POR: NEFTALÍ CORIA
Hubiera querido seguir hablando de la poesía, de los libros y la lectura, del arte, del poco interés que la cultura provoca en la vida de las mayorías, pero es inevitable no mirar con desazón estos tiempos de catástrofes humanas, que no puedo dejar de verlas, como sangre que brota de una herida que salpica de verdad, aunque podría –como muchos–, creer que son cosas que suceden en las pantallas y en la ficción que no me alcanzarán nunca. Pero no, eso no es cierto, la realidad –que mucho parecido tiene a la ficción–, existe así, cruda y golpea la vida de muchos y sería igual de catastrófico, ignorarlo, creer que es cosa menor y que por eso no debe importar.
Y hay que verlo, como en estos últimos días, hemos sido testigos de una de las tragedias más tristes en América Latina, además de los visibles posicionamientos de gobiernos latinoamericanos que llegaron al ridículo y la infamia. Me refiero en primer lugar, al doble terremoto que sacudió Venezuela. Imágenes estremecedoras que se ven en las redes. Hombres, mujeres, niños y adultos mayores en la desgracia y el llanto ante los impresionantes derrumbes. Incontenible la tristeza frente esas imágenes que desearía olvidar, aunque no puede obrar el olvido cuando el sufrimiento de un pueblo que se cae a pedazos es tangible y real, un pueblo que se desmorona ante la naturaleza que atina al corazón de Venezuela de por sí, asolado por otro terremoto político insano, como lo son los abusos del infame dictador anaranjado.
Y ante esas catástrofes, no faltarán los buitres que en esta época abundan en el mundo: medios de comunicación, portales, etc. que se alimentan con una clara inconciencia de la tragedia de quien sea. Y digo que hemos visto acontecimientos ridículos como el del reciente escándalo provocado por un periodista sátrapa y mentiroso profesional, chayotero infame con cincuenta años de “trayectoria”, que todo indica que durante esos años, así construyó su “prestigio” periodístico. Y vemos como falsifica una entrevista con uno de nuestros mejores escritores y periodistas como lo fue Carlos Monsivais y que se lleva entre las patas al expresidente Andrés Manuel López Obrador en una supuesta relación con el cuchillo de la homofobia derechista, y todo para seguir dañando a estos dos últimos gobiernos, a los que ya no encuentran argumentos serios para su pobrísima y vacua crítica.
¿Qué más catástrofes vamos a ver? Dolorosa la herida que late en Venezuela, ridículo y violento el discurso amenazante y dictatorial que lanza contra su pueblo el presidente de Colombia gritando vivas a Israel al que llama “pueblo de Dios”, pueblo que mata niños. O la penosa escena del presidente chileno indignado porque un niño no le dio la mano de saludo y arremetiendo contra la madre que le gritaba en su cara “eres un demagogo”, como si le pusiera un espejo enfrente al pobre tipo megalómano que a todas luces, no permite opiniones opuestas a la de su egocéntrica ley personal de conducta que le dio el poder.
Vivimos tiempos rápidos y catastróficos, irracionalidad y violencia de un poder que le apuesta a la guerra, que no le importa la vida humana, que pisotea los valores básicos de los seres humanos. Usuarios de redes subiendo videos de peleas feroces, de robos, de accidentes, de asesinatos, de cuerpos de mujeres como si fueran objetos, los llamados influencers estúpidos hablando con la boca llena de basura y con sus seguidores estúpidos satisfechos de ver a un mesías acartonado y pendejo.
Vaya con el comercio del alma, con las turbas de instructores que quieren enseñar sobre cómo darle vuelta a un tornillo, las fortunas como la de Gertz Manero, la hipocresía, las mentiras y la estupidez alcohólica de la gobernadora de Chihuahua y su derrama de dinero en los medios de comunicación para alimentar el mentís que es como su propia sangre que le circula en sentido opuesto. Y, por otro lado, vemos una clase media enfurecida contra los pobres, despreciando a los que identifican “de más abajo”, la clase media, que respira y aspira ir a la riqueza con el sueño tierno de los que sueñan que van a llegar al paraíso que por ningún lado de su vida asoma. Y allá, en sus aislamientos, sabemos –también por las pantallas– como viven los milmillonarios, lejos, muy lejos de pisar la tierra.
Pienso una frase de Marx que brota de la lectura del libro “Una izquierda que se atreva a decir su nombre” de Slajov Zizek que dice: “La tradición de todas las generaciones muertas, oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.” Y a decir de Javier Aranda, “Marx opera hoy como un muerto viviente, como un vampiro que se niega a descansar en paz porque el propio capitalismo, en sus mutaciones, sigue alimentándose de las mismas contradicciones que él diagnosticó”.
Y es cierto que “la tradición de las generaciones muertas” mantienen la historia sometida a las formas de pensamiento que no se transforman, sino se agudizan, se mejoran, pero sobre todo las que están signadas por la destrucción del hombre, la dominación y el sometimiento para hacer creer a la masa, que las manos duras contra los desposeídos, es la solución para democracias erráticas donde el poder es la única región feliz en todos los pueblos y con un supracapitalismo encima, donde el mercado es la única filosofía que debe sostener la humanidad y la cordura de los pueblos. Y por absurdo que parezca, lo estamos viendo.
Así nuestro tiempo, así la vida con las tragedias, que hay que meter bajo la alfombra y seguir la marcha del mundo donde el mercado y la vendimia de almas, es la verdad a la que debemos someternos. Lo demás –la muerte, la desgracia, las tragedias– son pequeñas aventuras de las que se habla hoy, y mañana vamos a olvidar, creyendo que de este lado de las pantallas, todos estamos bien.

