Dr. Alejandro Guzmán Mora
Introducción
En la filosofía de Friedrich Nietzsche, la metáfora del eterno retorno —o ewige Wiederkunft— representa uno de los conceptos más provocadores y transformadores de su pensamiento. Introducida principalmente en Así habló Zaratustra (1883-1885) y desarrollada en obras posteriores como La gaya ciencia (1882), esta idea no es meramente una hipótesis cosmológica, sino un imperativo ético y existencial. Nietzsche invita a imaginar que la vida se repite indefinidamente en un ciclo eterno, idéntico en cada detalle, sin posibilidad de alteración. Esta noción obliga al individuo a confrontar la validez de su existencia: ¿afirmaría uno su vida tal como es, con todos sus triunfos y sufrimientos, si supiera que debe revivirla eternamente?
En este ensayo, se explorará cómo esta metáfora ilumina el comportamiento humano bélico por naturaleza, es decir, la propensión inherente del ser humano hacia el conflicto, la guerra y la violencia. Lejos de ser un mero accidente histórico o cultural, la belicosidad humana se presenta como un rasgo fundamental de la condición existencial, que Nietzsche vincula a la voluntad de poder (Wille zur Macht). A través de un análisis interdisciplinario que cruza filosofía, psicología y antropología, argumentaremos que el eterno retorno no solo revela esta tendencia destructiva, sino que también ofrece un camino para su transvaloración, transformándola en una fuerza afirmativa de la vida.
El Eterno Retorno como Prueba Existencial
Nietzsche describe el eterno retorno en términos casi demoníacos: un demonio susurra al oído del pensador que «esta vida, tal como la has vivido y has de vivirla, tendrás que vivirla una vez más e innumerables veces más» (La gaya ciencia, §341). Esta revelación no es un consuelo teleológico, como en las doctrinas cíclicas de las tradiciones orientales o estoicas, sino una prueba de fuego para el espíritu. El individuo debe responder con un amor fati (amor al destino), afirmando la totalidad de su existencia sin arrepentimientos.
Aplicado al comportamiento bélico humano, el eterno retorno expone la guerra no como una anomalía, sino como un patrón recurrente e ineludible en la historia humana. Desde las epopeyas homéricas hasta los conflictos contemporáneos, la humanidad ha demostrado una inclinación persistente hacia la agresión.
Antropólogos como Lawrence Keeley, en War Before Civilization (1996), argumentan que la violencia organizada es tan antigua como la especie misma, con evidencias arqueológicas de masacres prehistóricas que datan de hace más de 10.000 años. Esta belicosidad, según Nietzsche, emana de la voluntad de poder, esa fuerza impulsora que busca la superación y la dominación. En un ciclo eterno, cada guerra (desde las conquistas de Alejandro hasta las guerras mundiales del siglo XX) se repite no como error, sino como expresión inevitable de la vitalidad humana.
Sin embargo, el eterno retorno no condena esta naturaleza bélica; al contrario, la somete a escrutinio. Si la vida debe repetirse eternamente, ¿puede el ser humano afirmar su belicosidad sin caer en el resentimiento? Nietzsche critica las moralidades «esclavas» (como el cristianismo o el socialismo) que reprimen esta impulsividad, generando un nihilismo pasivo. En cambio, propone una transmutación: la guerra como metáfora de la lucha interna por la auto-superación, no como destrucción gratuita.
La Belicosidad Humana: Raíces Psicológicas y Evolutivas
Desde una perspectiva psicológica, la naturaleza bélica del ser humano puede interpretarse a través del lente nietzscheano como una manifestación de instintos primordiales. Sigmund Freud, influido por Nietzsche, postula en Más allá del principio del placer (1920) el concepto de la pulsión de muerte (Thanatos), un impulso destructivo que coexiste con el Eros. Esta dualidad resuena con el eterno retorno: la violencia no es un fin, sino un medio para la regeneración cíclica de la vida. En términos evolutivos, biólogos como Richard Wrangham en The Goodness Paradox (2019) sugieren que la agresión selectiva ha sido un factor clave en la evolución humana, permitiendo la cooperación intra-grupal a expensas de la hostilidad inter-grupal.
Nietzsche, sin embargo, eleva esta observación a un plano metafísico. En el eterno retorno, la belicosidad se convierte en un eterno desafío: cada acto de violencia debe ser afirmado como parte de un todo armónico. Esto implica una crítica a las ilusiones pacifistas modernas, que Nietzsche vería como síntomas de decadencia. En El anticristo (1888), denuncia la «moral de rebaño» que suprime la voluntad de poder, llevando a una humanidad debilitada. Así, el comportamiento bélico, aunque destructivo, es una afirmación vital; negarlo equivaldría a rechazar la vida misma en su ciclo eterno.
Transvaloración y Posibilidades Éticas
El eterno retorno no es prescriptivo, sino descriptivo: revela la futilidad de escapar a nuestra naturaleza. No obstante, ofrece una vía para la Umwertung aller Werte (transvaloración de todos los valores). En lugar de una belicosidad reactiva, impulsada por el resentimiento (como en las guerras ideológicas), Nietzsche aboga por una agresividad creativa, encarnada en la figura del Übermensch (superhombre). Este ser superior afirma el conflicto como arte, transformando la guerra en una danza dionisíaca, donde la destrucción precede a la creación.
En el contexto contemporáneo, esta metáfora resuena en debates sobre la paz perpetua kantiana o el realismo hobbesiano. Si la vida retorna eternamente, la utopía pacifista se revela ilusoria; en su lugar, debemos cultivar una ética que integre la belicosidad, canalizándola hacia la excelencia individual y colectiva. Por ejemplo, en el arte marcial o la competencia intelectual, la agresividad se sublima, afirmando la vida sin caer en la aniquilación mutua.
Conclusión
La metáfora del eterno retorno de Nietzsche ilumina la naturaleza bélica del ser humano no como una maldición, subraya la necesidad de una filosofía que no evada la oscuridad humana, sino que la ilumine para forjar un futuro más robusto.
