POR: NEFTALÍ CORIA
También la lectura es un refugio, y muchas veces me parece un caparazón para salirse de los embates de la realidad, a la que uno de mis personajes, en una de mis novelas le llama “perra”. Y aunque a veces leer (hablo de novelas), se parece a una escapada, en lugar de un aislamiento en un refugio donde vemos pasar el mundo de seres lejanos, paradójicamente tan cercanos y con los que nos vamos a esa lejanía y nos la apropiamos, incluyéndolos.
Leemos la historia de Emma Bovary en nuestro Club de lectura del Seminario de Cultura Mexicana y descubrirla en grupo, ha sido una experiencia curiosa, porque siempre recurrimos a los diferentes puntos de vista sobre los detalles en la trama y en esos casos la discusión, es más que enriquecedora para la comprensión de la historia que se lee, y sobre todo para la interpretación personal de los sucesos de la historia narrados en la novela.
Pero aparte, y por mi cuenta, la he comenzado a leer en su lengua y no sé por qué lo hice una vez más (la leí por primera vez en 1992). Ojalá no sea por los guiños del suicidio, aunque también creo que puede ser por lo que descubro en la escritura de mi novela que ahora escribo y que también toca la muerte, esa puta muerte que acecha siempre. Y porque esta novela me ha costado muchos momentos de un desasosiego inaguantable y permanente de sueños y pesadillas recurrentes, momentos en que me pregunto qué cosa es el amor y qué cosa son la mujer y la muerte. “Las mujeres ¡Pobres ángeles!”, piensa Emma Bovary haciendo una observación de las mujeres del pueblo donde vive, que en su óptica, no están a su medida.
Y si abundamos en Madame Bovary, con tal novela, Flaubert se pregunta con la mayor profundidad, no solo por la mujer, el amor, el destino, los espejismos ambiciosos, los sueños de emancipación, la búsqueda de la felicidad y la libertad, como lo apunta Vargas Llosa en la “Orgía perpetua”, libro dedicado al estudio del personaje de la novela de Flaubert y que afirma (lo creo), inaugura la novela moderna.
Flaubert, descubre entre su búsqueda, y responde lo que es el ser humano y el complejo océano de sus sentimientos ante una estrecha sociedad pragmática, represiva y celosa de una moral que en su composición, conserva pudorosamente en primer plano, el tabú de la sexualidad, la libertad del cuerpo y la libertad de amar contra su propia corriente de altos oleajes. Para Emma dice el astuto narrador omnisciente: “El porvenir era un pasillo oscurísimo, con una puerta cerrada en el fondo.” Y se debe en cierta parte –en mi interpretación–, a los diques que la sociedad coloca como “lo natural” de las conductas y comportamientos.
Esta que ahora hago, es una íntima lectura en la edición de Giséle Séginger. Magnífica edición y bien equipada con «Présentation, notes, dossier, chronologie, et bibliographie” en la editorial GF Flammarion. Tardaré mucho leyendo, como es de esperarse, aunque prisa no tengo, porque después de las lecturas anteriores, conozco muy bien la historia y sé donde me alegra, donde me enoja, me apena, me entristece, me desconcierta, me arrebata, y sé muy bien donde odio a la protagonista, y reconozco la escena en la que me gustaría hablarle de poesía y hasta me gustaría ir en una barca con ella amándola, pero sobre todo, me deslumbra la sabiduría y el conocimiento de los oscuros sismos del corazón que vio y se explicó muy claro Monsieur Gustave Flaubert.
“Madame Bovary, Mœurs de province”, como fue titulada originalmente, también aporta para los observadores, la visión de esos hilos conductores de la historia exactos y de un preciso tejido para que la trama tenga ese naturalismo que nos arrastra a confundir la realidad con la ficción. Flaubert es acucioso en los detalles y las descripciones, en las que no sobra palabra para llevarnos a los puntos de giro que aparecen como flamazos, y que se advierten con una terrible exactitud en la que estamos asistiendo a una narración en el orden preciso donde la vida de los personajes tiene una perfecta lógica.
En Emma podemos ver a una mujer que desesperadamente quiere llegar a la felicidad placentera, al amor de los laureles y la gran pasión, pero también, esa ambición la entorpece en sus elecciones arrebatadas por el objeto de su amor y se equivoca y no lo puede concebir hasta la crudeza de la depresión y la caída. Pero su búsqueda de aquella felicidad –para ella posible y pasando por encima del mundo–, se renueva y no calcula, porque es cierto, en el enamoramiento nada se calcula. Y del enamoramiento de la imaginación excitada es presa.
La importancia que la novela tiene, es que pareciera ser una radiografía de la mujer, no solo de la época de Emma (tiempo de la novela), sino de la mujer de nuestro tiempo, y su exploración no se detiene ahí, porque la visión del mundo que tiene Emma es muy suya; su visión del hombre, del padre, de ser madre, de su imaginativa ambición por ser feliz y libre, nos enseña un panorama del mundo, como si lo viéramos hoy día. La protagonista con su vida y sus relaciones, nos muestra una panorámica completa del mundo contra el que apostó y perdió la apuesta.
Flaubert retrata también el absurdo mundo de la política y el poder, y Emma está presente, quizás como ornato en ese mundo de discursos vacuos, prometedores y de enfrentamientos partidistas (recordemos la excitación emocional que tiene con Rodolphe en un evento multitudinario en donde se vuelve a dar cuenta que está enamorada). Qué simbólico que ante un discurso demagógico, ella sea seducida por un hombre que sólo quiso jugar al amor con ella.
La escritura clara y precisa de la prosa de Flaubert, también puede escucharse en sus descripciones maravillosas y se advierte el conocimiento que el escritor buscó en la ciencia y otras materias, para escribir con exactitud, porque sabía que la literatura no miente y lo que logró con su novela, fue acercarse notablemente a la verdad de los abismos humanos.
Ya les diré lo que esta aventura me ha de dejar, o lo que me ha de arrebatar, que siempre es mucho.
