Dr. Alejandro Guzmán Mora
Hay una cuenta de Instagram que se llama @dormidos.faum. En la descripción dice «arquis con sueño» y pide que le manden fotos por mensaje directo. Lo que publica son fotos de estudiantes de arquitectura dormidos: sobre el restirador, en la banca, con la cabeza colgando en plena clase. Nadie les preguntó si querían aparecer ahí. Y no es la única. Hay grupos de WhatsApp y canales de Telegram que hacen lo mismo con compañeros, maestros o cualquiera que se dejó ver cansado un segundo.
Cuando alguien se queja, la respuesta suele ser «es una broma», «no pasa nada», «ni que fuera algo malo». Y es cierto que no es una foto íntima ni sexual. Pero eso no la vuelve inofensiva ni legal. Lo que está en juego aquí es otra cosa, y casi nadie la conoce: el derecho a la propia imagen.
Tu cara es tuya
En México, la regla está escrita con bastante claridad. El artículo 87 de la Ley Federal del Derecho de Autor dice que el retrato de una persona solo puede usarse o publicarse con su consentimiento expreso. Expreso quiere decir que lo dijiste, no que «no te opusiste» ni que «seguro no le molesta».
La ley tiene excepciones, y vale la pena revisarlas porque ninguna salva a estas cuentas. No hace falta permiso cuando la persona es una parte menor de un conjunto (alguien que sale de fondo en la foto de una multitud) o cuando la foto se toma en un lugar público con fines informativos o periodísticos. Una foto donde el estudiante dormido es el centro de la imagen, publicada para que otros se rían, no es ni una cosa ni la otra. Un salón de clases tampoco es la vía pública, y un meme no es periodismo.
La Suprema Corte ha ido más lejos. Ha dicho que el derecho a la propia imagen es la facultad de decidir libremente cómo te muestras frente a los demás, y que no se limita a los retratos formales, sino a cualquier representación gráfica que te identifique. Es un derecho de la personalidad, como el honor o la intimidad. Nace contigo y no depende de que seas famoso.
Visto así, lo que hace @dormidos.faum es bastante simple: le quita a otra persona la decisión sobre cómo la ven los demás. Y la mostró justo en el momento en que no podía decidir nada, porque estaba dormida.
«Pero no es delito»
Depende, y aquí conviene no exagerar. Una foto de alguien vestido y dormido en clase, en general, no encaja en los delitos de la Ley Olimpia, que se refieren a contenido íntimo sexual. Si alguna de esas fotos mostrara algo de ese tipo, entonces sí estaríamos hablando de un delito con penas de cárcel. Algunos códigos penales estatales, además, sancionan los ataques a la intimidad o el ciberacoso, y vale la pena revisar lo que dice el de cada estado.
Pero que algo no sea delito no significa que sea legal. La vía más clara aquí es la civil. El Código Civil Federal reconoce el daño moral cuando se afecta la reputación, la vida
privada o el aspecto físico de una persona, y quien lo causa está obligado a repararlo, lo que incluye pagar una indemnización. La Ciudad de México incluso tiene una ley específica para proteger la vida privada, el honor y la propia imagen. Y en muchas universidades, publicar fotos de compañeros para exhibirlos puede terminar en una sanción por el reglamento interno.
Hay otra cosa que me parece importante. Las leyes de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, por ejemplo la de Michoacán, definen la violencia digital de forma amplia e incluyen la difusión sin consentimiento de fotografías que atenten contra la dignidad o la vida privada. No toda foto es violencia, pero la idea de que «solo es una foto» ya no se sostiene tan fácil.
¿Por qué nadie lo sabe?
Creo que es porque nos acostumbramos. En arquitectura, quedarse dormido en clase es casi un rito de paso, y tomarle foto al que se durmió parece parte del juego. La cuenta es anónima, así que quien manda la foto piensa que nadie se va a enterar. Y quien aparece en ella muchas veces se ríe para no quedar como el amargado, aunque por dentro le moleste.
Ese es el problema. Una foto así puede parecer tonta el primer día. Luego circula, alguien la guarda, alguien la usa para burlarse en otro grupo, aparece años después cuando esa persona busca trabajo. La foto ya no es de quien la tomó ni de quien la publicó. Tampoco es de quien sale en ella, que era el único con derecho a decidir.
Entonces qué
No estoy pidiendo que metan a nadie a la cárcel por un meme. De hecho, desconfío de las iniciativas que en estos días se discuten en el Congreso bajo el nombre de «Ley Antimemes», porque cualquier ley que deje en manos de la autoridad decidir qué burla es ilícita me parece un riesgo para la libertad de expresión. Lo que planteo es otra cosa. No hacen falta leyes nuevas para esto: el derecho a decidir cómo te ven los demás ya existe. Lo que falta es respetarlo.
Estoy pidiendo algo más básico: que antes de mandar la foto de un compañero a una cuenta pública, te preguntes si esa persona estaría de acuerdo. Si la respuesta es «no sé», ya sabes la respuesta.
A las universidades les toca hablar de esto en serio, con la misma formalidad con que se explica el reglamento de titulación. Y a quienes administran estas cuentas les toca entender que su diversión depende de algo que no les pertenece.
Si apareces en @dormidos.faum o en una cuenta parecida, tienes derecho a pedir que borren tu foto, a reportarla en Instagram por uso no autorizado de tu imagen y, si el daño es serio, a acudir a la vía legal. No necesitas que sea delito para que sea injusto.
