Por qué escribí sobre la campanilla de don Vasco de Quiroga[1]

 

Por: Neftalí Coria

 

He decidido escribir este pequeño texto, a propósito de lo que he escrito en este libro que hoy nos ha convocado y que sin duda provoca cierta inquietud entre mis lectores, a quienes acostumbré a la poesía, al teatro, a la novela. Y después de escuchar las palabras al respecto de dos de ellos tan queridos amigos, debo dar una explicación, y no porque sea necesaria. Bien sé que un libro nunca se explica por el autor, y mi explicación, no es como las explicaciones del arte que Avelina Lesper llamó VIP, donde si no está el “artista” para explicar el porqué colocó una caja de zapatos, una ramas, unas llantas amontonadas o un montón de ropa sucia en la sala de un museo, no lo entenderemos como el arte que ellos dicen haber “creado”, porque esa especie de artistas VIP (Video, Instalación, Performance), están en las alturas de un olimpo, desde donde creen que la gente común no entendemos su arte por ignorantes, pobres, tímidos y pendejos. Entonces deben explicar su genialidad que se oculta en un sistema de museos e instituciones que por lo menos, los apañala.

La explicación que quiero dar, es porque incurrí en la historia y el respeto que le tengo a esta acusiosa disciplina, es muy grande. Lo supe porque alguna vez pasé por las aulas de la escuela de historia y precisamente porque a la historia se le debe dedicar la vida, fue que deserté. No tengo dos vidas para darle una a la historia y la otra a la literatura. Pero seguí leyendo algunos textos de historiadores que me gustan, aunque debo decir que soy tan mal lector de la historia, que me llego a perder desviandome a creer que lo leído era ficción y había que recapacitar para hacer a un lado la imaginación y volver a lo que la historia significa.

Don Luis González, historiador grande, me dijo que le había gustado mi libro Adoración de San juan (su esposa Armida de la Vara, poeta, leía miis libros, lo supe porque don Luis me lo dijo y me mostró la biblioteca de ella en la que encontré algunos libros míos). Entiendo la razón de su aprecio por esa colección de poemas; el libro mío al que se refería don Luis, está compuesto por un grupo de poemas en prosa que quisieron acercarse a mis recuerdos y a la vida del barrio donde nací. Recordemos que don Luis conocía con un mircroscopio preciso, todo sobre la microhistoria, ese fue su descubrimiento. Aquel día me dijo algo que no he olvidado (me reservo lo que expresó de mi libro): “Para la historia no importa el lenguaje con el que se escriba, la poesía también dice la historia”. Luego me relató su amistad con Rulfo, (sabemos del conocimiento de la historia que Rulfo tenía), una amistad de la que don Luis me habló aquel día en su casa de San José de Gracia, y que quizás algún día pueda escribir sobre ella y sobre la pluma sheaffer que el autor de Pedro Páramo le regaló al autor de Un pueblo en vilo. Bien valdría la pena.

Pues bien, con este libro, no he querido pisar territorios que no me pertenecen, pero mi asombro por las cosas del mundo todavía no ha terminado, ni quiero que termine y quizás más que el asombro, fue la pasión por las cosas en las que mis ojos, hallan la belleza, fue lo que motivó su escritura. Y puede pasar lo mismo que con otro de mis anteriores libro sucedió; un escritor amigo mío me dijo sobre este libro de 2023: “Terminé de leer tu libros sobre las mujeres en la cárcel y no fue sino hasta el final, que reparé en lo extraño que me pareció que tú lo hubieras escrito. Tú eres poeta y si no eres mujer, las femistas no lo van a leer.”

Algo parecido, ahora muy reciente, otro de mis amigos que ya empezó a leer este nuevo libro me dijo: “No se te quita lo poeta, no puedes dejar la poesía”. Y es cierto, en mi vida no hay nada más valioso que encontrar todos los días, la triste belleza del mundo o la alegría de haberla descubierto a mi paso, ya sea en una conversación, en un rasguño en la pared con forma de ave, en una herida en el tronco de un árbol, en las gotas de alcohol de una noche solitaria al salir del último bar de la ciudad y en las demás muchas raspaduras más que lleva en sus lomos en mundo.

Y la campanilla de mano a la que se refiere el libro, me la presentó mi amigo el abogado y anticuario Luis Sánchez Álvarez, que fue mi alumno y ya me perdonó haberlo reprobado. Desde que la vi, sabiendo su significado, encontré en ella la iluminación del tiempo que todo lo destruye o lo conserva, el tiempo que nos habla con las cosas viejas que destruye y a veces, destruidas las conserva o las desaparece, pero nos habla, siempre nos habla.

Cuando se vive para la poesía, nunca se sabe cuándo esta loba, ha de traer las cosas con las que en el camino llegamos a tropezar en el pasado. Hay algo dentro que nos empuja a nombrar lo vivido, porque en la escritura siempre es pasado. Y con esta pieza que tuvo en sus manos un hombre de la historia, que está por demás repetir su nombre, me impresionó saber que él la tuvo en sus manos… y ahora en pleno siglo XXI, donde se está atrofiando la memoria de sus habitantes o les ha dejado de importar, acercar el bronce de la campanilla a mi mejilla, acariciar su brusca fundición del silo XVI, oír la voz antigua en el bronce, como se escucha el mar en una caracola, el sonido de su cuerpo que otras manos labraron hace algunos siglos, me hizo pensar que aquella campanilla que acompañó a Vasco de Quiroga en alguna o muchas misas, estaba ahí, en mis manos, y me dio por creer que tenía alma, y si nos atenemos a lo que se llega a creer sobre las cosas que pertenecieron a los muertos, la mitología es amplia y muchas veces le sirve a la imaginación de los que escribimos con su tinta.

Con la campanilla en las manos, me dio por imaginar aquel hombre flaco, quizás alto con esa campana en sus manos de pie en su capilla, y que ahora yo la tenía en mis manos, de pie, en la misma capilla que estuvo él, la imaginación desató sus hilos, esas cuerdas que se han desatado en la imaginación para atarme a imágenes que no se pueden dejar de lado, porque el impulso poético es irresistible y quienes lo padecemos, somos obedientes en esa libertad de la imaginación y el lenguaje.

Me bastó imaginar lo que aquel objeto me estaba diciendo cada que lo hacía presente en la imaginación y ese fue suficiente motivo para escribir y creer que en el alma del bronce, guardaba con serenidad, el alma de aquel hombre que a la historia mucho importa importa, y esa fue otra poderosa razón para escribir el libro.

Los siguientes seis meses, fueron de entrega a la observación y escritura con la compañía de Luis Sánchez Álvarez, que me llevaba los cigarros y el café, como a a quien está prisionero entre la prosa y la historia.

Y bajo la fe de Luis en mi trabajo, y la disciplina mía, se ha escrito este testimonio que ahora ya todos los interesados, pueden leer.

Gracias a Tamara Sosa Alanís que creyó en mi trabajo, a Enrique Castro por sus fotografías que ilustran el libro, a Neftalí Coria Orozco y a Yunuén Cerón Alcántar por el diseño y al nuevo equipo que se integra a la editorial LunaMía Ediciones (Julieta Coria, Emilio Coria) que ahora se suben al tren del mundo editorial.

Gracias a los que asistieron a esta fiesta en honor de El alma de una campana, campanilla de mano de don Vasco de Quiroga.

[1] Texto leído por su autor, en la presentación del libro El alma de una campana, campanilla de mano de don Vasco de Quiroga. el viernes 21 de agosto en el Centro Cultural Clavijero.

 

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