Gerardo Sixtos López

Problematizar el presente conlleva riesgos de observación y de objetividad;  historiar el presente se asemeja a conducir en medio de una lluvia pertinaz, donde lo único que se ve, es lo que te permite la luz del auto,  por lo cual se pierde el contexto y se conduce sobre la inmediatez.

Lo anterior viene a cuento, porque a un siglo de debate sobre la modernidad, las observaciones se vuelven certezas y hoy, es un hecho aceptado, que podemos explicar una genealogía de este proyecto social dominante de la Europa occidental y determinar con mayor precisión su evolución así como sus derivas, sus fracasos y su posterior florecimiento en la primavera moderna estadounidense.

La Universidad  es un actor central  en esta narrativa en tanto que su papel de contenedor y reproductor social del conocimiento nos permite comprender, en su desarrollo, las diversas mutaciones que el propio proyecto moderno ha resentido a lo largo  de  su intento  por imponerse como un modelo  de desarrollo social.

Michel Freitag en su “Naufragio de la Universidad” nos da cuenta  del nacimiento característico y paradójico de la universidad medieval, veamos: “las universidades nacen en la sociedad corporativa de la edad media bajo el manto (pero también al margen) del magisterio autoritario de la iglesia, así como bajo la tutela (pero también bajo la protección) de las autoridades políticas, e incorporando las tradiciones de autonomía intelectual (la filosofía, las matemáticas, la filología humanística) y profesional (la medicina, el derecho) que vienen de la antigüedad, en tanto que institución, la universidad medieval se beneficia de un margen reconocido de autonomía fijado en sus cartas, privilegios e inmunidades, aunque permaneciendo bajo la dependencia global de los poderes eclesiásticos y políticos “

El advenimiento del renacimiento trae consigo una nueva actitud para resolver los problemas prácticos cotidianos por eso no es casual que el artefacto  que funciona como excelente metáfora para expresar el alba de la modernidad es la cúpula de Brunelleschi que funciona como parteaguas para mostrar las nuevas operaciones prácticas que permitieron solucionar un imposible para los antecesores de nuestro artista por medio de la razón y  la utilización de una tecnología apropiada.

Un mundo nuevo estaba en construcción así como el nacimiento de un proyecto que ponía en el centro de control del universo al ser humano, resumido magistralmente por Pico de la Mirandolla en su célebre texto “El discurso sobre la dignidad del hombre”,  Aquí ya se presiente la idea de libertad  y autodeterminación del individuo como condición para el desarrollo de la sociedad.

Es, en primer lugar, en la Universidad donde se lleva a cabo institucionalmente la tarea de asegurar la síntesis necesariamente dinámica de las formas de ejercicio y de los resultados cognitivos, normativos y estéticos de esta nueva razón justificadora, y bajo la protección de las inmunidades que le estaban garantizadas para este fin.

Los siglos siguientes al renacimiento hasta el siglo XVIII  contienen el desarrollo del proyecto civilizatorio homocéntrico, vertebrados por las dos revoluciones emblemáticas del mundo moderno: La revolución industrial y la revolución francesa acompañadas por el desarrollo de un proyecto pedagógico que deviene en la Ilustración y la aspiración de una sociedad letrada y la firme creencia en la construcción del bien de la humanidad.

Así, asistimos a la conformación de la Universidad que denominaremos como Clásica, en tanto que deviene en el modelo de conocimiento ejemplar de la Europa, de Occidente en donde ésta ha adquirido  el lugar institucional privilegiado  de elaboración de una cultura común,  integrando en ella el debate y la reflexión, y sin la cual habría permanecido sin sentido la idea misma de espacio público político de tal manera que la función ideológica central que asumía la institución universitaria en el proceso de desarrollo de la sociedad moderna y que implicaba la autoridad inmediata de la tradición iba a ser sustituida por “una libre búsqueda de la verdad” (el “conocimiento científico” comprendido en el sentido filosófico del termino) y por una forma autónoma de transmisión del saberes y de formación de nuevas “elites”  responsables ante la sociedad en el nombre de la objetividad universal de ese saber, y no en función de la autoridad patrimonial o eclesiástica, ni tampoco solo sobre la base de  intereses individuales, como lo comenta Freitag.

Lo anterior nos hace pensar en el valor civilizatorio de occidente de la Universidad Clásica sustentado en una actividad reflexiva de orientación universal donde la filosofía se entiende como la disciplina rectora, de tal manera que aun hoy en día el grado de PhD resuena como eco de esa preminencia  disciplinar

Durante el siglo XIX la fascinación tecnológica da lugar a un nuevo tipo de profesional en la figura del Ingeniero y con ello la aparición de las Escuelas Politécnicas impulsadas al margen de las Universidades que ya presagian el interés por un conocimiento en relaciones a fines meramente prácticos.

Así asistimos durante la primera mitad del siglo XX a una crisis de la modernidad, los embates de la escuela de Frankfurt por modernizar a la modernidad, al final no son más que la muestra de la imposibilidad de imposición del proyecto de desarrollo auspiciado por el pensamiento moderno.

Finalmente el proyecto civilizatorio europeo parece no encontrar condiciones de consolidación por la multiplicidad de tradiciones y valores culturales que pervivían en sus bordes, a este fenómeno Bolivar Echeverria ha denominado como rozamiento cultural, lo que explica una dislocación geográfica de la modernidad hacia horizontes vírgenes y sin tradiciones de los Estados Unidos de América.

Freitag comenta al respecto, frente al hecho de la nula negociación cultural estadounidense: De este modo, la modernidad ideológica y cultural en Estados Unidos, el valor de una especie de evidencia natural, no problemática. La unidad cultural y la armonía de las prácticas sociales propias de la sociedad civil “burguesas”, que llegara a ser liberal no parecen requerir ninguna justificación ni elaboración de un carácter sistemáticamente reflexivo.

No se trata ya de construir una  institución donde la reflexión y el espíritu crítico sean garantes de un proyecto social emancipador del espíritu y del saber, ahora las universidades estadounidenses nacen con un espíritu de servicio comunitario, de atender las necesidades prácticas. En este sentido, tienden a convertirse en “empresas”, administradas de forma gerencial.

Esta nueva orientación no ha dejado de tener sus efectos sobre la semántica de los conceptos comunes de “ciencia”, “técnica”, “investigación” “conocimientos”, “saber” y “formación”.

Este es el punto, el impacto de la globalización como proyecto del neoliberalismo donde asuntos como la productividad, la calidad, la eficiencia han permeado al interior de las universidades que cada vez más aspiran a parecerse al modelo estadounidense renunciando a sus orígenes civilizatorios.

Está claro que el canto de la sirena, viene fascinando los oídos de la comunidad universitaria con sus melodías productivistas y tecnocráticas llena de exigencias,  de evidencias de una práctica enloquecida a favor de las recompensas económicas, esto será sin duda nuestro propio fracaso porque nuestra tarea está en otra parte, porque el modelo de desarrollo en el que participa actualmente la Universidad   extiende su influencia lejos de su origen (en el tiempo histórico y en el espacio sociopolítico y civilizador), la ruptura hacia lo que se dirige será tajante, porque crea todas las condiciones para ello.

Requerimos imprescindiblemente de comunidades académicas fuertes que valoren el conocimiento crítico y siempre enciclopédico y no la excelencia puntual y la competitiva, es necesario reafirmar la importancia de la reflexión epistemológica, del debate intelectual, del compromiso pedagógico colectivo con la convicción de una noción del tiempo de largo alcance y creatividad.

 

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