Piénsalo tres veces II

Cuando los resultados importan más que las personas

Francisco Javier Rauda Larios


Humanidad y resultados no son enemigos.

De hecho, el desafío más elevado del liderazgo consiste precisamente en aprender a sostener ambos.

Algunas empresas descubren demasiado tarde el costo de haber privilegiado únicamente el resultado.

Lo descubren cuando las personas más capaces comienzan a irse.

Cuando nadie quiere asumir más responsabilidad.

Cuando los equipos dejan de innovar.

Cuando una vacante se cubre, pero la experiencia perdida ya no puede recuperarse fácilmente.

Cuando los líderes están agotados y la organización depende de héroes capaces de resolver permanentemente lo urgente.

Desde afuera, tal vez la empresa siga pareciendo exitosa. Pero por dentro se ha vuelto frágil.

Una organización no se debilita únicamente cuando pierde dinero. También se debilita cuando pierde confianza, memoria, talento, conversación honesta y capacidad de adaptación.

Esos activos no siempre tienen una línea visible en el estado de resultados.

Pero sostienen el futuro.

Por eso, un líder verdaderamente estratégico no debería preguntarse solamente: “¿Estamos llegando a la meta?”

También necesita preguntar:

“¿En qué nos estamos convirtiendo para llegar a ella?”

Esa pregunta cambia la conversación.

Cualquiera puede celebrar cuando el resultado llega.

El verdadero carácter del liderazgo aparece en el camino.

En la manera de actuar cuando hay presión.

En cómo se trata a quien comete un error.

En qué ocurre cuando alguien dice: “No puedo más”.

En si una mala noticia puede decirse a tiempo.

En la forma en que se distribuye la carga.

En si el reconocimiento llega también a quienes hicieron posible el resultado y no solo a quienes lo presentan.

Cada una de esas decisiones construye una organización.

Porque el liderazgo no solo produce números. Produce experiencias.

Y las experiencias repetidas se convierten en cultura.

Si para alcanzar cada objetivo el equipo necesita sobrevivir a su propio entorno, algo está mal diseñado.

No deberíamos romantizar el agotamiento como compromiso.

Ni la disponibilidad permanente como lealtad.

Ni la agresividad como carácter.

Ni los resultados obtenidos a costa de la salud del equipo como excelencia.

La excelencia que destruye su propia fuente de energía no es sostenible.

Es consumo.

Tal vez el primer cambio no necesite una gran estrategia.

Tal vez comienza con recuperar la capacidad de mirar. Mirar al colaborador detrás del indicador. Escuchar antes de concluir.

Preguntar qué obstáculos está creando el propio sistema.

Revisar si la urgencia es realmente inevitable o se ha convertido en una forma habitual de operar.

Observar quién está cargando demasiado.

Reconocer a quien lleva meses resolviendo sin hacer ruido.

Tener una conversación antes de que aparezca una renuncia.

Y, sobre todo, recordar que las personas no son recursos renovables de energía infinita.

Un buen líder no espera a que alguien se rompa para reconocer que estaba sobrecargado. Interviene antes.

La invitación es concreta: en la próxima reunión de resultados, además de revisar cuánto se logró, pregunte cómo se logró.

¿Qué facilitó el desempeño?

¿Qué desgastó innecesariamente?

¿Qué deberíamos dejar de normalizar?

¿Qué necesita el equipo para sostener un alto nivel sin destruirse?

Quizá las primeras respuestas incomoden.

Escúchelas.

La incomodidad de escuchar la verdad siempre será menor que el costo de descubrir demasiado tarde aquello que nadie se atrevió a decir.

Los resultados importan. Claro que importan.

Sin resultados, una organización difícilmente puede cumplir su propósito, sostener empleos, invertir, innovar o permanecer.

Pero las personas también importan.

No como una frase amable en un discurso corporativo. No como parte de una campaña interna. Importan porque son quienes piensan, deciden, crean, corrigen, atienden, imaginan y hacen posible cada resultado.

Tal vez el verdadero desafío del liderazgo contemporáneo no sea elegir entre las personas y los resultados.

Sea aprender a comprender que ambos forman parte de la misma realidad.

Porque una organización puede exprimir a su gente y obtener resultados durante un tiempo.

Pero solo una organización que sabe cuidar, desarrollar y respetar a las personas puede aspirar a resultados sostenibles.

Por eso, quizá la pregunta más importante no sea:

¿Cuánto logramos?

Sino una mucho más reveladora:

¿Qué les ocurrió a nuestras personas mientras lo lográbamos?

La respuesta podría decirnos más sobre la calidad de nuestro liderazgo que cualquier indicador.

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Paco Rauda

Diseñador del futuro

Acompaño a personas, líderes y organizaciones en su proceso de desarrollo, hacia un futuro deseado. Ayudándoles a pensar con mayor claridad, decidir con conciencia y actuar con sentido humano, en entornos complejos. Creo que el verdadero desarrollo comienza cuando dejamos de reaccionar y empezamos a elegir, conscientemente, ese futuro deseado y a actuamos en consecuencia.

Contacto:

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