José Juan Marín

 

En un mundo incierto, marcado por conflictos, polarización, violencia, crisis económicas, políticas y medioambientales, el fútbol también ofrece una oportunidad para el encuentro, la colaboración y la esperanza, Por estas razones permítanme exponer las siguientes reflexiones:

 

Uno. Pese a las diferencias culturales, un partido suele provocar emociones similares en todo el mundo. Un gol despierta alegría, sorpresa o frustración incluso entre personas que desconocen quién lo anotó, conecta emocionalmente a millones de personas separadas por fronteras y océanos que, por unos instantes, comparten las mismas emociones.

 

Dos. Este deporte crea vínculos entre desconocidos a partir de reglas sencillas y experiencias comunes. Quizá por ello tiene una capacidad singular para generar identificación, comunidad y sentido de pertenencia a escala mundial.

 

Tres.  En ocasiones, durante las guerras, los jugadores de futbol han logrado lo que los diplomáticos no pudieron: un partido bajo las trincheras, en la Navidad de 1914, rompió el fuego por unas horas; en Costa de Marfil, un gol convirtió a un futbolista en voz de la paz entre los vecinos divididos. Sin discursos largos ni tratados firmados, la pelota que rodó generó silencios incómodos; luego, risas.

 

Cuatro. En tiempos de polarización y violencia, el futbol recuerda que hay emociones, sueños y esperanzas comunes. Durante el torneo, millones de personas celebran juntas un gol, compartirán silencios antes de un penal y demostrarán que, por un instante, las fronteras pierden fuerza frente a lo que nos une.

 

Este Mundial de fútbol tiene la oportunidad de demostrar que, más allá de las fronteras políticas y culturales, el deporte sigue siendo una de las herramientas más poderosas para unir al mundo.

 

Como decía Eduardo Galeano:

» A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.»

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