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Por: Neftalí Coria

Para Oscar y Foca

–¿Para qué sirve la poesía? –le preguntaron a Borges después de una conferencia que diera en Buenos Aires.

Era un periodista que le hizo la pregunta con turbia intención y con una clara sorna. Borges le contestó con amabilidad:

–Señor mío ¿Para qué sirven los amaneceres?

No sé qué ocurrió después, ni me interesa lo que el periodista pudo interpretar. Lo que si me queda claro es que fue una de las respuestas más ilustrativas que jamás se dio al respecto de la “utilidad” de la poesía.

En la comparación que Borges hace al responderle con otra pregunta al periodista, puede verse que la poesía ha iluminado el tiempo y la vida de los hombres en la tierra, como los amaneceres iluminan la tierra.

Y ante la iluminación podemos saber por qué caminos caminamos, por dónde no desbarrancarnos, por dónde encontrar los tesoros de la vida, por qué latitud encontrar la poesía misma que está en el mundo como están las cosas simples.

Y si a eso agregamos la lectura de poemas acompañados de luz del amanecer, puede encontrarse algo más en la luz de las mañanas. Y tal vez los poemas leídos, nos lleven a saber que la belleza, es indispensable como la luz de las mañanas que nos permiten mirar, que nos permiten saludar la luz del mundo y oír los pájaros, tocar el rocío, mirar la lejanía como si el día nos recibiera con sus flores despiertas, con esa música de las arboledas y los valles, con esa presencia de las montañas que también nos miran y todos esos caminos entre los que debemos elegir para vencer la distancia y los regresos.

Todo esto nos dan los amaneceres, como la poesía nos da las palabras como sinfonía, como manantiales de sabiduría, como una galería de imágenes que nos enseñan el pensamiento y la percepción estremecida del poeta y en sus palabras, nos encontramos como el rostro se encuentra en un espejo.

Hace días con Oscar Millán visitamos a nuestro amigo Carlos López Ahumada, novelista y poeta, para celebrar el Bloom´s day. Lo acompañamos a su Club de lectura, que se celebra en una tienda al paso de carretera, en la que venden mezcal y los integrantes son sobre todo personas mayores, entre los que se cuentan trabajadores de obra, obreros, y en otro momento, niños. En fin, son los habitantes y vecinos de la colonia, que por las tardes ya están dispuestos a lo que la vida les ponga enfrente y eso lo entiendo bien, porque es como disponerse al abismo del día. Y aunque también se reúnen a jugar cartas o solo a platicar, un día a la semana se acercan a los libros que, gracias a un programa de FCE, Carlos pudo obtenerlos. Carlos les ha puesto los libros enfrente (voluntad y labor que celebro, que a mí me ha abandonado).

Han leído las dos magníficas novelas de Carlos (“Iseo” y “Relato de amor para la señora Abril”) y se prestan los libros en carrusel, pero una de las gracias de las reuniones, y que me parece extraordinaria, es que leen poemas (porque son más cortos, según ellos), pero leen poesía, o sencillamente han descubierto la lectura que en toda su vida era algo ignorado. Y me alegró ser testigo de ese encuentro y me pregunto ¿Para qué les sirve la lectura de poesía? Y pienso que les ha de ser “útil”, igual que les son útiles los amaneceres cuando despunta la luz, y se ven vivos con ánimo de surcar el tiempo y las distancias de su mundo.

¿Y para qué les sirve la lectura de libros a estos hombres? ¿Para qué sirve la lectura? ¿Para qué sirve conocer historias que se parecen a las suyas? Pues para lo mismo que les sirven los amaneceres y las tardes de tertulia y mezcal, para lo mismo, para enfrentar el tiempo de su vida y para sostenerse sobre la tierra que pisan.

Lo he dicho muchas veces, la lectura nos engrandece la visión, nos permite descubrir las verdaderas dimensiones del mundo que habitamos y el horizonte no acaba en los límites que nuestros ojos pueden ver, siempre hay algo más allá del horizonte, lo que me recuerda la pieza teatral de Eugene O´Neill que lleva precisamente ese título “Más allá del horizonte” (Beyond the Horizon, 1920), en la que uno de los personajes (Robert Mayo) que tiene sensibilidad poética, se pregunta qué hay más allá, y un día después de una discreta disputa por el amor de una mujer (Ruth Atkins) con su hermano (Andrew Mayo), se va al mundo, mientras que su hermano, se queda con la mujer en el pueblo dándole vuelta a las costumbres y a la vida ordinaria. Y es claro que Robert, quien tenía la sensibilidad poética, descubre los mil caminos que tiene el mundo.

Aquí está claro que la poesía, para los que la reciben con la sensibilidad necesaria, les ilumina el corazón y el alma, como los amaneceres les iluminan la tierra que pisan. Y en el caso de la lectura, ocurre algo parecido; nos enseña que las historias que suceden en las novelas, nos permiten observar la vida con sus catástrofes, con sus hazañas, sus victorias, sus ostensibles fracasos y con las necesarias alegrías o sus trágicos finales. Y si se está dispuesto a analizar lo que en las novelas y en los poemas sucede, nos dará fuerza para seguir de pie en la realidad que está cifrada en esa frase de Samuel Beckett cuando dice: “Amo este mundo que detesto”.

La lección que nos dio Borges con esa iluminada respuesta, es para que no dudemos en mirar lejos, mirar adentro de nosotros mismos y sobre todo que la oscuridad sin la poesía, nunca nos dejará ir más allá de nosotros mismos.

 

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