Por: Neftalí Coria


En ese momento, no pude entender la presencia de aquel hombre que salió del café dejándome la inquietud de no saber si lo sucedido, sería real o sería producto de una alucinación. Y lo que poco después creí, fue que aquel hombre era real y se estaba burlando de mí por haber escrito semejantes historias, porque debo confesar que la novela a la que se refería el hombre que fue a verme, no es la única novela que escribí sobre el interior de la literatura y donde la sangre de la ficción es el alimento de la historia.

¿Me estoy volviendo loco? ¿O en cuál lado de las dos regiones de mi vida estoy viviendo? ¿O el loco era aquel hombre que me había inyectado el más extraño desconcierto y el extravío de la memoria? Porque en cuanto se fue con su rata en el bolsillo, salí hasta la puerta del café y como si se lo hubiera tragado la tierra, desapareció. Ahí despertaba todo lo que vendría después: ir develando el misterio de algo que yo percibí con claridad cuando escribí la novela anterior.

Volví a la mesa. Traté de tranquilizarme. Me preguntaba qué clase de perturbación estaba viviendo ese hombre y si lo que me había dicho era cierto ¿O era de verdad un sobreviviente de la novela de no sé qué autor “que buscaba trabajo”? En la inmediatez de aquella incomodidad, nunca imaginé que Los ficticios que andan en el mundo, se atrevieran a suplicarnos trabajo a escritores extraños y ajenos. Y aunque puede ser natural que así sea, ese hombre que vino a verme, algo más escondía.

Lo primero que dijo fue que quería contarme una historia; segundo: me pidió una condición para hacerlo, y tercero: “!Puedo ser el asesino”, dijo.

Sabía muy bien la trama de mi novela, la había leído como leen Los ficticios, con mucha precisión, (claro, es su mundo), aunque hay una región incompleta de su confección: son sumamente ingenuos o tal vez inocentes, o al menos los que yo he encontrado, lo son. Pero a este hombre, no le vi esa ingenuidad ni inocencia alguna por ningún lado. Y eso no me aclaraba, ni me daba la seguridad que era un Ficticio, porque estoy seguro que a esa especie, le falta algo más que la voluntad, porque la voluntad propia de un personaje, la guía el que lo escribe y mientras el Personaje viva fuera de una historia, aún no tiene la fuerza de voluntad entera. Extraño, el hombre parecía tenerla con solidez.

Cierto que en mi novela anterior el narrador –que es el personaje que saltó fuera de la novela–, narra y no se da cuenta que es un Personaje, es decir, no sabe que es un ser para vivir en una novela, pero escapó de la novela que Novelista quemó y el muy ingenuo, cuenta la historia sostenida por una poesía de muy buena factura. Y el doblemente inocente, cree ser amigo del Novelista. Poco a poco los lectores se darán cuenta que el escritor, ni siquiera sabe de la existencia de aquel Ficticio que admira a su autor, que de manera ingrata lo abandonó, y todavía peor, lo quiso incinerar.

Aquel medio día me fui analizando lo ocurrido con ese hombre. Era posible que fuera lo que me dijo ser y eso cambiaría todo. La solución era buscarlo. En ese momento pensé otra cosa: ¡la tarjeta! Porque otra prueba estaba en la tarjeta en blanco que me dio. La había dejado en la mesa, por lo que tuve que regresar al café. La mesera la había tirado a la basura. La obligué a que la buscara y gracias a Dios, la encontramos. Había que probarla con el fuego pasándolo para que la tinta invisible revelara las palabras que había escritas en aquella tarjeta. Con la luz del día no quise hacerlo y esperé.

Me fui a comer y mientras comía en silencio, comencé a sentir lástima de imaginar a un hombre Ficticio que vagaba por un mundo que no es el suyo. Y no pude sino recordar, las veces en que fui echado de una casa donde tuve un techo, cobija y mesa donde he escrito lo que he logrado terminar, incluida la novela a la que el hombre se refirió. Cierto que fui exiliado del amor y del único lugar donde quise creer en el amor maldito que ya nunca recuperé y me dejaría imposibilitado para amar –precio que un novelista verdadero debe pagar–: la imposibilidad de amar y la necesidad de ser cruel con todo lo que toque su corazón. Rumbo a las galerías de la puta realidad, nos fuimos con Vanessa, mi tortuga, y me sentí igual que aquel pobre exiliado con su asquerosa rata obediente. Con Vanessa habíamos estado en las calles, metidos en el auto, que para fortuna tenía cristales polarizados y podía dormir en alguna calle discreta.

Ahora lo comprendía un poco más, aunque a diferencia de él, para mí y para Vanessa, no fue fácil; siempre pensaba en una cama, en la crueldad de quienes repetidamente me mandaron a la muerte. Todos los días pensaba en una silla donde sentarme y comer, en la casa de agua de Vanessa, en su alimento, en algunas plantas de las que yo le hablaba a aquella hermosa acompañante que sólo en el agua podía comer.

Por el contrario, imaginé al hombre aquel abrazado a su rata, dormir en algún sitio de la ciudad, sin que no toda la gente lo pudiera ver porque, a un personaje no lo puede ver nadie más que aquellos a los que él decida y les hable; el lenguaje es su mejor y única herramienta para hacerse presente en el mundo, y me vino a la cabeza aquella vez que le dije a un amigo: “las palabras construyen”. Y ahora empiezo a pensar que esa frase la debió decir uno de mis personajes y creí que yo la había descubierto. O tal vez él olvidó decirla en su historia y yo no la olvidé, porque las palabras se olvidan (¿A dónde van las frases o las palabras que –por culpa del escritor– los personajes no dicen?)

Gracias a las palabras, revelé el misterio: en la oscuridad de la casa, pasé el fuego bajo la tarjeta y la revelación de la tinta invisible, surgió como agua clara.

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