Dr. Alejandro Guzman Mora

 

Mañana martes, a las once de la mañana, en el Patio de Honor de Palacio Nacional, la presidenta dará su Segundo Informe de Gobierno. Vendrán el gabinete, los gobernadores, los legisladores, los invitados especiales. Habrá catorce spots. A partir del jueves empieza una gira por los treinta y dos estados y a fin de mes se cierra con un acto en el Zócalo.

 

De todo eso, lo único que pide la Constitución es un archivo.

 

No lo digo como ocurrencia. El artículo 69 obliga a la titular del Ejecutivo a presentar, en la apertura del periodo ordinario de sesiones, un informe por escrito sobre el estado que guarda la administración pública del país. Por escrito. El artículo 65 fija la fecha, y por eso el asunto cae siempre el primero de septiembre. El documento con sus anexos estadísticos se sube al portal de la Presidencia y ahí está, disponible para quien lo quiera leer, que somos poquísimos.

 

Lo demás lo decide cada gobierno. El mensaje, la hora, el patio, los spots, la gira. Nadie los obliga. Se agregan.

 

Quiero ser justo antes de seguir, porque si no, esto se vuelve una queja y yo no vengo a eso. Los informes presidenciales en México nunca fueron informes. Durante décadas el primero de septiembre fue el día del presidente: iba a San Lázaro, hablaba tres horas y los diputados lo aplaudían de pie, incluyendo a los de la oposición, que a veces también aplaudían por costumbre. Eso era peor que esto. Lo que estoy describiendo no lo inventó este gobierno. Lo heredó, y le agregó producción.

 

Lo que sí cambió, y es lo que me tiene escribiendo un domingo en la noche, es lo que hay del otro lado.

 

Porque un informe no es un acto de rendición de cuentas. Es la mitad de uno. La otra mitad se llama glosa: el Congreso analiza el documento y puede citar a comparecer a los secretarios de Estado. Ahí es donde en teoría se rinden las cuentas de verdad, con preguntas incómodas y sin edición. Hágase usted la pregunta que me hice yo: ¿cuándo fue la última vez que un secretario salió lastimado de una comparecencia? ¿Cuándo fue la última vez que la glosa cambió algo, cualquier cosa, un peso de un presupuesto?

 

Un informe que se entrega a un Congreso que no interpela no es rendición de cuentas. Es un acuse de recibo con música.

 

Y hay algo peor, que es lo que de verdad me duele. La presidenta va a hablar de programas sociales, de becas, de pensiones, de vivienda. Es legítimo que lo haga; para eso está. Yo quiero que esos programas sirvan. No conozco a nadie honesto que quiera que una beca fracase. La pregunta que cualquier ciudadano tiene derecho a hacerse no es si el programa existe, sino si funciona: a quién llega, a quién no llega, cuánto cuesta cada resultado, qué pasó con el muchacho que estuvo un año en el programa de aprendices y qué está haciendo hoy.

 

Existía un organismo cuyo trabajo era exactamente ese. Se llamaba Coneval, medía la pobreza y evaluaba los programas sociales con metodología pública, y su gracia entera consistía en que no le pedía permiso al Ejecutivo para publicar lo que encontraba. Le tocó incomodar a gobiernos de los tres colores. Se extinguió en diciembre de 2024, junto con otros seis organismos autónomos, y sus funciones se repartieron entre dependencias del propio gobierno y el INEGI.

 

Entonces mañana va a ocurrir esto: el gobierno informará sobre sus programas sociales, y el gobierno evaluará sus programas sociales, y el gobierno difundirá el resultado de esa evaluación en catorce spots y treinta y dos plazas públicas.

 

Eso no es información. Es una versión.

 

Y no lo digo desde la sospecha de que estén mintiendo. Lo digo desde algo más simple y más viejo: nadie es buen juez de sí mismo. Ni este gobierno ni el anterior ni el que venga. La regla no se inventó contra Morena. Se inventó contra la naturaleza humana, que es la misma en Palacio Nacional que en la casa de uno.

 

Hay un detalle de la semana pasada que se me quedó atorado. La presidenta explicó, con toda naturalidad, que hay un periodo en el que puede aparecer su nombre y su imagen en la difusión del informe, y que después ya no, porque la ley lo prohíbe para cualquier presidente. Tiene razón, y me parece bien que lo sepa y lo diga. Pero fíjese lo que significa esa frase: todos entendemos que esto es propaganda, incluyendo a quien la ordena. La discusión ya no es si lo es. Es hasta dónde alcanza la ventana.

 

Yo creo en el Estado. Creo que un gobierno debe construir carreteras, llevar agua, sostener a los adultos mayores y pagar becas, y creo que debe contarlo. Creo en la democracia sin nostalgia por lo que había antes, que era un país donde el presidente informaba tres horas y nadie chistaba. Y creo, sobre todo, en algo que suena burocrático y no lo es: en que alguien que no dependa del que gobierna pueda medirlo y decirlo en voz alta.

 

Es ahí donde no encuentro nada. Ese es el hueco. No es que el gobierno hable de más. Es que ya no queda quien responda.

 

Mañana a las once no voy a estar viendo el Patio de Honor. Voy a estar bajando el documento con sus anexos, que es lo único que la Constitución llama informe, y voy a leerlo con la desconfianza cariñosa con la que uno lee a los suyos. Es lo que me queda. Ojalá me equivoque en todo lo demás y el martes alguien, en algún lado, le haga una pregunta difícil a alguien.

Deja un comentario