José Juan Marín
En México, hay en algunas zonas donde vivir se parece cada vez más a sobrevivir. La violencia criminal no sólo cobra vidas: descompone mentes, trastoca emociones y deja a comunidades sumidas en un estado de alerta permanente. Es una psicosis silenciosa, pero constante. Comento lo anterior por las siguientes razones:
Uno. En algunos municipios del país han sido sitiados por grupos delictivos, donde ya es común saber de “ajustes de cuentas” en colonias marginadas, la gente ha aprendido a callar, a adaptarse y a normalizar lo anormal.
Dos. Antes se pensaba que esas cosas eran de otros estados, pero hace tiempo que ya sabemos que aquí también pasa.
Tres. Esto no es sólo miedo, es desgaste emocional acumulado. Gente que nunca ha sido agredida directamente, pero vive con el alma encogida por lo que podría pasar.
Cuatro. La normalización de la violencia; esa resignación peligrosa se ha extendido como un virus emocional: “Uno escucha la violencia y ya no pregunta el porqué, sólo espera que no haya sido alguien cercano”.
Cinco. En menores de edad, la situación es alarmante. Juegos que reproducen escenas de violencia, adolescentes que ven en los sicarios modelos aspiracionales y niños que aprenden a guardar silencio como medida de seguridad emocional.
Seis. Las comunidades están desarrollando una especie de anestesia colectiva, pero eso no significa que no duela, significa que ya no saben cómo expresarlo
Y mientras tanto, los servicios de salud mental siguen sin dar abasto ni priorizar este tipo de atención en colonias vulnerables. Están dejando a miles de personas con traumas no atendidos que, con el tiempo, pueden volverse aún más destructivos.
Es urgente que ciudadanía y gobierno busquen una estrategia de reconexión con la salud mental.
