Por: Neftalí Coria
Estaba llegando al lugar donde descifré que vivía el hombre con la rata en el bolsillo del saco. Era el campo, y tal como me lo dijo en el sueño, por el oriente, a las afueras de la ciudad y ante la falda del cerro. El lugar estaba solo y tuve que caminar poco más de cien metros desde el coche hasta donde estaba la casa, pero no se veía alma humana.
Repentinamente apareció. Salió corriendo de la casa. Me detuve y lo vi correr. Le grité y no me escuchó. Se detuvo frente a un pozo de agua y se lanzó. Lo vi echarse al pozo y corrí, porque lo primero que pensé, fue en el suicidio, y porque siempre acostumbro a pensar lo peor. Me asomé al pozo y le grité. Solo el eco respondía. Miré con cuidado y pregunté si había alguien allá a abajo. Nadie en el pozo. De nuevo parecía que se lo hubiera tragado la tierra y ahora el pozo me daba la impresión de una boca redonda que se había tragado a un hombre. Me retiré del borde y tuve miedo, porque en ese momento creí que sería una trampa que no podía identificar, pero una trampa al fin.
Miré hacia el fondo y no había nadie. No apareció en el pozo, ni respondió. Caminé poco más allá, hasta la casa. Era una casa añeja de adobe con techo de dos aguas y tejada con tejas de barro. La puerta de madera estaba abierta.
No había nadie, pero se escuchó el llanto de un niño y había un penetrante olor a copal. Nunca supe de dónde llegaba el llanto del niño ni aquel penetrante olor. En el silencio sólo se escuchaba el chillido de un bebé. No había bebé por ningún lado. Un sillón desvencijado, una estufa, un camastro y la lúgubre atmósfera. Sin meterme a saber más, salí de aquella casa con la seguridad de no volver y desistir de buscar aquel hombre, además no había razón para buscarlo.
Me di cuenta que estaba siendo manipulado por aquel Ficticio del que cada vez me inquietaba más su personalidad. Algo que no entendí, me empujaba a marcharme. Algo cercano al miedo, pero había otra cosa en aquella atmósfera olorosa a copal que no logré descifrar. Tenía la inquietud del bebé que lloraba, pero no había nadie por ningún lado. En ese momento el piso se movió bajo mis pies y cesó el llanto del niño. De pronto crujieron la puerta y la única ventana. Todo se movía ¿Un terremoto? Salí de inmediato y corrí. Ya fuera de la casa nada se movió, pero me volví a ver la casa y esta seguía moviéndose como si el terremoto solo moviera la casa. Cayeron algunas tejas y dentro se oyó ruido de vidrios rotos y algo más que se cayó. Ahora sí tenía miedo. La casa se quedó quieta y de nuevo se escuchó el llanto del bebé.
No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Me pregunté para qué buscar aquel hombre, si no necesitaba de la historia que prometió contarme y mucho menos iba a permitir que trabajara en mi novela. Todo aquello me parecía absurdo, aunque me inquietaba el efecto que tendría el hecho de incluirlo como un personaje desconocido y precisamente en Novelista y el pájaro ciego. Me inquietaba por qué quería entrar a esa historia ¿Qué tramaba? Estaba jugando conmigo, me estaba haciendo caer a un juego perverso y al parecer, lo había logrado.
Me fui rápido y arrepentido de haber ido tan lejos, para que ese hombre se escondiera o huyera de mí en aquel pozo. Se estaba burlando de mí y eso no lo iba a permitir. Me subí al auto en un raro desconcierto.
Esa misma noche, con cierta molestia, fui al jardín de Villalongín y me senté a esperarlo ¿Por qué había elegido aquel jardín? ¿Qué más sabía de mí? Estaba seguro que había leído en mis escritos, que ese es uno de los lugares que más significado tienen para mí y no era casualidad que él durmiera ahí, y ahora me estaba obligando a buscarlo precisamente en ese jardín. Estuve seguro que deseaba manipularme.
Lo esperé alrededor de cuarenta minutos y cuando apareció, tal como me lo hizo saber en la tarjeta de tinta invisible, repentinamente estaba ahí, bajo el arco del Acueducto frente a Villalongín.
Era obvio que llegaba al lugar, después que habían cerrado un negocio incrustado con precisión en la medida del arco, un bar, café tal vez. Me dio la impresión que sabía que iría a verlo. Lo primero que hice fue reclamarle no haberlo encontrado en aquella casa donde claramente lo vi lanzarse al pozo. Y le mencioné lo del bebé y el terremoto.
–En la casa hay fantasmas y suceden cosas extrañas, pero ya estoy acostumbrado –fue lo único que me dijo.
Se disculpó porque debía atender algo que me explicó, pero ni me interesó ni entendí, aunque me pareció extraño que se hubiera lanzado desaparecido en el pozo.
–El pozo es la única vía de comunicación que tengo para atender algunos asuntos –justificó.
Estaba frente a aquel hombre y aún no sabía para qué lo había buscado. Podría decirse que la curiosidad que siempre me ha llevado a los lugares y personas más extrañas que he visto en mi vida, siempre he han dado sorpresas en las que caben seres maravillosos y lugares que nunca he olvidado, pero también me han sucedido las peores desgracias, las más insoportables traiciones, los más viles engaños y las más tristes estafas. Pero ya estaba ahí, frente a aquel hombre acostado con una cobija, una pila de periódicos y otros papeles que la hacían de almohada. Ahora llevaba un suéter de un color claro bajo el mismo saco que portaba cuando me visitó la primera vez. La rata junto a él, vigilante me miraba como si protegiera a su amo.
–¿Puedes guardar ese animal?
–No le tenga miedo Neftalí –me dijo sin extrañamiento–, Luna es noble y de buen corazón, pero siéntese. Me da mucho gusto verlo y me alegra que haya venido. Le invito un cigarro –me ofreció de la cajetilla de sus Malboro y acepté–. Ahora que si quiere un trago, tengo una botella del mejor mezcal de por aquí.
Lo rechacé. Nos quedamos en silencio. Reparé en el nombre de la rata: Luna.
–Me alegra verlo –rompió el silencio–. Hace días que he pensado en usted y le tengo, además de la historia y la propuesta de trabajo, un proyecto nuevo que puede ser su verdadera consagración como escritor, su mayor éxito en la vida y le juro que no se va a arrepentir.
