Óleum: columnas sobre arte
Soledad enraizada en clásicos
Estefania Riveros Figueroa
Giorgio de Chirico (1888-1978), estudió en Atenas, Florencia y Múnich. Por su obra enraizada en la Antigüedad Clásica e inspirada por las obras de Friedrich Nietzsche y Arnold Böcklin, así como su contacto con Pablo Picasso o con Guillaume Apollinaire, su obra plantea cómo los símbolos y la luz, resguardan sentimientos que se activan cuando los contemplamos.
De Chirico incluyó edificios clásicos, renacentistas, arcadas, columnas, plazas, juegos de ángulos y puntos de fuga. Conforme avanzó en su arte, añadió también maniquíes sin rostro que generaban en sus espectadores una sensación inquietante, pero original. Su manera de retratar la arquitectura con fuerte influencia romana y griega (él mismo de padres italianos, nacido en Grecia), combinado con colores brillantes y sombras marcadas, elevó lo que podría ser un ejercicio simple de trazos de Arquitectura, en una obra con mensaje, en un despliegue de simbolismo y angustia que ha encontrado pros y contras en el mundo del Arte.
De Chirico descubrió que mezclar en sus pinturas la filosofía de Schopenhauer, la idea del mito de Nietzsche, el eterno retorno, los traumas y dolores de la Guerra Mundial, todo ello veladamente simbolizado en la arquitectura italiana, lograba un profundo impacto conceptual en los que veían sus obras, aunque los espectadores no supieran explicar con claridad por qué se inquietaban al ver sus edificios, sus plazas vacías, las sombras alargadas que se aproximan por los recodos de las calles italianas… De Chirico es un ejemplo perfecto que transmite kenopsia.
De acuerdo con el Diccionario de las Aflicciones Obscuras, la kenopsia es un neologismo acuñado por John Koenig que combina los vocablos griegos kenosis (vacío) y opsia (ver/mirada). Literalmente, kenopsia significa: atmósfera de vacío. Refiere al ambiente vacío y lleno a la vez, de una carga de melancolía extraña, una sensación de rareza porque un lugar que usualmente tiene la algarabía cotidiana como sería una plaza del centro, se transforma en algo triste en cuanto se desocupa, genera desasosiego, sensación de desierto, abandono, silencio perturbador. Ejemplo de esta sensación la observamos en su obra “Piazza d’Italia” (1964) que vemos en la columna de hoy.
La obra nos muestra al fondo de una plaza enmarcada por portales y una torre, un ferrocarril en la línea del horizonte que le aporta una sensación de partida y dinamismo, como si el pasado se escapara a bordo de una máquina de vapor. El resto de los elementos lucen antiguos, contrastan con la máquina industrial que va a su ritmo: aunque no vaya del todo rápido, no invalida que el pasado se aleja de nuestras manos. El resto del cuadro es una composición arquitectónica que resalta la soledad de la plaza, las sombras que languidecen por la tarde (fijarse en el detalle de cómo se prolongan ayuda a adivinar la hora) y dos figuras humanas que se dan un apretón de manos que se siente extraño. La estatua de Ariadna reposando al centro, focaliza la atención en la disrupción entre el desencanto que vivió en Naxos, y la esperanza, lo cual simboliza la pureza de la desazón que sentimos cuando evocamos la incertidumbre.
De Chirico, acostumbrado a leer filosofía y adentrarse en la obra de Nietzsche, muy particularmente en la titulada “Aurora” (1881) le permitió llegar a conclusiones de índole metafísico que usualmente retrataba en sus cuadros. Consideraba que, dentro del Arte, la pintura era la disciplina adecuada para conseguir que las personas experimentaran lo desconocido, lo solitario, lo misterioso, pero solamente aquellas que tenían una sensibilidad acentuada, cuasi metafísica que distingue a los que son artistas, de los que no.
De Chirico buscaba dentro de sus obras revelar verdades más amplias que los ojos no pueden ver. Por sus atmósferas oníricas, que combinan elementos cotidianos y amenazas sin rostro, junto con Carlo Carrá, fundó el movimiento de “Pintura Metafísica” (Scuola Metafisica). Carrá y de Chirico discutirían en 1919 tras lo cual el movimiento se disolvió, pero su visión funcionó como un cimiento para un proto-surrealismo. Aunque no comulgaba tal cual con el grupo de surrealistas, se apartaría finalmente del movimiento en París y dejó a André Breton y al resto que estaban obnubilados con la interpretación de los sueños de Sigmund Freud. Distanciado de ellos, de Chirico exploró sus obras pasadas y volvió a crecer en sus elementos usuales: las torres, las plazas, las estatuas, las sombras. Paulatinamente, se convirtió también en el predecesor del postmodernismo.
De Chirico al final de sus días adoptó una faceta contestataria con las galerías de arte moderno que valuaban de mejor manera sus obras de juventud, por lo que optó por una astuta estrategia en la que se falsificó a sí mismo, pintando al estilo de sus primeros años y datando las obras con fechas anteriores, proclamando como falsos cuadros que él sí había pintado, con el único objetivo de desestabilizar al mercado. Esto él mismo tuvo a bien confesarlo en su libro de memorias que los expertos han valorado como un libro lleno de fijaciones personales, opiniones amargas, estilo curioso, pero siempre, siempre misterioso.
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