Por: Neftalí Coria


Vino a la mesa del café donde escribo en las mañanas y de golpe y sin medir lengua, me dijo:

–Tengo una historia que quiero contarle.

–Para qué

–Para que la escriba

No supe qué decir en el momento y estaba con el humor inclinado a decirle que se largara, que no me interesaba. Me levanté y solo atiné a decirle que estaba ocupado, que volviera más tarde.

–Usted es escritor y tiene la obligación de oír la historia que quiero contarle.

Me dio la materia y el impulso esperado.

–Mire señor, obligación, no tengo, y si usted quiere contar una historia, escríbala usted.

–Yo no soy escritor, soy todo lo contrario. Solo quiero contarle una historia.

–Pues ahora no tengo tiempo.

–No se moleste, mire, ya pedí un café déjeme contársela.

Se sentó, colocó los brazos frente a mi computadora. Me miró y me pidió que me sentara mientras yo seguía de pie con los brazos cruzados. De muy mala gana me senté y volví a decirle que tenía mucho trabajo.

–Mire –me dijo–, tengo una historia mejor que la de su Novelista y el pájaro ciego.

Me quedé en silencio. De inmediato pensé que la había leído en este espacio de las Figuraciones mías que hace algunos años se publicó por entregas en este y otros medios. Lo miré inquisitorial y pensé en la fantasía que mi novela contiene.

–No me mire así Neftalí; le digo la verdad.

–¿Quién es usted? –le pregunté.

–Ya lo sabrá, pero además, ahora no importa.

Le trajeron su café, igual que el que yo tomo. Le puso azúcar en exceso, y enseguida la mesera le extendió un pastel de zanahoria.

Vestía con un saco negro que le quedaba grande y una camiseta blanca abajo. Su rostro era alargado de una mirada verde y las manos increíblemente limpias. Con fineza giraba la cuchara revolviendo la azúcar y con gran elegancia dio el primer sorbo. Luego del bolsillo interior del saco, sacó una rata blanca con manchas negras y castañas. La dejó sobre la mesa (yo les tengo pavor)

–Se llama “Luna” y es inofensiva –yo me levanté y quise correr de ahí–. Siéntese, ella es incapaz de desobedecerme.

Volví a sentarme y con mucha precaución le pregunté de qué se trataba aquello. Como si no me escuchara, mirando aquel animal me dijo:

–Tiene hambre.

Y con una cuchara que también extrajo del bolsillo del pantalón, la hundió en el pastel. Le dio aquella una cucharada y la rata abrió el hocico con suavidad y comió. Él la acariciaba y le daba más pastel. Tal vez al sexto pedazo de pastel, guardó al animal, no sin antes arrimar a la bestia a la taza del café y el animal bebió sin importar lo caliente del líquido.

¿Quién era aquel hombre? ¿Qué locura lo acompañaba para traer un animal en el bolsillo del saco? Era cierto. El animal lo miraba como si agradeciera los bocadillos y cuando la guardó, le dio un beso en la frente al asqueroso animal.

Yo había cerrado la computadora y seguía a la expectativa esperando cualquier otra locura. Él comenzó a comer el pastel y a beber café. Luego cogió con la mano un trozo de pastel y lo metió a la taza. Lo degustaba con estilo y de pronto me miró:

–¿Gusta pastel?

Por supuesto, le dije que no, pero con prudencia. El comía y bebía café sin decir nada y sin mirarme. Desconcertado yo no sabía qué hacer, pero uno de los impulsos, era irme de ahí y dejarlo en su locura. Como si adivinara me dijo:

–No se vaya a ir. Termino mi rebanada de pastel y le cuento.

Seguía comiendo. Llamó a la mesera y pidió un té de limón. La joven mesera me miró, como preguntando “¿Le está molestando?” Y lo entendí, porque su apreciación se debía al aspecto de aquel hombre con el pelo revuelto y una corbata anudada que colgaba de su cuello con un evidente desparpajo. Los zapatos negros ajados y los pies sin calcetines, lo que podía notarse bajo la valenciana del pantalón que no se sabía si era negro deslavado o gris.

Le hice una señal a la mesera, de “no se preocupe”. Se fue y pronto vino con el té. El hombre me pidió un cigarro. Se lo di sacándolo de la cajetilla. Lo encendí. Fumó con placer y se recargó en la silla, cruzó la pierna.

–Lo que falta en su historia es una fantasía más violenta –me dijo–, más de acción y con acontecimientos de sangre.

Se puede entender que los lectores llegan a desear intervenir, pero en ese momento le dije que me iba.

–No, no se vaya, se lo suplico.

–Debo irme.

–No, le tengo una historia superior a todo lo que ha escrito hasta hoy.

–Está bien, venga, cuéntemela.

Y me reacomodé para escucharlo.

–Sí, pero con una condición

–Ah, caray, a ver…

Lo demás me sorprendió sobremanera. Me dijo que le diera trabajo en la novela que había leído y ante mi sorpresa, le dije que eso no era posible. La novela está completa y me reí. ¿Quería que le diera trabajo en mi novela? No me explicaba lo que aquel hombre estaba arguyendo. Le pedí una explicación.

–Como su personaje, me quedé fuera de una novela de la que el autor, sin darse cuenta, nunca supo que sobreviví –hablaba con toda seriedad– y como en la suya y como su personaje que narra, no supe qué hacer y vine a buscarlo, porque usted sería el único autor que pudiera incluirme. Hágame la prueba; soy amigo del personaje al que su protagonista (Novelista), echó de sus páginas prendiéndole fuego a una novela de la que se arrepintió de haberla dejado viva y como usted sabe, sigue por ahí, desempleado, vagando. Y yo soy un exiliado de otra novela que corrió la misma suerte que la de su novelista. El autor le prendió fuego y yo salté hasta aquí.

En ese momento sacó una tarjeta y me la dio.

–Si puede abrir el cortinaje de algún capítulo, búsqueme y estoy a su disposición, puedo ser el asesino.

Me quedé callado. Se levantó, y como había llegado, caminó rumbo a la salida. Se volvió hacia mí y me dijo:

–Si se anima, le cuento la mejor historia que usted jamás ha escrito.

Desapareció en el umbral de la puerta del café. Vi la tarjeta y estaba en blanco.

 

 

 

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