Piénsalo tres veces
¿La tecnología nos está haciendo más capaces o más dependientes?
1ª. Parte
Francisco Javier Rauda Larios
Hace algunos años, una persona podía recordar de memoria una decena de números telefónicos. Hoy, muchas no conocen ni siquiera el de alguien de su propia familia.
Antes de salir de casa, revisábamos una ruta, preguntábamos cómo llegar o aprendíamos a orientarnos. Ahora seguimos una voz que nos indica dónde girar y, si la señal desaparece, podemos sentirnos perdidos incluso en nuestra propia ciudad.
Ya no necesitamos memorizar fechas, realizar operaciones sencillas, redactar desde cero ni esperar para resolver una duda. Un dispositivo nos recuerda, calcula, escribe, recomienda y decide qué camino parece más conveniente.
Esto no significa que antes fuéramos más inteligentes. Significa que muchas capacidades que ejercitábamos directamente ahora se encuentran asistidas por la tecnología.
La comodidad es evidente. La pregunta es menos cómoda:
¿Estas herramientas están ampliando nuestras capacidades o están atrofiando aquellas que hemos dejado de utilizar?
La respuesta no está en la tecnología. Está en la relación que construimos con ella.
Primer enfoque: la capacidad multiplicada
La tecnología es una de las expresiones más extraordinarias de la inteligencia humana.
Gracias a ella podemos aprender un idioma, consultar información médica, trabajar a distancia, comunicarnos con alguien al otro lado del mundo y acceder a conocimientos que durante siglos estuvieron reservados para unos cuantos.
Una persona con un teléfono puede administrar un negocio, vender sus productos, tomar un curso, realizar operaciones bancarias y crear contenidos que alcancen a miles de personas. Alguien con una discapacidad puede utilizar herramientas que facilitan su comunicación, movilidad o acceso a la información.
Desde este enfoque, la tecnología no disminuye nuestras capacidades; las multiplica.
Una computadora libera a un ingeniero de operaciones repetitivas para que pueda concentrarse en problemas complejos. Un sistema de navegación permite a un conductor llegar con mayor seguridad. La inteligencia artificial puede organizar grandes cantidades de información y ayudarnos a explorar alternativas que no habíamos considerado.
Negarse a utilizar estas herramientas no nos vuelve más humanos ni necesariamente más inteligentes. A veces solamente nos hace más lentos.
La historia del progreso está llena de tecnologías que sustituyeron esfuerzos para permitirnos alcanzar objetivos más ambiciosos. El problema no es que una máquina haga algo que antes realizábamos nosotros. El verdadero asunto es qué hacemos con el tiempo, la energía y la capacidad que nos ayuda a liberar.
Si utilizamos la tecnología para aprender más, resolver mejor y ampliar nuestra contribución, nos vuelve más capaces.
Si solamente la usamos para evitar cualquier esfuerzo, la historia cambia.
Piénsalo.
Segundo enfoque: la dependencia silenciosa
La dependencia tecnológica rara vez se presenta como una pérdida dramática de control. Llega gradualmente, disfrazada de comodidad.
Primero utilizamos una aplicación porque nos facilita una tarea. Después dejamos de practicar la capacidad que esa tarea requería. Finalmente, sentimos que ya no podemos realizarla sin asistencia.
No ocurre únicamente con la memoria o la orientación. También puede suceder con nuestra capacidad de concentrarnos, comunicarnos y tomar decisiones.
Consultamos reseñas antes de elegir qué comer. Revisamos reacciones antes de decidir qué pensar sobre una noticia. Permitimos que un algoritmo seleccione la música que escuchamos, las publicaciones que vemos y las personas que podrían interesarnos.
Cada recomendación parece insignificante. Pero, acumuladas, pueden construir una vida elegida parcialmente por sistemas que no conocen nuestros propósitos; solamente conocen nuestros patrones.
La tecnología aprende lo que nos atrae y nos ofrece más de lo mismo. Esto puede resultar agradable, aunque también reduce el contacto con ideas, experiencias y personas capaces de cuestionarnos.
Incluso el aburrimiento, que alguna vez abría espacio para imaginar, observar o conversar, se ha convertido en una incomodidad que debemos eliminar inmediatamente mirando una pantalla.
La dependencia no comienza cuando una herramienta deja de funcionar.
Comienza cuando nosotros dejamos de funcionar sin ella.
También existe una dependencia más profunda: la de confiar en una respuesta tecnológica sin comprenderla.
Cuando seguimos una ruta sin observar el entorno, llegamos al destino, pero no aprendemos el camino. Cuando copiamos una respuesta sin analizarla, cumplimos la tarea, pero no desarrollamos criterio. Cuando permitimos que una plataforma redacte cada una de nuestras ideas, podemos comunicar mejor y, al mismo tiempo, perder contacto con nuestra propia voz.
Delegar funciones no es necesariamente peligroso. Delegar la comprensión sí puede serlo.
Una herramienta debería extender nuestras capacidades, no sustituir la conciencia con la que decidimos utilizarlas.
Piénsalo dos veces.
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Paco Rauda
Diseñador del futuro
Acompaño a personas, líderes y organizaciones en su proceso de desarrollo, hacia un futuro deseado. Ayudándoles a pensar con mayor claridad, decidir con conciencia y actuar con sentido humano, en entornos complejos. Creo que el verdadero desarrollo comienza cuando dejamos de reaccionar y empezamos a elegir, conscientemente, ese futuro deseado y a actuamos en consecuencia.
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