EL DILEMA DEL ARTE CONTEMPORÁNEO.
Gerardo Sixtos López
Hoy en día hemos visto aparecer un sinnúmero de textos que intentan dar cuenta de nuestra época, que buscan dar respuesta a la desorientación en la que nos vemos inmersos por la ruptura epistemológica que podemos reducir a la disyuntiva modernidad versus posmodernidad. Yves Michaud y Sigmund Bauman han abordado el problema de la estética y del arte contemporáneo constituyéndose en autores que han captado los reflectores de la escena intelectual en estos temas.
Ives Michaud inicia su libro El arte en estado gaseoso, ensayo sobre el triunfo de la estética, con una frase lapidaria, con la cual se gana la atención y la expectación del lector: “este mundo es exageradamente bello” y efectivamente nos muestra como no hay objeto en el mercado que apueste por la aceptación de la clientela que no vaya acompañado de una estrategia de atracción visual: el objeto debe venir rodeado de glamour y sensacionalismo.
Este es el asunto, vivimos en un mundo de adoración de la belleza; nuestros entornos se nos aparecen como lugares de los objetos estéticamente correctos al grado tal que nuestro cuerpo, nuestro último reducto, está a merced de los alimentos moralmente correctos para asegurar la figura que la sociedad exige.
Michaud hace una notación cuando se pregunta sobre las obras de arte, esos objetos preciosos y raros investidos de una cualidad mágica, portadores de la belleza al grado de convertirse en paradigmas de la estética, dónde están? Vamos a los museos y no están, en el ámbito artístico no están. Esta es la gran paradoja de nuestra contemporaneidad, pareciera que el fenómeno de la belleza se hubiese apartado de los objetos de arte y se mezclara en el aire; el arte dice nuestro autor se volatilizó en éter artístico.
Esta transformación del arte a un estado gaseoso es producto de varios procesos; destacaremos la transmutación de los objetos de arte , desde Duchamp, el Pop hasta Warhol, que propugnaron porque cualquier objeto ordinario podía funcionar como obra de arte reduciéndolas a las intenciones por lo que las actitudes se vuelven sustitutos de obras. En este punto Michaud afirma que este momento marca no el fin del arte, asunto que ya ha gastado infinidad de cuartillas, sino el fin de su régimen de objeto.
Otro proceso que marca nuestro autor, es la posibilidad de la producción y por consecuencia el consumo estandarizado en el que la obra de arte se ve como un objeto de consumo cultural que provoca la extenuación del objeto artístico llevándolo a su desaparición.
Por otro lado el predominio de la cultura industrial asociada a fenómenos de la cultura y consumo de masas generan un gusto, un entorno favorable por medio de productos y signos para posicionar esta idea de la estetización de los objetos.
Lo que queda en los museos es la experiencia estética, pero en su abstracción quintaesenciada, lo que quedo del arte cuando se volvió humo o gas. Convirtiéndose, el arte, yo no en una manifestación del espíritu sino ornamento de su época.
Por su parte Zygmunt Bauman en su texto Arte líquido menciona que formuló esta metáfora para distinguir las condiciones de nuestra actualidad.
La modernidad liquida puede definirse como un estado que anula las relaciones importantes que definieran el marco de la antigua y sólida modernidad: la oposición entre artes creativas y destructivas, entre aprender y olvidar, entre ir hacia adelante y retroceder .La vida de la modernidad liquida es un ejercicio de fugacidad universal donde todo es prescindible, nada necesario
Pensar el arte desde el arte, considerar el arte desde su ser propio, poniendo de manifiesto tanto su especificidad y su capacidad de resistencia ante los poderes dominantes, como lo que representa en el plano del pensamiento complejo, marginal y autónomo es una tarea urgente nos demanda Jorge Juanes en su texto Orígenes y despliegue del Arte Moderno.
El arte da lugar a un saber radical del mundo, esa es su verdadera naturaleza. El arte no puede ser complaciente ni siervo de nada; siguiendo a Juanes diríamos que la distancia del arte del dominio de la necesidad, nos permite comprender que, aparte del mundo dado hay otra realidad, más plena, más abierta por lo que renunciar al arte es renunciar al dominio de la libertad, de la diferencia individual.
Cuando leo a Michaud y a Bauman y los veo reducir el fenómeno del arte a un simple divertimento, pasajero y banal, no puedo sino protestar y no está de acuerdo con sus planteamientos; hacerlo, equivaldría a tirar por la borda el verdadero sentido del arte, en tanto como una actividad revolucionaria de lectura del mundo
Aceptarlo sería tanto como aceptar que la actividad de toda esa comunidad de artistas, que hoy están trabajando desde su mirada, desde sus furias, rebeldías, intimidades y que se parten la conciencia por revelarnos el mundo, es gratuita.
Samuel Ramos en su prólogo al texto de Arte y Poesía de Martin Heidegger apunta correctamente el origen del énfasis que puso la estética del siglo XIX al dedicarse de modo muy natural al tratar al arte como actividad subjetiva, olvidándose del examen profundo de la obra del arte.
No es hasta el siglo XX que algunos autores como Heidegger llamaron la atención sobre la necesidad de explorar la naturaleza de la obra de arte como un problema filosófico.
Ya Heidegger muestra como una manifestación de la modernidad radica en el proceso de que el arte se reduzca al círculo de la estética, esto significa, dice Samuel Ramos, que la obra de arte se transforma en objeto de la vivencia y en consecuencia el arte vale como expresión.
Todo arte es en esencia poesía, dice Heidegger; la verdad como alumbramiento y ocultación del ente acontece al poetizarse, entendiendo la poesía como instauración, fundamento, ofrenda.
En las estéticas “vaporosas” se presenta claramente la confusión del poder fundacional de la obra arte, debido al acto transfiguratorio de la materia en un objeto poetizado y aquellos objetos construidos por un acto de seducción.
Por tanto, no es cierto que el hecho de que el mercado ponga en circulación una serie de objetos adjetivados por una estrategia de diseño signifique el triunfo de la estética, más bien significa su derrota: que la estética sucumba a argumentos tan banales y rinda sus armas a favor de una estrategia de consumo del arte es algo que debe de consternarnos además de ocuparnos en desenmascarar tal situación.
