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Robaríamos un banco

Por: Neftalí Coria

Y pese a mi necesidad de reposo y deseos por estar un tiempo fuera de la novela, nada logré, por el contrario, por más que dirigí mi pensamiento hacia el pasado del que paulatinamente olvidaba las cosas de aquella vida, tuve que entender que todo era imposible en ese afán. Ahora yo seguía en la casa que yo mismo había construido con la imaginación y la escritura. Cada vez que me detenía a meditar, lo que pasaba por mi cabeza, eran pensamientos que pertenecían al habilidoso cirujano al que el destino de la ficción, me había traído.

Y el teléfono sonó. Era Roger ¡Claro, era jueves! Lo había olvidado, y esa fue otra señal de que el tiempo de la novela seguía corriendo y de manera irresponsable, yo lo había adelantado con la frase “poco después” y ahí fue jueves más pronto, con solo haber escrito esas dos palabras.

–¡Te estamos esperando! –me dijo con evidente molestia– ¡Solo faltas tú, carajo!

Me desconcertó. Estaba molesto.

–Voy enseguida… –le dije y colgué.

Tomé el cuaderno y la pluma. Salí de inmediato.

En el camino, me propuse que debía detener el comportamiento de Roger ¿Quién era él para enojarse y gritarme? Antes de bajar del coche, cuando me estacioné, quise anotar en el cuaderno la frase: “Roger me gritó y con solo mirarlo, pidió disculpas…” Pero la pluma no lo escribió. Creí que le faltaría tinta, pero no reparé en la desobediencia, tanto de la pluma como de la historia y sus personajes. No podía imaginarlo.

Entré al café Aladino. Inscribí el deseo de cambiar la conducta y las palabras de Roger, pero ya frente a él, vi que seguía enfurecido y por ningún mecanismo de la imaginación, pude desviar su comportamiento. Me recibió diciendo:

–¡Estamos aquí desde las ocho! ¡Eres un irresponsable! –me dijo con una furia que nunca antes le había visto.

Pedí disculpas sin reaccionar demás. Quise dejar aquello de lado y entrar en materia. Estaban todos los involucrados en el plan. Disimulé mi extrañamiento ante la desobediencia de Roger, a su rebeldía ante mi esfuerzo por dictarle una conducta menos hostil conmigo. Me dio la impresión que era dueño de una voluntad propia y fuera de mi dominio imaginativo. ¿Mi omnisciencia estaba debilitándose?

Comenzamos a discutir los planes. La agenda estaba hecha y yo la tenía, quizás eso fue lo que más le molestó a Roger. Los próximos días, de manera salteada, estaban las visitas de rastreo con horario y tiempo de duración, así como los objetivos a observar y la medición del tiempo de las rutinas observadas.

Las fuimos anotando, porque todos debíamos estar enterados del total de las acciones de todos. Y la información de lo que cada uno de nosotros llevara a la mesa del plan, debíamos discutirla todos. La comunicación debía ser vital, así como la argumentación sobre lo que cada quien lograra recoger de aquel rastreo del lugar. Todos anotamos con cuidado; se hicieron preguntas, Anabel hizo la propuesta y creyó necesario saber cuántas mujeres y cuántos hombres había en el lugar. Estuvimos de acuerdo. Se discutió la hora de la acción y se vieron los inconvenientes, las dificultades y las facilidades del plan que ya crecía para ser llevado a la práctica: Robaríamos un banco.

La idea inicial fue de Roger, y es importante recordarlo.

–Vamos a robar un banco –dijo un día que estábamos en el café Aladino con Agripina y Anton.

Lo tomamos como una broma simple y seguimos hablando de otra cosa, pero Roger nos interrumpió:

–¡Estoy hablando en serio! –dijo.

–Estás loco –dijo Agripina.

–No, ya lo he venido estudiando y tengo analizándolo desde hace dos semanas.

Nos reímos de principio, mientras él se mantenía en una férrea seriedad. Estaba hablando en serio, y aunque tenía avanzadas algunas cervezas, su propuesta era seria.

–Ya he visto como hacer el plan –dijo como si hablara en secreto y totalmente convencido– y les aseguro que es fácil si analizamos la sucursal que está en la glorieta de los Álamos.

Todo se debió a sus recientes visitas al Café Lumière que está precisamente en esa glorieta.

Ese círculo que he trazado con la representación de una fuente al centro es la glorieta en la que confluyen cuatro avenidas que dan a los cuatro puntos cardinales, y a la vez, dos de ellas, dan a carreteras para salir de la ciudad y las otras dos, cruzan la ciudad. La sucursal bancaria ubicada ahí,   estaba –como él lo dijo– posible y fácil.

–Hay forma para escapar con toda facilidad –dijo.

–¿Hablas en serio Roger?– le preguntó Anton muy extrañado.

–Claro, lo he pensado y puede funcionar.

–Y por qué no me habías dicho.

–Pues si –dijo Agripina.

–Ahí tenemos dos salidas que nos sacan de la ciudad.

Deshicimos la conversación y poco después nos fuimos. Cuando llegué a la casa, me llamó Agripina:

–Oye, Roger enloqueció –fue lo primero que me dijo.

–Así me pareció y estaba excitado, y hablaba en serio.

–Si, de verdad quiere robar un banco –dijo–, .

–Está loco de remate.

–Ya se le pasará –finalizó la llamada– descansa.

Me parecía un juego de Roger, pero pasaron los días y el seguía hablando del plan y para entonces Anton estaba convencido y poco después Anabel, lo que me pareció lógico, dada la atracción por el Cara de vampiro.

Entre Roger el de la gabardina y Anton el Cara de vampiro siempre hubo una empatía que nos parecía irrompible y desde donde yo podía verlo, estaba cifrada en una amistad que parecía venir de patrones religiosos, pero sin hipocresía, por su fidelidad y solidaridad que entre ellos siempre se ha visto. El trato entre ellos, es de hermanos, como si en el tiempo de conocerse, hubiera crecido el árbol verdadero de la amistad, como un día lo nombró Roger levantando los brazos al cielo, moviendo los dedos, como si se tratara de un árbol contra el viento y luego abrazó al Cara de vampiro.

Los recuerdo abrazados, llorando, presas de una emoción única, que poco se ve entre los amigos.

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