Dos mundos inventados

Dr. Alejandro Guzmán Mora

 

Hay un viejo truco de guionista que nunca falla: colocar al personaje entre dos abismos y obligarlo a elegir. Cielo o infierno. Luz o tinieblas. Salvación o condena. Dante lo hizo con precisión quirúrgica hace siete siglos. Dividió el universo moral en círculos perfectamente trazados y entregó a la humanidad un mapa que aún hoy usamos para orientarnos cuando la realidad se vuelve demasiado ambigua. El problema es que la realidad, esa actriz caprichosa, se niega a respetar el guion.

 

Entre la cultura que eleva y la que adormece, entre la educación que libera y la que domestica, entre las tradiciones que sostienen y las que asfixian, el ser humano se debate como un extra mal pagado en una producción de bajo presupuesto. Se le ofrecen visiones dantescas de un lado y escenarios sublimes del otro. Se le dice que debe escoger. Y mientras escoge, mientras se pelea con sus propias invenciones, alguien más escribe el verdadero argumento detrás de las cámaras.

 

Ese alguien es el político profesional. No el político que busca soluciones (ese personaje casi ha desaparecido del reparto), sino el político de oficio, el que entiende que el poder no se conquista con ideas, sino con relatos. Y el relato más rentable de todos sigue siendo el mismo: el paraíso que solo él puede entregar y el infierno del que solo él puede rescatar.

 

La Cuarta Transformación llegó a la pantalla con una producción cuidada. Luces, música épica, voz en off que hablaba de redención histórica. El neoliberalismo era el Infierno. La corrupción, los círculos más bajos. El pueblo, el alma perdida que necesitaba guía. Y ellos, siempre ellos, eran Virgilio y Beatriz al mismo tiempo. El paraíso tenía nombre, fecha y eslogan. Bastaba con creer.

 

Pero todo buen guionista sabe que el paraíso, en cuanto se vuelve promesa oficial, deja de ser horizonte y se convierte en dispositivo. El momento exacto de esa mutación no es difícil de detectar. Ocurre cuando el relato necesita del enemigo más de lo que necesita de los resultados. Cuando el “antes” debe seguir siendo monstruoso para que el “ahora” conserve su brillo. Cuando la transformación deja de medirse en mejoras concretas y se mide en lealtad al guion.

 

En ese punto, el cielo político ya no es un destino. Es un decorado. Y el infierno (real o inventado) se vuelve el combustible indispensable de la máquina.

 

Michoacán ofrece el set perfecto para observar esta mutación en tiempo real. Aquí los actores no se molestan siquiera en cambiar de rostro. Cambian de máscara. Un día aparecen con el color del PRI, otro con el del PRD, después con el de MORENA, más tarde con el de algún partido satélite que nadie recuerda. La misma voz, la misma red de lealtades, la misma habilidad para trasladar clientelas de un lado a otro del escenario. Solo cambia el vestuario y el discurso de apertura. Ayer hablaban de modernización. Hoy de justicia social. Mañana hablarán de lo que haga falta.

 

El espectador atento nota el truco: el personaje nunca se transforma. Solo se reencuadra. Y mientras el público sigue debatiéndose entre el cielo que le prometen y el infierno que le amenazan, los mismos nombres siguen firmando los mismos convenios, protegiendo las mismas redes y repartiendo los mismos favores con distinta papelería.

 

Es una ironía casi perfecta. La política que se presenta como ruptura histórica termina siendo el género más conservador de todos: el de la permanencia disfrazada de cambio. Los actores reciclados no necesitan ideología. Necesitan continuidad. Y la continuidad se garantiza manteniendo vivo el relato dual. Mientras exista un infierno del cual “salvar” a la gente, el paraíso puede seguir siendo aplazado indefinidamente. Mientras el público siga aplaudiendo o abucheando según el color de la camiseta, nadie se detiene a preguntar por qué el elenco es siempre el mismo.

 

La pregunta que atraviesa todo este teatro es simple y brutal: ¿en qué momento una promesa de paraíso deja de ser horizonte y se convierte en dispositivo que necesita del infierno para existir?

 

La respuesta se revela en el instante en que los mismos hombres y mujeres pueden saltar de un partido a otro sin que su práctica real se modifique. Ese instante delata que el cielo nunca fue el objetivo. El objetivo siempre fue permanecer en el escenario. El paraíso era solo el anuncio. El infierno, el gancho. Y el público, el recurso más renovable de todos.

 

Hay algo casi elegante en la operación. Como esos villanos de cine que, al final, confiesan que el plan nunca fue ganar la guerra, sino seguir haciendo la guerra. Porque la guerra, bien administrada, garantiza contratos, lealtades y relevancia. La paz, en cambio, deja a mucha gente sin papel.

 

Así que el debate continúa. Cultura, mala educación, tradiciones. Cielo e infierno. Visiones dantescas y escenarios sublimes. Dos mundos inventados que se miran el uno al otro mientras, fuera de cuadro, los mismos actores cambian de máscara y ensayan la siguiente toma.

 

Y el guion, por supuesto, sigue siendo el mismo.

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