Dr. Alejandro Guzmán Mora
En la noche más oscura de cualquier barrio, cuando las estrellas no alumbran porque la sangre las cubre, y el dolor es tan profundo que parece que ni siquiera Dios puede oírlo… ahí está.
Ahí está el joven que ya no es niño, que ya no es hermano, que ya no es hijo. Lo mandaron a matar. No por placer, no por odio de verdad. Por orden. Por lealtad. Por “ser hombre”. Le apretaron el gatillo y lo que sintió al levantar la vista fue algo que nunca podrá borrar: la cara de una víctima que no pidió eso, el eco de un grito que ya no volverá a oírse. Después vino el silencio. El silencio que pesa más que cualquier balazo.
Y en el mismo silencio, en la misma noche, está el padre de la víctima. El hombre que crío a su hijo para que nunca fuera esto. El que ahora tiene que vivir con el hueco en el pecho donde antes latía su sangre. Porque los dos padres, el que ejecutó y el que enterró, están llorando lo mismo: perdieron a su hijo. Perdieron el mismo hijo. Solo que uno lo perdió por haberlo matado y el otro por haberlo dejado ir a la guerra.
Esa es la voz de la desgracia que duele más que cualquier palabra: el desapego de la familia. Hoy se nos ha roto el vínculo más sagrado. El que nos une con sangre y con la promesa de
que “hasta que la muerte nos separe”. Hoy somos hermanos que se miran y se reconocen en el mismo trauma, pero separados por el odio. Padres y madres que enterraron hijos y ahora deben cargar con el recuerdo de que su sangre también es culpable. Madres que criaron al niño que hoy es sicario y que sueñan con él todos los días, y los padres de las víctimas que sueñan con su hijo que nunca regresó. La misma madre, el mismo padre, el mismo dolor disfrazado de nombre.
Fiódor Dostoyevski lo vio hace ciento cincuenta y ocho años en la oscuridad de San Petersburgo. Lo escribió en una sola línea que nunca se ha quedado obsoleta:
“Lo más oscuro de la noche, las estrellas brillan más. Lo más profundo del dolor, Dios está más cerca.”
Y lo estamos viendo hoy, en 2026, en cada balazo que suena, en cada madre que llora en silencio, en cada padre que arma otra muerte porque cree que así se salva.
No hay redención fácil.
No hay “es solo un trabajo”.
No hay “soy el ejecutor porque me obligaron”.
Hay culpa que quema por dentro. Hay noches en que el joven sicario se queda solo en su cuarto, mirando el techo, y siente que algo dentro de él se rompió para siempre. Hay madres que no pueden dormir porque sueñan con el cuerpo de su hijo y con el cuerpo de los otros. Hay un Dios que no se aleja. Se acerca. Porque en el fondo más profundo de ese dolor, donde nadie más llega, está el lugar donde todavía cabe la posibilidad de elegir.
Elegir no ser el ejecutor. Elegir no seguir mandando.
Elegir romper la cadena que nos trajo hasta aquí. Porque el ciclo de sangre no se rompe con más balas.
Se rompe con lágrimas que no se esconden. Con confesiones que duelen.
Con un joven que, cuando ya no queda nadie que le obligue, mira al cielo y dice en voz baja: “Ya no”. Y en ese momento, cuando el dolor es tan profundo que parece que ni las estrellas pueden brillar… Dios ya está más cerca. Porque él nunca se fue.
Solo esperaba que alguien, aunque sea un solo joven, se atreviera a decir basta. Ese joven eres tú.
