Los Ficticios (11)
Escribe con la tinta tuya y la sangre mía
Neftali Coria
Paura era hermosa, grácil. Su mirada era diáfana como la de las mujeres que no mienten; algo tenía de inocencia –ya lo había comprobado– y su alma parecía dócil, domesticable y así me gustan las mujeres que no han de ser pasajeras. Si no soy revolucionario, para qué querría estar con una mujer liberal, revolucionaria, intelectual, innovadora. No hacía falta. Y así como yo paso la vida invisible sin salir al mundo, transitando por la orilla de todas las cosas que pudieran hacerme parecer un ambicioso del éxito, fama y demás trastos con los que se acompañan esos hombres a los que cualquiera puede reconocer en las calles o en cualquier sitio de la ciudad. En eso podíamos ser iguales con Paura y no había señales que pudieran hacernos contrarios o enemigos.
Cuando llegó la mañana en su departamento, me fui mientras ella dormía.
Dejé un libro en el buró de su recámara. Quise olvidarme de Paura y el libro lo di por perdido, aunque pensaba en tomarlo como pretexto (tal vez por esa razón lo dejé); debía tener un pretexto para volver a verla. Pero también pensaba en no crearle problemas con algún hombre que tuviera lazos con ella, porque sé que en esas regiones, se matan por celos y furia en el amor. En ese mundo, es muy sabido que predomina la barbarie carnal y la irracionalidad sentimental. Se vive en las traiciones y las mentiras. Los engaños en el amor, son el pan de todos los días. Cierto que lo mío era el temor, pero Paura me había cautivado y pensaba en ella. No me había decidido a buscarla, y no sé si pasaron dos días, cuando tocaron a mi puerta y era ella… Paura estaba afuera de mi casa con el libro de Pascal Quignar en la mano.
–¿Me vas a dejar aquí? –me dijo con un clarísimo coqueteo.
–No, pasa por favor.
Hubo un momento que temblé, como sucede cuando una sorpresa alegre se vuelve incontenible. Estaba preparando algo de comer y tenía un vino rojo en la mesa.
–Me gusta tu casa –caminaba delante de mí y vi sus hermosísimas nalgas.
–Llegas a tiempo para la comida –le dije.
–¿Me invitas? –dijo y se volvió hacia mí con la misma alegría que yo la miraba.
Se detuvo y me besó. Entró y miraba los libros. Escuchaba la música (Maxime Le Forestiere) y la elogió.
–Me gustó la historia del libro que olvidaste en mi departamento –dijo mirando la portada del libro que seguía en sus manos. Pronunció el título: Todas las mañanas del mundo–. Me gusta el orden de las palabras y su muy bonito sonido. En una historia así me gustaría irme, pero actual…
Sin dejar de mirarlo, lo dejó en el sillón.
–La música en la prosa de ese autor, es hermosa –le dije– y en su lengua es todavía mejor.
–Tómame en tus palabras –dijo con suavidad y mirándome–… entra en mí y yo entro en tus palabras…
Se acercó a mí y me volvió a besar.
–Quiero pasar la tarde contigo para que me enseñes los libros y el amor.
–El amor lo sabes.
–Quiero saberlo contigo…
No era fácil salir ileso de aquella decidida entrega en la que, como en espiral, se fue tejiendo lo que terminó en el pequeño mundo de dos enamorados que desafiaban sus condiciones humanas y aunque había una condición opuesta, era filial, amorosa, húmeda.
Fue la tarde más hermosa desde hacía tanto tiempo. Todo lo creí. Fui devoto de lo que la tarde azul me había traído con la lluvia y con Paura, la hermosa.
Alimentamos el amor, le dimos lo que necesitaba. Nos habíamos enamorado y aquello –para los dos– nos fue imposible evitar.
Mientras estábamos juntos, acepté escribir para que Paura volviera a su mundo, aunque sabía que la iba a perder. O quizás utilizando un Alter ego, pudiéramos vivir una novela de amor juntos, aunque corría el riesgo de quedarme a vivir en la ficción, porque al saber terminada la historia, me quedaría para siempre en aquella vida o saldría para siempre, si es que podría desdoblarme y saltar de la historia y volver a la realidad mía. Escribiría a favor suyo y porque su vida estuviera completa, como la mía lo estaba en aquel momento de este lado, en mi realidad. Escribiría para que se quedara en su hábitat, el mundo al que pertenecía. Me lo estaba pidiendo y yo tenía culpa, aunque inexplicable, pero culpa al fin.
Aquella noche dormí poco y la miré dormir. Pronto llegó la mañana y cuando despertó, lo primero que dijo –después de los buenos días– fue:
–¿Me escribirás?
Ya le había dicho que sí y después que lo hube pensado con cordura y sensatez, debía escribirla porque su presencia de este lado, se debía a un error mío, a una preferencia de la que ella no era culpable. Yo la había abandonado y ella habitaba donde no debía vivir y yo era el culpable. Ella no merecía quedarse donde una parte de su vida no estaba latiendo, como en todos los Ficticios que se quedan fuera de su hábitat literario con la vida incompleta, algaretes, extraviados.
Y si estaba en el mundo de la prostitución, era porque para ella, ese mundo se parece a la fantasía, a la ficción; y sabía que el juego del erotismo y la cuerda floja de los sentimientos, es así: muy parecida a la ficción. Ella no sabía más que ese oficio, porque en la novela que escribí y ella quedó fuera, a eso se dedicaba, igual que Anilú, la mujer de origen oriental que se quedó a vivir completa en la historia. Era una puta de raíz o puede decirse que lo era de nacimiento.
Comenzaría de inmediato, aunque tenía pendiente el plazo que Anabel había puesto para volver por la respuesta de aquella novela que me estaba proponiendo. Por un momento, imaginé que ambas podrían vivir en la misma novela, al fin y al cabo todo giraba en torno al amor. Podría ser que las tablas de la novela de Paura y yo, fueran las mismas a las que subiera Anabel.
Mientras desayunaba, estaba alegre.
–Aquí tienes mi vida –me dijo–, escribe con la tinta tuya y la sangre mía.
