José Juan Marín
El poder cambia a las personas: las vuelve más impulsivas, menos empáticas y más alejadas de quienes representan.
Abraham Lincoln, dijo una vez algo que aún resuena como una gran verdad: «Casi todos los hombres pueden soportar la adversidad, pero si quieres poner a prueba el carácter de un hombre, dale poder.» Admiramos a quienes sobreviven a las dificultades, pero estas no son la verdadera prueba que descubre la verdadera naturaleza de un ser humano. Es el poder.
El poder disminuye la capacidad de ponerse en el lugar del otro, esto por las siguientes razones:
Uno. Si tienes poder, el cerebro comienza a priorizar tus propios objetivos sobre las necesidades de los demás.
Dos. Dejas de preguntarte cómo les afectarán tus decisiones a otras personas.
Tres. Te preocupas sobre todo por tus deseos y, si acaso, por los de las personas que todavía ocupan un puesto de poder por encima del tuyo.
Lincoln no fue el único en detectar la trampa del poder. Platón ya advertía en La República: » Quien no es bueno sirviendo, tampoco será bueno mandando «.
No necesitas un trono para enfrentar esta prueba. En la vida cotidiana hay ejemplos de poder mal utilizados. Un jefe que decide atribuirse el mérito del trabajo de un equipo. Un padre que decide no escuchar los argumentos de su hijo. Un funcionario que le habla bruscamente a alguien que no puede replicar, y más un político que dejó de escuchar.
Si la sociedad nos pone en una situación de poder o estamos sometidos al poder de otras personas, tenemos que tener claros los límites: no se puede perder la empatía y la humildad. El ejercicio del poder solo puede tener sentido si sirve para perseguir el bien de todos, no el propio o el de unos cuantos.
