José Juan Marín
La trayectoria de un artista plástico está en su obra y en el aporte con que haya logrado impresionar, sorprender y seducir tanto a su tradición artística como a sus contemporáneos y a la posteridad.
Enero de 2024 vio cumplir los 116 años del natalicio de Alfredo Zalce y los 21 años de su fallecimiento. El artista michoacano nació el 12 de enero de 1908 en Pátzcuaro, Michoacán.
No se equivocó Carlos Pereyra cuando, en la convulsa y agitada década de los sesenta, la más platónica quizás del siglo XX, atisbó un descubrimiento y tuvo el gran acierto de plasmarlo en un breve lienzo verbal, al decir que “Michoacán es tierra de artistas, filósofos, oradores y poetas”.
Junto a José Torres Orozco y Samuel Ramos, muchos otros michoacanos harían fila y tumulto para comprobar, en propia carne, lo escrito por el historiador Carlos Pereyra que conoció y trató a un enorme michoacano.
Zalce era un pintor excepcional dentro de un ser humano igualmente excepcional. Creo que la grandeza lo esperaba en uno de los recovecos de la historia.
Zalce es hijo de la revolución por edad y vivencia, pero también por elección y afinidad ideológica. Con José Vasconcelos, primero en la rectoría de la Universidad Nacional y luego en el Ministerio de Educación, bajo el gobierno de Álvaro Obregón, se forjó y cohesionó una generación de escritores, artistas, filósofos y educadores que habría de ponerle rostro, mira de horizonte y tren de aterrizaje al pensamiento confuso y disperso del 1910.
Con Siqueiros, pero sobre todo con Diego Rivera, quien daba conferencias por las noches a los estudiantes en la biblioteca de la escuela de San Carlos, Zalce aprendió que el arte es un método de crítica y de transformación de la realidad, pues les habló de historia del arte desde un punto de vista social.
El muralismo fue, ante todo, una escuela de conciencia y de concientización.
El muralismo intentó ser el eco prolongado de una revolución inconclusa que aún le debía dignidad, justicia, satisfactores materiales y un poco de bienestar a la gente de abajo.
No obstante, a Zalce le interesó la pintura en sí misma como arte de piel adentro, como método de redención interior y de reconciliación consigo mismo.
La aseveración de Luis Cardoza y Aragón fue rotunda, cuando expresó que en la obra de Zalce se halla “la presencia de la pintura como pintura misma, lejos de implicaciones extrañas a su intención específica”.
Con frecuencia olvidamos la afirmación de Baudelaire: “Estamos rodeados de lo maravilloso, y no lo vemos”, lo que no deja de ser lamentable.
Forjar una imagen y hablar con imágenes a una sociedad acostumbrada al silencio, es una operación superior que sólo logran unos cuantos artistas. Hablar con imágenes pictóricas para establecer un sentido inadvertido en la cultura nacional, es un reto que la generación del muralismo hizo suyo con gran éxito. En este sentido, Alfredo Zalce, como uno de los mejores continuadores de la escuela mexicana, es, en la microhistoria de aquí cerquita, otro michoacano enorme.
