(16)
Por: Neftalí Coria
La novela de Paura debía esperar. Así, en este lado del mundo, lograba que ella estuviera más tiempo conmigo y el amor extendería las nubes en nuestro corazón.
Sin titubear y gracias a la claridad que tenía para ver y percibir a Lord Anton, a quien ya en la narración se había convertido en conde, la mañana siguiente del reposo, instalado en el cafecito donde escribo, abrí las puertas del cuaderno newyorkino y entré de tajo a la historia del vampiro. Escribí:
En la sangre, el conde Anton buscaba el amor. El vampiro estaba seguro que la sangre de mujer joven, alimentaba el amor al mundo y el amor hace buenos a los seres que quieren ser buenos y la bondad, bebiendo sangre, germina con exuberancia. El conde Anton estaba seguro que las tablas de su corazón pertenecían a la maldad y la sangre con su roja savia, lo hacía sentir un equilibrio, en el que la maldad se disimula y la bondad cobra presencia, aunque aparente.
Mientras Lord Anton caminaba por una calle cualquiera con el lorito Lino al hombro, aquella ave verde, gritaba intermitentemente: “Adiós hijos de puta, maricones”, que era la segunda de las cuatro frases que repetía. No fueron pocas las veces que tuvo que guardarlo en el bolsillo del saco o la gabardina y apretarle el pico, porque el conde Anton fingía tener buenos modales y mejores costumbres. Actuaba como si fuera un hombre ordinario, normal y con la elegancia que por sí mismo resaltaba en su apariencia de un hombre esbelto y cuidadoso en su manera de caminar, saludar y comunicarse con los demás con un lenguaje refinado y correcto en el canon de la elegancia urbana.
El lorito desobedecía y en los lugares menos apropiados, gritaba: “Esa de rojo yo me la cojo”. Pero el vampiro, no podía prescindir de la compañía de aquel animal, porque había un lazo entre el loro y él, que sería difícil explicar; algo muy cercano a una flilialidad zoofílica, lo que el conde Anton negaba.
Nuestro caballero hematófago, tenía por medida, morder el cuello de una mujer al mes, y ahí, el lorito era de gran ayuda en tan delicada operación. El perico era el encargado de la hipnosis y mientras él hacía su labor con los ojos, su dueño por la retaguardia, actuaba con los muy afilados colmillos, y aunque eso no me lo han creído, pero Lino el loro, también era hematófago, lo que explica la amorosa cercanía con el conde.
Las doce víctimas al año, eran suficiente ración para mantener su juventud y aquella tersura de piel en el rostro y las manos y quizás a eso se debía la sedosa condición del plumaje del lorito y su caudalosa alegría, porque de que era un loro vampiro, claro que lo era, yo mismo lo vi ensangrentado del pico más de dos veces.
Por cada mujer que mordía, la edad del conde, se guardaba intacta, sin dejar que avanzaran las manecillas del tiempo en su vida. Había mordido el cuello de suficientes mujeres que le aseguraban vivir por mucho tiempo; quizás el conde Anton, tuviera quince veces más la edad que aparentaba. Nadie sabía de su origen, hasta que yo pude ponerlo contra la pared y amenazarlo con hacer pública su vida de vampiro, lo que acabaría con su vida secreta, de la que nadie en el vecindario sospechaba más allá de su extrañeza y extravagante apariencia, sobre todo los días domingos. Fue por eso que me habló de dónde llegó y quién era. Porque desde que llegó a habitar aquella casa sombría de manera sorpresiva un lunes por la noche, mientras llovía y el cielo había tronado como en toda tormenta, a muchos nos pareció extraño y más cuando empezamos a notar que no tenía un trabajo visible. La paloma, la vieja chismosa de piel blanquecina de la tienda de la esquina, fue la primera que difundió que aquel hombre no tenía trabajo, ‘pero sí dinero para comprar cigarros de los más caros y el agua mineral para su güisqui’.
Detuve la escritura. No había duda que en la historia de este personaje sobrenatural, había fertilidad. Ese día después de salir del café de mis labores rutinarias, en la que logré un avance notable en la historia de Lord Anton convertido en el Conde del barrio, caminé hacia el Bosque Cuauhtémoc. Quise ver árboles.
Mientras caminaba, cerca de la pila donde viven los patos, como pájaro llegó volando Lord Anton.
–Me alegra que nos tenga presentes –me dijo– no nos olvide… Mírelos, en este lugar habemos muchos ¿Los ve?
Sabía que lo estaba escribiendo. Siguió hablándome y tratando de demostrar que había muchos Ficticios desperdigados, lo que me dio a pensar en el fracaso de la literatura de la ciudad. Y era lógico, porque si eran muchos, lo más seguro es que muchas novelas y novelistas hubieran fracasado. Cada Ficticio sumaba un fracaso novelístico.
Mientras nos adentrábamos en el lugar, me iba mostrando algunos de los que ahí pasaban el medio día. Por uno de los andenes, venía bufando una mujer con el pelo en desparpajo y arrastrando una maleta rosa. Vestía de novia y el velo no alcanzaba a cubrirle la cabellera rubia. Se podía ver el odio que profesaba al mundo. Nadie podía acercarse a ella, cuando el odio la tenía presa y le aprisionaba con las filosas tenazas de metal paralizantes, con las que suele apretar el odio.
–Es capaz de todo –me dijo Lord Anton mientras la mirábamos venir hacia nosotros–, odia al mundo todos los días en diferente horario y nunca en su vida conoció la ternura, ni el amor. En la historia que nació, fue abandonada vestida de blanco. Otro irresponsable novelista que no pudo con ella.
Pasó bufando cerca de nosotros, pero nunca nos miró. Se fue babeando el odio a todo y a nadie. La vimos levantar del suelo una pequeña estrella luminosa, que de inmediato la arrojó con toda su fuerza, como cuando se tira una piedra contra un vidrio que se quiere romper. La estrella ascendió y se perdió en el cielo y las cumbres de los árboles.
Nos miró por única vez, cuando se alejaba. Levantó la mano con la señal del adiós.
