Óleum: Columnas sobre arte

Eugenio Landesio

Estefania Riveros Figueroa

En el Museo Soumaya, propiedad de la Fundación Carlos Slim, se exhibe la pintura al óleo titulada “Patio de la Hacienda de Santa María Regla”. Fue una obra de 1857 de la autoría de Eugenio Landesio (1810-1879). Esta pintura se circunscribe dentro de momentos clave de la Historia patria, retrata maravillosamente el paisaje mexicano. Además, tuvo un impacto directo en la futura pintura de nuestro país e incluso (y me pregunto si fue deliberado) contiene detalles que parecen guiños a la historia personal del pintor.

Para un conocedor de la Historia, el año de creación de esta obra es revelador. Fue en el año de 1857 cuando se promulgó la Constitución Liberal, que sustituyó al corpus legal de 1824. Bajo el mandato de Ignacio Comonfort, la Constitución de 1857 perfiló el Estado Mexicano de la segunda mitad del siglo XIX, caracterizado por las acérrimas diferencias entres conservadores y liberales.

Proveniente de Italia, llegó dos años antes bajo ese escenario socio-político a tierras mexicanas, el piamontés Eugenio Landesio. Por recomendación del director, trabajó como maestro de pintura en la famosa Academia Nacional de San Carlos, en la Ciudad de México. Landesio junto con el catalán Pelegrín Clavé, fueron mentores prestigiosos que cargaban con todo el bagaje de la escuela europea y en México encontraron excelentes pinceles en alumnos destacados tales como Luis Coto o José María Velasco. Landesio mismo se había trasladado en su juventud a Roma persiguiendo sus sueños artísticos. Ahí aprendió del húngaro Károly Markó (1791-1860) el arte romántico de la pintura de paisajes y castillos.

En México, Landesio no encontró castillos, pero sí algo muy similar: haciendas muy vastas, llenas de opulencia y enclavadas entre las cordilleras del Altiplano Central Mexicano. La hacienda del cuadro de hoy, era la de Santa María Regla ubicada en Huasca de Ocampo, Hidalgo. La Hacienda de Santa María Regla se dedicaba al beneficio. En el territorio mexicano, existían diferentes tipos de haciendas dependiendo de su vocación: las había agrícolas, ganaderas, azucareras, pulqueras, henequeneras (típicas de Yucatán) y luego estaban las de beneficio. En el argot de las haciendas, el beneficio es un método empleado en la industria minera.

El “beneficio” de los metales era un concepto heredado desde el virreinato. Servía para definir tanto la técnica, como el sustento legal mediante el cual se separaban el oro y la plata de las impurezas que se extraían de las minas. Aquí es donde el cuadro de Landesio cobra un valor histórico grandioso. En aquellos tiempos cuando no había drones, esta pintura nos muestra una excelente vista aérea del beneficio de patio de dicha hacienda.

El beneficio de patio era un método que se caracterizaba por distribuir sobre grandes patios, los metales triturados. Éstos se humedecían con una mezcla que incluía agua, sal, sulfato de cobre y azogue, para poder separar los metales preciosos de las piedras de desecho. Se dice fácil obtener metal triturado en nuestros tiempos, pero imaginemos por un momento lo que implicaba moler piedras con metales incrustados hace casi dos siglos ¡Se requería un aparato maravilloso! Dicho aparato se llamaba tahona y era un enorme molino que se arrastraba por encima de las piedras, jalado por mulas y caballos.

Aquí es donde la obra se entrelaza con la historia personal del autor. Eugenio Landesio nació en Altessano, Italia (cerca de Turín), la región del Piamonte. Ubicada al noroeste de la península itálica, el Piamonte es una zona de imponentes contrastes paisajísticos. La rodean colinas y llanuras, que influirían en Eugenio, quien desde pequeño mostraba una tendencia natural por el dibujo. Un dato aún más curioso porque la familia de Landesio se dedicaba a la platería… quién diría que años más tarde, él mismo habitaría en un país extranjero con los mayores yacimientos de plata a nivel mundial: México y que podría ser testigo presencial de cómo se extraía la plata.

Tras su llegada a nuestro país en 1855, introdujo la novedosa técnica de salir a pintar al aire libre, aprovechando la belleza de las montañas y llanos mexicanos. Sin embargo, en 1873 tuvo que renunciar a su puesto como profesor en la Academia de San Carlos, ¿La razón? La elevación constitucional de las Leyes de Reforma por mandato de Lerdo de Tejada, imponía a todos los maestros en el territorio mexicano, la obligatoriedad de hacer un juramento de orden civil en el que manifestaban acatar las Leyes de Reforma liberales.

La extrema laicidad a la que apuntaban los liberales en el poder implicaba que los profesores no podían en ningún momento manifestar abiertamente su adhesión al Papa o a la iglesia católica, por lo cual Landesio decidió renunciar a su puesto antes que acatar las leyes liberales. El convulso siglo XIX representó para México una vorágine de cambios. Eugenio Landesio regresaría a su tierra natal, una Italia que, también por esa época pasó por la unificación de Garibaldi, lo cual me remonta a la paradoja lampedusiana. (Para revisar la reflexión en torno a la paradoja lampedusiana, léase mi columna titulada “Réquiem” publicada en La Voz de Michoacán con fecha de 22 de mayo de 2021).

Las enseñanzas que Landesio dejó en sus alumnos mexicanos fueron de gran valor. En la obra que conocimos hoy, es evidente su manejo de la geometría, la perspectiva y una de las especialidades que enseñaba en la Academia de San Carlos: refracción y espejos. Su conocimiento lo dejó por escrito con precisión matemática en varios libros de su autoría. Basta observar cómo se reflejan las nubes en el beneficio de patio para saber que Landesio era un pintor muy técnico, así como observador de los detalles.

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