José Juan Marín
Este verano ha sido uno de los más peculiares. En todos los continentes se ha sufrido de diversos tipos de catástrofes naturales: inundaciones, incendios, sequías y terremotos. Todos ellos en su conjunto han dejado miles de muertos y, a la par, sociedades devastadas.
Este año se han vivido terremotos inusuales, como los simultáneos de alta magnitud en Venezuela y Colombia, cuya devastación dejó en claro que no estaban preparados para prevenir este tipo de episodios.
Aún falta mucho por hacer, pero lo único que se siente en estos momentos, es que el ser humano tiene una preferencia irresistible por la autodestrucción.
Si queremos que haya vida sobre la tierra, tendremos que evitar el deterioro ecológico con medidas verdaderamente urgentes:
Uno . Una política integral y universal para el control de desechos sólidos y líquidos, reduciría la contaminación del suelo y el aire.
Dos. Una política que evite y penalice con severidad la tala de árboles, y además despliegue programas intensivos de reforestación, podría amortiguar las crisis del agua y devolvernos el equilibrio ambiental que hemos perdido. Investigar y sancionar la quema de bosques, casualmente cuando se quema un bosque nace una parcela de aguacate.
Tres. Poner un acento especial en limitar la producción de plásticos en la gran industria, ayudaría a detener la contaminación y a permitirnos respirar aire puro.
Cuatro. Estatuir la sana práctica de la cultura del reciclaje y la reutilización de plásticos y otros materiales contaminantes, podría contribuir a detener el cambio climático global.
Si esto no lo hacemos con la urgencia que se requiere, la existencia en la tierra se verá empobrecida y muy pronto podríamos ver el fin de una civilización.
