Dr. Alejandro Guzmán Mora
Quienes se dejan llevar por su propia imagen al ocupar cargos de autoridad resultan especialmente vulnerables a quienes los rodean solo para obtener beneficio personal. En el escenario de las redes sociales, la influencia se ha convertido en mercancía: existen personas y empresas que venden reconocimiento prefabricado (seguidores, comentarios de admiración y elogios en cadena), todos carentes de sinceridad y de certeza. La reputación se compra y la alabanza fabricada eleva a quien está dispuesto a pagar. La celebridad siempre ha tenido algo de invención; de ahí que la fama y la fábula compartan la misma raíz lingüística.
Esta práctica no es nueva. Suetonio cuenta que Nerón, a pesar de su voz escasa y áspera, pagó a cinco mil jóvenes para que lo aplaudieran en sus recitales. Esa estratagema inspiró más tarde a las claques teatrales y con el tiempo, a las risas enlatadas de la televisión. El principio se mantiene: simular el éxito contribuye a alcanzarlo. Un público inventado genera publicidad real y es posible conquistar poder auténtico partiendo de una fama fabricada.
Esta dinámica favorece a los ególatras y a quienes los adulan. En periodos de inestabilidad e incertidumbre, la ciudadanía tiende a preferir candidatos que proyecten seguridad, audacia y control. El malestar colectivo abre la puerta a voces autoritarias y a personalidades embriagadas de confianza en sí mismas. Como ha señalado Giuliano da Empoli, el caos ha dejado de ser patrimonio de los rebeldes para convertirse en el rasgo distintivo de quienes detentan el poder. En un entorno imprevisible triunfa quien actúa con mayor contundencia y capacidad de imponer su propia versión de la realidad.
Sin embargo, la experiencia demuestra que las personas con alto grado de narcisismo suelen ser peores gobernantes. Tienden a manipular, a buscar atajos y a eludir controles institucionales (les suena algo parecido con nuestra realidad).
Se adjudican todos los aciertos, culpan a los demás de los errores y se presentan como protectores frente a peligros que ellos mismos han alimentado. Cegados por las alabanzas de su entorno, se aferran a rumbos equivocados o se lanzan a gestos temerarios. Nerón construyó en el centro de Roma la Domus Aurea, un palacio recubierto de oro y nácar con una estatua colosal de sí mismo. Calígula depositó su confianza en un caballo llamado Incitatus y llegó a considerar nombrarlo cónsul. Ambos se convirtieron en emblemas de la arrogancia política que pierde todo sentido de la medida.
Allí donde mandan los vanidosos prosperan los aduladores. Teofrasto ya describió con precisión a quien utiliza la lisonja para ganarse el favor de los poderosos, y Plauto caricaturizó al parásito que sobrevive exagerando las hazañas de un soldado fanfarrón. Los elogios permiten manipular a quienes viven pendientes de su propia imagen.
La forma más eficaz de impedir que este tipo de líderes alcance el poder consiste en atender las inquietudes reales de la ciudadanía. Una existencia más estable y con menor zozobra hace que los votantes se muestren reacios ante candidatos prepotentes. Los ególatras prosperan en el desorden que ellos mismos alimentan. En cambio, los dirigentes capaces de reconocer sus límites fortalecen a la sociedad.
Conviene no confundir vanidad con valía: la fanfarronería rara vez es más que ruido.
