Fotografía: Neftalí Coria

Por: Neftalí Coria

 

Me inquieta todavía, aunque por un tiempo dejó de interesarme el hecho de saber por qué ya el común de las personas no necesitan, esencialmente las palabras. Otros días pensaba en la catástrofe que estaba ocurriendo y así lo percibí durante algunos días mientras efectuaba mi lectura anual de El Quijote.

–¡Estamos perdiendo las palabras! –le dije ya no recuerdo a quién, lo que si recuerdo es el extrañamiento y la reacción de la mirada, como quien mira al idiota que ha dicho un disparate.

Y aunque en los últimos años, las palabras cada vez sirven menos ante la locura de las imágenes, las palabras se van olvidando y en el uso diario, se usa el mínimo de ellas, y nadie resulta lastimado y si acaso las palabras les faltan, muchos no se dan cuenta, porque si no tienen palabras para nombrar lo que se les aparece enfrente, gimen, hacen una mímica rudimentaria, gruñen, escupen, mueven la cabeza, levantan los hombros, tragan saliva, miran arriba como quien lo entiende. Y así, con ruidos orales y quién sabe con que más genuflexiones que se pueden oír por todos lados, se puede vivir en este mundo de pantallas y tumultos.

Y ahora recuerdo a una maestra de escuela, durante una de mis conferencias sobre la Escritura y la Lectura –que con el entusiasmo de quien tiene la verdad en las manos–, refutaba el amargo pesimismo durante mi exposición, afirmando que “en ninguna otra época de la historia, los niños y los jóvenes escriben tanto, por lo cual usan muchas palabras”. Y argumentaba que aquello sucedía, gracias a la tormenta de mensajes que escriben en los celulares. No dije más, pero me quedó pendiente explorar si aquello que decía la maestra, era razonable o acaso era cierto, o era producto de un espejismo como los hay tantos, o provenía de alguna de las tantas mentiras que nos bombardean en la misma red, porque hoy la verdad es un fantasma y no sirve de nada, dado que las mentiras en internet, se exponen con tanta calidad, que nunca sabemos dónde está la verdad (véanse los periódicos como El Universal y otros similares). Y hasta creo que ya hay quienes necesitan la mentira, como el aire para vivir, porque no pueden disponer de verdad alguna a donde quiera que vayan. Los han cercado con mentiras.

Pero vuelvo a las palabras –que son los instrumentos de la verdad y la mentira–, y al entusiasmo de la maestra que contradecía mi amargura y mi pesimismo y estuvo segura de la felicidad de nuestro presente porque ahora “usan muchas palabras”. Y ante mi muy errónea e irrespetuosa opinión que ahora los jóvenes y los viejos se comunican con pocas palabras, carecía yo de esperanzas en la vida. Hasta allá estaban llegando mis imprudencias con las que además, estaba cobrando por la conferencia. Puede decirse que salí de ahí con la cola entre las patas y en verdad, no sabía qué cosa era aquello de los mensajes, y si de verdad eso era escribir y en nombre del ejercicio de escritura, valía la pena hacerme al lado de aquel optimismo de la maestra de que ahora sí se escribe, lo que contradecía completo, el alegato de mi conferencia, que por si fuera poco, me estaban pagando.

Pero no fue hasta hace unos días, que le escuché decir a la psicoanalista madrileña y lacaniana Ana Ruth Najle, sobre el asunto del adelgazamiento del lenguaje, que yo sigo advirtiendo, y me dio con exactitud el nombre de lo que con los mensajes del teléfono está sucediendo. Ella dice –al contrario de la entusiasta maestra– que lo que se está haciendo es una “mutilación de las palabras”. Nada más exacto, lo que se hace es dejar de darle importancia y faltarle el respeto a las palabras, mutilándolas, porque así se entienden y basta. No importa la ortografía, el uso del horripilante lenguaje inclusivo, las abreviaturas arbitrarias, el uso de arrobas para disfrazar las palabras que a esta altura del tiempo, las disimulan y obedecen las moralistas leyes del Feizbuk y tuiter o como putas se llame.

Escribir con palabras mutiladas, no es escribir con el pensamiento claro, y abreviando lo que se escribe en el teclado de watsapp también se abrevia lo que se piensa y eso también cabe en lo que Najle llama “mutilar las palabras”, que puede traducirse como mutilar lo que se piensa. Y ante esas abreviaturas, mutilaciones y el uso de caritas, el pensamiento disminuye su ejercicio; así lo advierto y eso sí es una catástrofe, porque ya no solo se olvidan cientos de palabras, sino que las que se usan se utilizan mutiladas.

El Quijote contiene 22,939 palabras diferentes, incluyendo el prólogo. Y nos contentamos con que “ya están en desuso”, pero ¿Quiénes las dejaron de usar y por qué? ¿Porque no hacen falta? El mundo no se nombra con imágenes, el mundo se nombra con palabras y si no poseemos las suficientes palabras para nombrarlo, no podemos comprenderlo. Mirando el mundo en imágenes, no alcanza para la comprensión completa. Y ante esta falta y estas nuevas costumbres de vivir con los ojos ¿Qué se espera? Difícil saberlo, pero imagino un pueblo enmudecido, susceptible a la dominación y control al mando de cualquier poder, y completamente frágil, débil para ser empujado a los abismos de la oscura ignorancia, a los dogmas, a las creencias de la misma fantasía que han dictado libros –sin leer– como la Biblia y el Corán.

Puede que me equivoque, pero algo me dice que sin palabras, no vamos a entender el mundo y el verso de Merwin será cada día más cierto: “Padre, lo que no entiendo es el mundo”. Y estarémos condenados a una vida estrecha, casi muda y en la permanente ignorancia de no saber cómo se llama el mundo que habitamos, porque no sabemos las palabras para descubrirlo o por lo menos, conocerlo.

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