Dr. Alejandro Guzmán Mora

Hace unas semanas le pedí a una inteligencia artificial que reescribiera un mensaje que quería enviarle a mis estudiantes. El texto original contenía dudas y repeticiones. Lo que me devolvió fue impecable: claro, empático, con el tono justo. Lo leí varias veces. Y entonces me di cuenta de algo incómodo: me gustaba más la versión que había escrito la máquina que la que yo había escrito.

No es la primera vez que pasa. Cada vez que usamos IA para redactar correos, generar ideas, crear imágenes o incluso planear una rutina de ejercicio, estamos pidiendo algo más que ayuda técnica. Estamos pidiendo que complete, que mejore, que embellezca lo que producimos. La pregunta que casi nadie se hace es: ¿qué estamos perdiendo o ganando en ese intercambio silencioso?

La inteligencia artificial no es solo una herramienta. También funciona como un espejo. Y como todo espejo, no solo refleja: también puede deformar.

Cuando le pedimos a una IA que escriba por nosotros, lo que suele devolvernos es una versión promedio y optimizada de lo que ya existe en internet. Textos correctos, seguros, bien estructurados. pero muchas veces sin voz propia. Imágenes hermosas, equilibradas, estéticamente impecables… pero que se parecen entre sí. Consejos que suenan sabios y equilibrados… pero que podrían haber sido escritos para cualquier persona en cualquier parte del mundo.

El problema no es que la IA sea mala. El problema es que tiende a eliminar la fricción. Esa fricción incómoda de buscar la palabra exacta, de dudar, de equivocarnos, de tachar y volver a empezar. Esa fricción es, paradójicamente, donde suele aparecer lo más humano de nuestro pensamiento y nuestra expresión. Cuando la eliminamos, corremos el riesgo de producir más, pero de decir menos.

 

Además, la IA no es neutral. Fue entrenada con millones de textos e imágenes creados por humanos, con todos nuestros sesgos, contradicciones y estereotipos. Por eso, cuando le pedimos que genere algo “objetivo”, muchas veces solo nos devuelve una versión más pulida de nuestros propios prejuicios. Nos muestra lo que queremos ver de nosotros mismos: más inteligentes, más creativos, más empáticos de lo que realmente somos en ese momento. Y como el resultado nos gusta, lo aceptamos sin cuestionarlo.

Por supuesto, también es una herramienta extraordinaria. Nadie sensato puede negar que la IA acelera tareas repetitivas, ayuda a personas que no tienen acceso a editores o consultores, y permite explorar ideas con una velocidad que antes era impensable. Usada con inteligencia, puede funcionar como un amplificador de capacidades.

El verdadero asunto no es si la IA es útil o peligrosa. El verdadero asunto es qué tipo de relación estamos construyendo con ella.

Hay una diferencia importante entre usar la IA para corregir un texto y usarla para escribirlo completo. Hay una diferencia entre pedirle ideas para romper un bloqueo creativo y pedirle que resuelva el problema por completo. En el primer caso, seguimos siendo nosotros quienes decidimos. En el segundo, empezamos a delegar no solo el trabajo, sino también el criterio.

Lo más inquietante no es que la IA nos reemplace. Es que empecemos a parecernos cada vez más a lo que la IA produce fácilmente: textos correctos pero intercambiables, ideas brillantes pero sin profundidad, imágenes impactantes pero sin alma. Cuando eso pasa, ya no estamos usando una herramienta. Estamos empezando a moldearnos según lo que la herramienta hace bien.

Quizá la pregunta más importante que deberíamos hacernos no es “¿qué puede hacer la IA por mí?”, sino “¿qué parte de mí quiero seguir siendo yo, aunque sea más lento, más imperfecto o menos eficiente?”.

Porque esa parte (la torpe, la dudosa, la que necesita tiempo y esfuerzo) es precisamente la que más nos define. Es donde aparece nuestro estilo, nuestras

 

contradicciones, nuestra forma particular de ver el mundo. Cuando la delegamos sin pensarlo, corremos el riesgo de volvernos más productivos, pero menos nosotros.

La inteligencia artificial no va a desaparecer. Tampoco va a resolver por sí sola los problemas de sentido, autenticidad y profundidad que tenemos como sociedad. Lo que sí puede hacer es obligarnos a tomar una decisión que antes podíamos aplazar: decidir qué tipo de humanos queremos seguir siendo en un mundo donde ya no necesitamos ser tan buenos en ciertas cosas para obtener resultados aceptables.

Usarla como herramienta es inteligente.

 

Dejarnos moldear por ella sin darnos cuenta es otra cosa.

 

La diferencia está en quién sigue al mando: si nosotros o la versión más pulida y promedio de nosotros mismos que la máquina nos devuelve.

Deja un comentario