Gerardo Sixtos López
Hace algunos ayeres tuve la oportunidad de asistir a una estancia internacional promovido por la AGCD en Bruselas, Bélgica, sobre Arquitectura, Desarrollo y Administración, donde reflexionamos sobre estos tópicos en los países del tercer mundo; durante mi estancia era común que los medios de comunicación pusieran a consideración críticas, reseñas, presentaciones de proyectos arquitectónicos y urbanísticos como formas de establecer la discusión pública del desarrollo de las ciudades belgas. Es decir, además del accionar profesional institucional, a discusión estaba también la calle. Con el ánimo de contribuir a repensar este tema en nuestro ámbito local he preparado mi participación de esta semana.

Aun hoy el imaginario intelectual asume que la arquitectura es una de las bellas artes, aunque durante el siglo pasado tuvo que resistir frente a los embates tecnocientificos al considerarla como una actividad de carácter tecnológica instrumentalizante; esto es considerar a la arquitectura como una máquina de habitar; sin embargo a lo largo de los siglos pasados la construcción arquitectónica estuvo ligada al pensamiento divino, como la morada de los dioses o del Dios cristiano que ofreció los frutos del gótico, como un deseo de inmortalidad y trascendencia que se emparentan desde los monumentos megalíticos antiguos, las pirámides y los templos grecolatinos.
Milenariamente la arquitectura ha estado ligada a la trascendencia, a la inmortalidad, a la permanencia; los edificios son, sin duda, expresiones de una cultura, de un tiempo histórico y de una sensibilidad artística, vaya tarea descansa en las espaldas de los arquitectos, ahora solo cito a Hiram como el arquitecto de reyes o Lorenzo Bernini como el arquitecto de Dios, los arquitectos como Monstruos del proyecto y construcción de edificios.
Superado el momento funcionalista, fue el italiano Aldo Rossi que puso en la mesa del debate sobre la dimensión urbana de la arquitectura y la dimensión arquitectónica de lo urbano, explicando que esta falsa dicotomía se resuelve en la construcción de la Ciudad como una gran obra artística de carácter colectiva.

Actualmente arquitectura y ciudad son una formula inseparable en que su comprensión ha generado buenos resultados, como el fenómeno impresionante del Museo Guggenheim en la ciudad de Bilbao que se convirtió en un hito arquitectónico y promovió la regeneración e impulso de esta ciudad, o el Museo Judio de Peter Eisenman en Berlín, que recibió en su primer año sin ningún objeto en exhibición alrededor de 700 000 visitantes,
Las grandes ciudades que se precien de serlo cuentan con arquitectura de gran calidad como un ejercicio simbólico de contemporaneidad y compromiso con los grandes anhelos del arte y la cultura. La arquitectura también es un instrumento de alcance social y político.

Es por esto que los proyectos de intervención en edificios públicos ejecutados por el Estado sería deseable salir a la calle para su debate y reflexión, en tanto que es una operación sobre la ciudad y tienen que ver con sus habitantes. Que hablen los organismos colegiados de profesionistas, que hablen los representantes de los sectores sociales, que hablen los ciudadanos; querámoslo o no, esto enriquecería y formaría un saber colectivo de apropiación de nuestros espacios.
Sin duda que el diseño participativo es un modelo de creación arquitectónico que permite abarcar más aspectos que el diseñador en su soledad no alcanza a conocer.
Luego no se debe menospreciar el saber y experiencia de los arquitectos reconocidos ya avalados por su trabajo, también se debe abrir un espacio para concursos. Desde mi punto de vista este es la mejor estrategia para que el diseño en arquitectura también salga a la calle.
Finalmente, una acotación que no quiero dejar de hacer: creo que si tuviéramos que hablar de una arquitectura michoacana tendríamos que voltear nuestros ojos a la antigua ciudad de mechoacán, por distinguirse, por ser una arquitectura de carácter local por el uso de los materiales de la región, por una interpretación de la modernidad desde lo local, son un claro ejemplo del desarrollo de un saber que emerge del lugar. Apreciar y reconocer los arquitectos del terruño sería imprescindible para arribar a proyectos de calidad arquitectónica y de trascendencia para las nuevas generaciones de ciudadanos.
La construcción de la ciudad es un esfuerzo de todos, agradezcamos y mejoremos siempre, muchos siglos nos separan de las sociedades superiores, asumamos lo que a cada quien nos toca y lo que dejamos de hacer, lo que no es correcto es cerrar los ojos y dejar pasar.
