Óleum: Columnas sobre arte

La bella chocolatera

Estefania Riveros Figueroa

Jean-Étienne Liotard (1702-1789) fue un artista suizo que destacó como retratista, miniaturista y posteriormente, creador de bodegones. Dominó la técnica del pastel a un nivel tan puro, que todavía hoy los estudiosos se sorprenden de su maestría. En un medio como es la pintura donde la mayoría usa óleo, unos cuantos, la acuarela y poquísimos el pastel, Liotard demostró que el pastel puede generar atmósferas, matices y armonías de una pulcritud que desafía el material mismo. Sin los pasteles de Liotard, no podríamos imaginar la identidad de los tonos acaramelados que distinguieron la época Rococó. Liotard no solamente destacó por su excepcional manejo del pastel, sino por las temáticas de atmósfera cotidiana, intimista y de tonos suaves que definieron el ambiente galante y refinado de Europa durante la época Rococó.

El pastel no es un material de fácil empleo. No debe confundirse con una tiza de origen calcáreo, aunque su forma se le asemeje. El pastel se comercializa como una barra que concentra un pigmento puro aglutinado mediante resina especial, lo cual presenta una saturación de color que permite realizar dibujos rápidos impregnados de color. Algunos artistas optan por difuminarlo, pero pocos logran el nivel de detalle que Liotard consiguió, ¿Su secreto? La receta especial con la cual preparaba sus lienzos… A diferencia del óleo o de la acuarela, el pastel es un pigmento en seco, ya que no requiere ningún tipo de solvente líquido para aplicarse. Debido a esta cualidad, el pastel requiere de una superficie texturizada para adherirse correctamente. Lo que es aún más fascinante es que el óleo se puede corregir aplicando capas sobre el error, pero lo que se pinta con pastel, no admite correcciones ilimitadas.

El pastel es implacable. Una vez que pintas con él, hay un escaso margen de error, porque cualquier manchón de más o imprecisión por mínima que sea, se torna devastadora para el conjunto entero. Más mérito para Liotard que tenía formación como miniaturista y sabía que la calidad se encontraba en los detalles pequeños. Mencionemos otra cualidad especial del pastel: si se aplica sobre una superficie lisa, éste se desvanece. Debido a esta peculiaridad, Liotard pintaba sobre lienzos de vitela imprimados con esmero por él mismo. Imprimar quiere decir que antes de pintar, cubría el lienzo con una preparación líquida para otorgarle un efecto mordiente a la superficie, es decir, ese “barniz” le da cierto grano o diente al lienzo sobre el cual, el pigmento se puede “agarrar”.

La vitela se obtiene a partir de curtir piel de origen animal. Se adquiría de animales jóvenes en ocasiones, nacidos muertos, tales como: corderitos, terneros o cabritos cuya piel suave y elástica es de altísima calidad para la pintura y la escritura. Conservada en un ambiente seco, la vitela puede durar miles de años. La textura de la misma permitía que Liotard pintara sobre ella con pasteles, pero para evitar que sus cuadros se vieran agrietados, preparaba la superficie con una receta que incluía cola de pescado, vino y piedra pómez pulverizada. Liotard sabía lo que hacía y lo hacía muy bien.

Hay algo que dota de un especial encanto a la obra de Liotard y es que sus temáticas apelan a los sentidos. El pastel es un material que permite obtener texturas aterciopeladas o de efecto porcelana que el artista explotó al máximo. Al convertirse en un afamado retratista de aristócratas y nobles, su ojo clínico le permitió sacar provecho de las texturas de los ricos ropajes de sus clientes. Liotard sabía recrear la pesadez del terciopelo, la delicadeza de los encajes, lo lustroso del tafeta y el reflejo satinado de la seda. Sus cuadros no solamente aportan un deleite visual al espectador, para los más curiosos, son un testimonio historiográfico de la moda del siglo XVIII y del creciente gusto por el exotismo. Él mismo vivió una temporada en Estambul, Turquía y algunos de sus modelos posaron con ropajes alla turca que dotaron de su obra de un refinamiento cosmopolita que lo catapultó a la fama entre sus adinerados clientes.

Muchos artistas, como ya se dijo, emplearon el pastel para trazos rápidos, pero Liotard lo llevó al siguiente nivel. En la obra de hoy que se titula “La bella chocolatera” (Das Schokoladenmädchen), vemos un cuadro al pastel que parece óleo… una doncella de perfil lleva una bandeja sobre la cual reposa un vaso de agua y una taza de chocolate. Por la espesura del mismo, deducimos que se trata de su preparación a la francesa: un chocolate cargado. Observemos que el vaso de agua es tan diáfano que sobre su cristal se refleja el brillo de una ventana que el espectador no ve, pero que en todo caso estaría a sus espaldas.

La doncella lleva un delantal blanco que aún conserva los dobleces de cuando se guardó, parece que es muy temprano por la mañana y que recién sacó de la cajonera su uniforme. Lleva el cabello recogido bajo una cofia de seda rosada y lustrosa que contrasta con su piel blanca como la nata y sus mejillas sonrosadas. Viste el traje típico de las camareras vienesas que incluía un paño blanco para cubrir pudorosamente su escote. Por estos detalles sabemos que la doncella sirve en una casa adinerada. Aunque inclina sus párpados en señal de obediencia, su perfil altivo y su exquisita barbilla denotan refinamiento y un equilibrio excelente para acarrear bandejas que contienen humeante chocolate y porcelana fina. Casi podemos aspirar el aroma perfumado de esa taza y deleitarnos en la armonía con la cual, la bella chocolatera nos trae el desayuno a la cama.

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