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Entre la pluma y los ojos
Por: Neftalí Coria
Trazaría la novela con los ojos y la pluma –que todavía sangraba– sobre el papel de las hojas blancas, blanquísimas del cuaderno vivo que sin pensarlo, extrañamente llegó a mí. La pluma y el cuaderno, fueron los únicos objetos que no los traje al pensarlos.
Todo lo que mi corazón y mi alma narraran, aparecería en el cuaderno y en las páginas de mi entorno, porque siempre he sabido que es el deseo del corazón y la necesidad del alma, lo que un novelista verdadero narra, y yo quería ser un novelista completo; así lo había intentado en todas las novelas que antes narré en las muy variadas circunstancias.
Estaba creciendo en mí, el ímpetu de la escritura como un reto mayor del que dependía mi vida y mi permanencia en ella escapando de la demencia.
Debía acertar en todo lo que en la narración sucediera. Debía tener cuidado al pensar –¿Debo decir mirar?– los espacios, los sucesos, las temibles anécdotas, los diálogos de los personajes, sus pasiones, su bondad, su maldad, para que aparecieran y se describieran solos entre la pluma y los ojos, como en esa misteriosa verdad que en la creación sucede. Debía haber un equilibrio en lo que imaginara.
Como si a una magia perteneciéramos la novela por escribirse y yo, la pluma, el cuaderno, los ojos, la historia y el tiempo que estaba enfrente, comenzábamos a ser una sola cosa. Yo estaba en las vísceras de la historia que ya no tardaba en llegar al mundo. Y sin saber cuál era el motivo de mi ubicación en aquella palestra situada en las profundidades de los campos de la ficción hasta ese momento, solo lo veía como un privilegio que novelista alguno había vivido. Viviría en el lugar desde donde se vive la omnisciencia de la voz que para mí, siempre fue incalculable. Ocupaba el lugar donde comienza el mundo nuevo de una novela. ¡Era el lugar de Dios! Y todo lo que sucedería, iba a ser como si mi pensamiento y mi imaginación, le pertenecieran a la nueva magia. Escribir no era escribir como se escribe con la pluma de la sangre negra en el cuaderno, ahora además bocetaría y dibujaría con mis ojos, destinos, direcciones, rutas, escondrijos de las pasiones en las que vivirían los personajes y otros enseres que una novela, siempre trae consigo.
En el cuaderno se narraría el esqueleto de la obra, porque los músculos de la novela se fortalecerían con los ojos y su mirada aguda; se irían posesionando en la necesidad de la exactitud de la trama tejida para la historia de una manera fantástica y maravillosa.
La historia para mí sería tangible y la tendría de frente y en torno a mí, aunque lo que no supe, ni calculé, ni imaginé, fue mi destino que ahora no quiero mencionar porque me da vergüenza.
En aquellas horas en que comenzaba a entender, tampoco supe porque comprendí con plenitud, la extrañísima forma de la escritura viva, inherente a mi carne, por dentro, In fabula. Pensé en los obreros del drenaje profundo de una gran urbe. Así trabajaría yo en la construcción (¿Debo decir reconstrucción?) de una novela.
Me preparaba para a escribirla, como quien va a entrar a un espejo.
Por una razón que no comprendí, me di cuenta que la escritura viva había de comenzar y me lo mostró tácito un relámpago que trajo la noche a la mesa, entre la pluma y el cuaderno. Y volvían las serpientes y las aves en el cielo como si de la oscuridad se hubieran desprendido. Era la señal que la novela comenzaba con las primeras imágenes.
Bastó evocar en el pensamiento a Paura y apareció ceñida en un vestido negro. Inmóvil sonreía, inanimada, sentada frente a mí, tan hermosa como era, con una mirada inmóvil hacia mí y las manos sobre la mesa. La pluma dejó de sangrar, el cuaderno se iluminó y con una luz tenue pedía tinta.
Ya debía comenzar a trazar los puntos centrales del primer espacio de la primera página de la novela. Un cosquilleo comenzó a recorrer mi cuerpo; era una sensación, como cuando se duerme una mano, pero el hormigueo iba de pies a cabeza. Supe que eran las mismas palabras que estuvieron en la mesa y las que colgaban en las esquinas del techo en la casa de Arlette, lo que había despertado en mi sangre (¿Cómo había sucedido aquella penetración?). No había tiempo para buscar respuestas, ni explicaciones, ni saber si aquel era un fenómeno químico, físico o de alguna nueva especie que la ciencia pudiera explicar, pero no debía importarme. Había que escribir con líneas curvas y rectas, lo que comenzara a imaginar y todo llegaría con su propia imagen, como sucede en toda ficción. Bastaba trazar ahora las formas de cada espacio y de cada personaje, para que estuvieran en la novela como una presencia verdadera.
Algo inexplicable me empujaba a escribir en vivo. Algo de sumo poder, me obligaba a echar afuera, las cosas de mi palpitante mitología imaginaria para hacerlas vivir, porque todo estaba dispuesto y como yo sabía, la novela tiene su tiempo; sino se escribe cuando el Dios de la mentira la dicta, será tarde. Se debe escribir cuando la sangre de la historia que comienza a circular, porque sino, escapa como los peces de las manos en el agua.
Aquello era el empujón del instinto, el jalón de la necesidad sanguínea de la que nadie escapa a comenzar las aventuras que esta ordena y de las que nunca se sabe lo que sucederá en su travesía. La necesidad y el instinto, no conocen el futuro y les da lo mismo el fracaso y el triunfo, ni buscan congraciar con un final bueno o malo a la bestia que los controla.
Había que comenzar la novela de la negación de quien a partir de ese momento, ya no podría nombrar para salvarla limpiamente y expiar su condena por lo que se consideraba –a decir suyo– un delito y no fuera juzgada por no sabía yo qué juez, ni sabía que ministerio le haría pagar su culpa por haber destruido una obra de ficción.
No podía evocar su nombre, porque estaba en riesgo de aparecer en la historia, lo que significaría una traición que a mi ver, ella no merecía, pese a lo que en mi destino, vendría más tarde.
