas y aún más, el nivel de técnica y detalle que logró en sus cuadros la hacían digna de un tratado de Zoología. En algunos cuadros incluía conchas e insectos con una precisión tal que parecían salidos de tratados de conquiliología o entomología, respectivamente.
En pleno siglo XXI cuando estamos acostumbrados con la globalización a buscar en internet imágenes a todo color de frutas y verduras de otros países, con la facilidad de comprarlos incluso a la vuelta de la esquina y aún más, en cualquier época del año, parece inútil admirar un bodegón o siquiera pensar que ese tipo de arreglos tuvieran un valor estético, sin embargo, si imaginamos los descubrimientos de ultramar en el siglo XVII, lo difícil que era conseguir frutas traídas por barco desde otros continentes y la introducción de otras especies hace siglos, ¡Era una proeza! Como cultivar orquídeas tropicales en la fría Londres o explicarles a los franceses cómo luce el cacao partido por la mitad, entonces valoramos que los bodegones eran testimonios valiosísimos.
Pero no solamente el arte es valioso por su utilidad, lo cual sería reducirlo a un mero esnobismo enciclopédico, el arte más allá de su función, nos hace sentir y sentir es el primer y principal criterio que se requiere para leer un bodegón. Al ver un platón de limones como el de la imagen, no solamente nos deleitamos en la forma turgente y redondeada de las frutas, nos podemos detener a observar la rugosidad de su cáscara, las tonalidades de amarillo para las cidras y verde para los limones y es un deleite igualmente observar la forma de las hojas y su curvatura, cómo la textura de la fruta contrasta con la suavidad del cuenco de porcelana. Pero podemos ir más allá: los bodegones están diseñados para que los disfrutemos con todos los sentidos.
Vemos un capullo de azahar entre los limones y entonces suspiramos recordando cuando se abra, su perfume ¿Quién no ha sonreído después de aromatizar su nariz de la fresca fragancia de las flores de azahar?, ¿Acaso no es una delicia la esencia ácida y dulzona de los cítricos recién cortados? Y lo que observamos en la esquina inferior izquierda, abajo del cuenco: unos dátiles secos. No es de extrañar esta mezcla, tanto los cítricos como los dátiles son ambos una introducción de los comerciantes árabes hacia el siglo X en Medio Oriente y África y de ahí, los cítricos entraron a Europa mediante Italia y España. De hecho ¿Quién podría imaginarse a España sin sus famosas naranjas de Valencia?
Los bodegones se leen con los cinco sentidos: ¿Qué colores ven mis ojos en esta naturaleza?, ¿Huele a algo eso que está retratado?, ¿Lo he probado, lo he comido?, si lo pudiera tocar, ¿Cómo lo sentirían mis manos?, si lo parto, ¿Cómo sonaría al ser cortado? Esta es la manera más intuitiva y natural de contemplar una naturaleza muerta, luego está la manera “culta” (así le llamo yo, no porque exista un término como tal) cuando se analiza una obra de manera iconográfica e iconológica.
El método iconográfico/iconológico lo creó el famoso historiador Erwin Panofsky y consta de lo siguiente: un análisis iconográfico significa identificar la temática de la obra y relacionarla con conceptos, descripciones literales. El análisis iconológico descubre el significado oculto de los símbolos. En el cuenco de limones, iconográficamente vemos limones y cidras, dátiles y una avispa. Pero iconológicamente hay un mensaje oculto que apela al contexto socio-político, filosófico, religioso e histórico de la imagen.
Los bodegones suelen tener un lenguaje oculto. Las frutas, las flores, los animales que eligen los pintores corresponden a una simbología que los nobles, los aristócratas o los estudiosos entendían como un lenguaje en código. Para el Barroco flamenco holandés, los limones simbolizaban los lujos terrenales, el engaño de los placeres: la cáscara brillante y llena de textura contrasta con el sabor agrio de su interior… Para la España católica, por el contrario, los limones simbolizan la Pascua: la salvación, el renacimiento. Además, si los limones hubieran estado pelados, el bodegón hubiera sido considerado un estudio de Vanitas, es decir, un recordatorio de la vanidad de la vida que es fugaz y que la muerte es inevitable. Las frutas con la cáscara en espiral son una advertencia: recuerda que morirás. Si se añade un insecto actúa como este recordatorio: vanidad de vanidades, aun la fruta más fresca, se pudrirá. Además, los insectos eran un elemento recurrente como trampantojos, pero eso es tema, para otra columna.
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