Por: Neftalí Coria
Hace poco se cumplieron diez años de la muerte de Juan Gabriel y desde hace algunos meses, lo he escuchado con mayor ahínco que en otros momentos del pasado y ya pertenece a mis momentos de no sé qué alegría triste, de no sé qué emoción de la embriaguez que me cautiva, como lo han hecho las canciones de José Alfredo Jiménez, las de Marco Antonio Solís, Chabela Vargas o las de Joaquín Sabina.
No sé por qué, pero todo comenzó en un día de esos en el que estaba entregado a lo que en la cantina sonaba, y en la rockola, cantaba Juan Gabriel. Y ya después de la tercera cerveza, tarareaba “Abrázame muy fuerte que el tiempo es malo y muy cruel amigo, abrázame que el tiempo es oro si tú estás conmigo”. La sinceridad con la que se desgarraba, me pareció digna de los que se entregan a la profundidad de una interpretación, como la de un actor que se aleja de sí y logra las más altas emociones de su personaje.
Luego reparé donde canta ese verso de la canción: “Abrázame muy fuerte amor, mantenme así a tu lado”, que no es un verso de canción novedoso, pero la magia de cantar lugares comunes, está en esa entrega de la que un cantante y un actor no deben prescindir. Y después: “Yo no sé si está pasando el tiempo o tú lo has detenido”. Y seguí escuchándolo con la emoción que la canción me provocaba, la seguí como si necesitara que alguien estuviera a mi lado aprobando y compartiendo la emoción que no hay para qué explicar.
Creí en lo que la canción me estaba dando. Me descubrí tratando de cantar aquello que Juan Gabriel cantaba con una entrega, como la que yo muy bien conocía. El lamento que está presente en algunas de sus canciones de compositor, es apetecible vivirlo en su canto, porque el lamento es patrimonio de los que hemos amado. Y me gusta esa emoción que lo sentimental, lo desdichado y triste que vive en las canciones, porque –como los actores– lo puedo vivir aunque no sea cierto. Y esa cursilería de algunas de sus letras, se oculta con la interpretación sincera y en el momento no importa, y es que quien escucha a Juan Gabriel en una cantina a esas horas del diablo, no analiza, se adhiere al sentimentalismo que su entregado canto provoca y lo hace su propiedad, como dijo Luis Cardoza y Aragón, “en la embriaguez, todo lo hago mío” Y en algunas canciones del cantor michoacano, me adhiero a su magnífica voz que canta lo que yo también siento. Así he amado, así fui herido y así mi historia me dio –con mi sensibilidad– una verdad en la que me reconozco en el amor desdichado.
También he perdido en el amor, como seguramente muchos perdieron, y descubro que con las canciones de Juan Gabriel, ya no me siento solo, porque coincido con la alegría de cantar lo que duele, y lo que duele se vive como se vive la alegría y ahí está la esperanza para no morirse en vano, la esperanza de haber estado buscando siempre el amor que no se encuentra y se va de las manos como un pez en el agua, y seguimos buscando a sabiendas que no está en ningún lado, y nos condenamos a creer que lo hemos de encontrar. Pero en las canciones hay consuelo y echar afuera el grito de la desesperanza, basta para perderse por un momento, antes que llegue el silencio y el espejo en el que nos veremos tal cual somos.
Juan Gabriel cantó con la entrega, que sin duda, le dio el éxito que tuvo y hoy se mantiene en la memoria de un pueblo que lo adoró hasta la locura, y pude verlo de cerca, porque estuve en un concierto suyo, para después entrevistarlo como se había pactado (entrevista a la que caprichosamente se negó después). Ahí pude ver a una multitud entregada.
No puedo negar que antes no lo escuchaba como ahora que escribo estas líneas, lo escucho. Juan Gabriel fue un cantor de todos y muy claro me queda su pasión por lo que hizo en la música popular, porque escarbó en el corazón de muchos y raspó los sentimientos hasta el dolor del que nadie escapa. “Hasta que te conocí, vi la vida con dolor”, canta y yo lo creo. Lo llevo con los rasguños de mi historia en la que conocí el dolor que el amor dejó no sé dónde, pero regresa con solo mirar las cicatrices y vuelve el desangramiento por el amor perdido. Cómo no cantar al lado de sus canciones, esas tonadas que nos hacen suyos como si de verdad fuéramos los verdaderos desdichados, aunque después encontremos la puerta de salida.
Recuerdo muy bien, cuando murió Juan Gabriel, Nicolás Alvarado, dio su opinión sobre el cantante y lo lincharon en las redes y la prensa por haber dicho que no le gustaba en lo absoluto, acto que siempre me pareció injusto, producto de una adoración sin tolerancia a las ideas contrarias, lo que en este país ha comenzado a ocurrir también en la política y las formas de vivir. Como a Nicolás, me pasó algo parecido, aunque en menor escala, porque en las redes se dijo que Juan Gabriel era “el poeta de México”. Yo reclamé aquella sentencia y negué que lo fuera, y lo sigo negando hoy día. Poetas de México pueden ser Sabines, Paz, Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, López Velarde, pero no Juan Gabriel, él es un compositor de canciones, y muy bueno, punto. El lugar que se gana en la música popular, no puede ser la referencia del poeta. Cada quien tiene su lugar y mi admiración a su trabajo como compositor, como intérprete de sus composiciones musicales, sus letras, ya la he manifestado. Y desde aquel día en la cantina pude valorarlo en amplia medida, para después salir de ahí a las calles muy contento y chiflador, dueño irrefutable del aire de la noche.
