Daniel Téllez; Lucha libre en la poesía[1]
Por: Neftalí Coria
Me gustan las antologías personales de los poetas que leo, porque suelen mostrar los verdaderos intereses de su propia poesía. Nadie más sabe por qué escribe lo que se escribe, más que quien lleva a la página su mirada, su historia, sus obsesiones y sobre todo, su cálculo de la belleza del mundo en donde la bestia se ha puesto de pie frente a las complejas arquitecturas humanas. Y ahí está la importancia de la lectura de las antologías personales. Lo que no quita el riesgo que los autores se equivoquen y sean sus lectores quienes descubran lo mejor de su poesía. Pero sobre todo, las antologías personales, muestran los poemas que el autor, más pondera por distintas razones y en un análisis de su biografía poética, todas son valiosas.
La antología Manía del albedrío, desde el título, me habla que el poeta ha visto y conoce las manías de la libertad, porque recuérdese que el albedrío es la libertad después de reflexionar para emprender un acto.
Después de leer el libro de Daniel, me doy cuenta de sus pasiones, de la ruta de su albedrío y panorámicamente, de sus preocupaciones por el mundo que le ha dado habitación y talento para escribir poemas. Pero aunque ya están al descubierto esas atribuciones del poeta, eso es un buen avance. Sin embargo, hay que ir a lo que los poemas nos dan a descubrir de lo esencial de la sabiduría que en poca de la poesía podemos ver brillar como lectores.
Todo libro es un viaje. Y esta travesía, en los distintos poetas, va hacia diversas direcciones del alma humana y el lector encuentra o no, su espejo, su mapa territorial de la gracia que logre hablar en el silencio suyo y muchas de las veces, encuentra allí el río especular que le revela momentos de su vida como si con su mano fantasmal se hubieran escrito.
La poesía de Daniel Téllez es una poesía directa y tras un biombo, pero no fácil. Y cuando saltamos de un libro a otro, nos parecería que no es un solo poeta a quien estamos leyendo, pero también, mirando dos veces, hallamos en su poesía diversa, facciones que nos devuelven al mismo poeta, que bucea en las biografías del mundo del pugilismo, la lucha libre, a ese mundo de la cultura popular que para la poesía no es nada fácil, dado el espejismo que la poesía es la “alta cultura” y destinada a una pléyade de los elegidos. Daniel Téllez, demuestra con la altivez necesaria, que va por las venas de este mundo que es de todos y vive la ciudad. Y así como va al mundo del “hombre llamado Joseph Beuys y su liebre muerta”, no retrocede para añorar ese pájaro llamado María de Lourdes de la que nos dice: “sabía de tu música por el Tío Félix”. Los poemas –en el orden conversacional–, buscan en la vida de esos símbolos humanos que el público grande idolatró y guarda en la memoria. Daniel va a ver, desde los ojos de su madre a Rigo Tovar, el sirenito que daba un “brinco de más de 140 centímetros” y nunca descendió a esa realidad que lo amaba. Descifra a las chicas Almodóvar con un dibujo ceñido a los trazos de la tinta rigurosa que no miente y va a buscar a pico y pala la verdad a toda luz.
Daniel con precisión, encuentra la voz de los personajes que a él importan, pero aquí hay que resaltar que la cartografía de la realidad los necesita para entender la historia de esos actores parateatrales legendarios del bien y el mal. Ellos nos hablan con su voz en los seis poemas que aquí Daniel antologa: Mil máscaras, que en sus saltos de la tercera cuerda, era “como ver volar a una mantarraya”, André El Gigante, aquel animalazo, quizás de dos metros de estatura que llevaba en el pecho “un corazón infantil de doscientos ochenta kilos”, el mismo que exclamó; “yo sería una torre y quien más expectación pudo haber causado entre los gladiadores suicidas del mundo.” Karl Gotch, el luchador nacido en Amberes que desde su voz escuchamos: “nunca demostré dolor, aunque estuviera al borde del desmayo. Apretaba la mandíbula hasta que mi encía se fuera descarnando poco a poco”. Y aquí está el retrato en su voz del Murciélago Velázquez, que era el luchador más temido de los cuadriláteros, según la prensa de su tiempo. El de Kanek, que dice que fue “rudo por su carácter” y siempre quiso tener “un cuerpo grande como el de Kalimán”. No es menos impresionante lo que el perro Aguayo confiesa. Oigan: “Soy rudo de nacimiento (…) No hay mayor placer que cuando cruje un hueso o un nervio del rival”…
Me he referido a la región de la poesía de Daniel, que tiene como eje el mundo popular, sobre todo visto en la ciudad de México. Y encuentro en estos seis poemas, la profundidad de la mirada del poeta, en la que hay una sabiduría que bien hace el honor a los saberes de la vida, que en lo popular con sus mitos, ritos e ídolos, podemos ver una turba de hombres y mujeres, moverse tan vivos, duros y acertados como las llaves de la lucha libre, que también buscan vencer el miedo, la mentira y defenderse contra los embates del sufrimiento, el tiempo y sus modos de acabar con todo.
Pero hay otra poesía en su obra en la que el lenguaje de los clásicos le llega al poeta. Y su habilidad con las palabras, el conocimiento de lenguaje que habita, para él, es lo mismo que el patio de su casa. En su poética, descubrí registros distantes de la poesía de la que hablo arriba y la otra que trato de descifrar. Una poesía de una belleza que tiene como médula, el lenguaje que nombra el mundo interior del hombre que se pregunta por el pasado, por el amor, por el dolor de la muerte del padre, por lo ido y lo demás a fin de asestar un revés para comprender que en la poesía se reinventa el corazón con su agudeza sanguínea y explora incansable.
Y algo que me falta por decir: En los poemas de Daniel Téllez, encuentro imágenes que cumplen con la sentencia paveseana: si un sustantivo y un adjetivo se encuentran por vez primera… y ahora lo digo yo: arden. O al menos algo entre ellos resplandece y se vuelve un verso invencible.
Y en la poesía de Daniel, encuentro resplandores, así, invencibles.
[1] Texto leído por el autor en la presentación del libro Manía del albedrío de Daniel Téllez en la Filit de Tacámbaro, Mich., y el 11o. Encuentro de Poetas y narradores José Rubén Romero.
