Los frailes pintores, Albert ConradLos frailes pintores, Albert Conrad

 

Los frailes pintores, Albert Conrad
Los frailes pintores, Albert Conrad

Óleum: columnas sobre arte

La alegría franciscana

Por: Estefania Riveros Figueroa

Albert Conrad fue un pintor alemán del siglo XIX. En esta obra que exploramos hoy, un óleo titulado “Los frailes pintores” vemos una escena alegre, llena de calidez y cotidianidad, una escena íntima dentro de un convento franciscano que nos permite asomarnos a una faceta diferente dentro de un monasterio, una faceta que nos muestra más allá de la oración y del recogimiento, que la vida consagrada también tiene momentos de solaz y disfrute, de alegría genuina en los detalles comunes.

En la imagen vemos a tres frailes que visten el famoso hábito franciscano, con su túnica color marrón que simboliza su pobreza, la capucha que cubre parte del cuello y la cabeza si se sube y que, de acuerdo con la tradición, San Francisco se inspiró para crearla en la alondra y su plumaje pardo y. por último, visten el distintivo cordón de esta famosa orden, un cordón que se ata a la cintura con tres nudos, cada uno de los cuales representa: pobreza, humildad y castidad.

En esta obra vemos retratados a estos tres frailes mientras dos de ellos pintan un cuadro de gran formato con propósitos litúrgicos, dedicado a la advocación de la Virgen del Perpetuo Socorro, con su característico manto color azul profundo y ribeteado de oro y rojo, es una Madonna muy estilizada que carga a su niñito Jesús en brazos mientras dos ángeles en cada esquina los alaban, enmarcados por un tono dorado que sublima la imagen y le da realce como protagonista central: un cuadro dentro de otro cuadro.

Al tiempo que dos frailes pintan, un tercero, más regordete y de mayor edad, se mantiene sentado a la derecha y alimenta a las palomas que con tranquilidad comen a sus pies. La escena es animada y pintoresca, el fraile que alimenta a los pichones transmite lozanía y buen humor, lleno de historias por contar, mientras sus compañeros pintan con devoción, rodeados de brochas, pinceles y demás lienzos apilados.

Sin embargo, más detalles nos llaman la atención: por la luz y el material de construcción de piedra y bóvedas, parece que el pintor se hubiera inspirado en un monasterio tal vez español o italiano, un enclave mediterráneo del siglo XV o XVI, aunque por la arquitectura del lugar y el detalle de unas botellas que veremos más adelante, muestra una curiosa y tierna mezcla de anacronismos, que nos remiten a la idea de que en cualquier parte del mundo, todos los monasterios guardan ese misterio de quedar suspendidos en un tiempo vago, como si dentro de sus muros, la muerte y el tiempo no obraran del mismo modo que en el resto de edificios seculares, como si trajeran el espíritu medieval a nuestros días.

El cuadro nos da más detalles de esta religiosidad llena de alegría, un rasgo característico de los franciscanos que observan la conducta de ser siempre alegres y amables aun en el sufrimiento, teniendo a Cristo como modelo. En ese sentido, prestemos atención en el lado izquierdo hay una ventana que ilumina la escena entera y sobre su quicio, una maceta con diminutas rosas y un platón de frutas. Considerando que el pintor es alemán, la profusión de flores y frutos nos lleva a deducir que no retrató tal cual el ambiente de un frío convento germánico, si no uno de clima y sol más propicio para aportar calidez al cuadro.

Sin embargo, sus raíces alemanas salen a relucir en un detalle del fondo, donde en lugar de una arquitectura llena de cantera “a lo español”, el muro es de arenisca, que nos recuerda al monasterio cisterciense de Maulbronn; algo típico del gótico alemán, idea que se refrenda en la ojiva del techo, una característica de la construcción típicamente gótica que apuntala el arco, formando dos ángulos que se cortan y forman una nervadura. En dicha parte superior se conectan dos puntos de apoyo que pasan por la clave. También esto juega con la sensación mediterránea, porque es un guiño a lo que podríamos considerar arquitectura morisca, lo que nos refrenda la idea de que es una escena ecléctica.

El elemento gótico se repite en la verticalidad de la puerta del fondo que no es cuadrada o redondeada como suelen ser las de los monasterios españoles, si no que tiene nuevamente forma ojival, esa sensación flamígera y triangular que se forma en su parte superior y que ayuda a sostener el peso de la construcción.

Los utensilios que aparecen en la imagen también nos hablan de una temporalidad más cercana a nuestros días: hay un sencillo taburete de madera a los pies de la ventana donde descansa un libro y un juego de té que parece de pewter, la aleación metálica ampliamente utilizada en los ámbitos religiosos. Hay un detalle jocoso bajo el juego de té, una especie de barril pequeño donde aparecen unas botellas de vidrio oscuro, los frailes pusieron a enfriar vino que acompañarán su frugal comida: un queso.

La paleta de colores es cálida, llena de marrones, dorados y tonos terrosos que refuerzan la idea de hospitalidad y los pequeños gozos de la vida terrenal en hermandad que disfrutan estos tres hermanos de la orden, viviendo en comunidad cristiana. Me llama la atención un elemento albo, brillante entre lo terroso, una paloma totalmente blanca diferente al resto, que sobresale y se acerca al pintor, que sugiere que la pintura está siendo inspirada por el Espíritu Santo y esto completa la sensación de paz y contento que emana de esta obra del pintor Alberto Conrad.

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