José Juan Marín
El Mundo se encuentra en una etapa de descomposición en distintos niveles, pues la incertidumbre, la guerra, la violencia, la criminalidad y confusión, han hecho que el mundo caiga poco a poco.
Una sociedad se descompone, o puede descomponerse de muchas maneras, cuando un conjunto de factores la divorcian de sus valores universales, la ingresan en una crisis de autoestima y confianza que vulnera sus sueños y capacidades y activan en ella, por decirlo así, el germen de la autodestrucción.
El fracaso espiritual lleva a la antesala de otros fracasos, incluido el material: no saber quién se es ni a dónde se va, conduce a la parálisis del ánimo, a no saber qué hacer y a no acertar a encontrar nuestro lugar en el mundo.
La falta de coordenadas y sentido de ubicación hacen del individuo un ser vulnerable y apagado, perdido en la marea de los acontecimientos, movido al garete según los caprichos del azar y alguien sin asideros ni control de sí mismo, al que pueden fácilmente manipular los moldes de autoritarismo y pensamiento único que atenazan al mundo de hoy.
A estas alturas, viendo cómo avanza el fantasma de la descomposición social, a muy pocos les queda duda de que la guerra, el genocidio en algunas partes del mundo; y aquí los asesinatos, las matanzas por ajustes de cuentas y las masacres por el control de plazas son una de las manifestaciones más evidentes de la descomposición de que venimos hablando.
Esta realidad nos permite centrarnos en las cosas en las que podemos influir: nuestras acciones y decisiones.
Esto me lleva a recordar está significativa frase, » No podemos controlar el viento pero si ajustar las velas. «
