Un anticuario, una campana y un escritor de antes
Texto leído en la presentación del libro “El alma de una Campana” de Neftalí Coria.
Oscar Millán
El escritor, el poeta y el filósofo tienen la facultad de observar una cosa y hacer que las palabras alineadas en prosa o en verso le devuelvan al lector la majestad y el misterio de aquello que no se presencia más que a través de la escritura. Qué difícil hablar de las cosas pues ellas no dicen de sí mismas nada, solo un ser conmovido por su presencia puede quitar el polvo de la cotidianidad para revivir el asombro del primer hombre que las forjó a mano aquel primer día.
Julián Barnes en su novela el Loro de Flaubert describe la estatua del escritor que está en la Place de Carmes, detalla la corbata de lazo, el chaleco, los pantalones y su bigote desordenado para después repasar la historia de la efigie a través del cobre que la constituye, el robo de la estatua por parte de los invasores y su restitución por parte del ayuntamiento, diciéndonos además el nombre del hacedor del molde de la estatua robada que también sirvió para fundir la actual y con pormenores nos cuenta los porcentajes de cobre y estaño usados en la aleación. El encanto de la prosa de Julián Barnes nos hace olvidar que está arrojando datos de una ficha técnica cualquiera y uno termina con el deseo de ir sentarse la Place Carmes a contemplar ya no la estatua de Flaubert hecha por el ayuntamiento de Rouen sino la descrita encantadoramente en su novela.
La prosa de Neftalí obra con igual encanto en el libro que nos ocupa, uno termina su lectura deseando admirar ya no en fotos sino en presencia viva, el relieve de las grafilas, los tercios, los florones y el hombro de la campana de mano de Don Vasco de Quiroga, y también le da a uno por pensar en aquellos barrios de oficios extintos como el casquetero, el amolador, el armero, el fundidor o el fustero y las palabras que se nos han ido al lado de su irremediable pérdida. Neftalí saca del olvido al gremio de los tintineros echando mano de Tarkovsky y su Andrei Rublov y de los apuntes de muchos historiadores que muy bien señalados quedaron a pie de página, con ellos hace mancuerna, pero el encanto del libro es la prosa que narra todo aquello con ritmo y decoro. Neftalí Coria y Julián Barnes hablan de objetos de cobre con el amor y el cuidado al que cada pieza hace referencia: un escritor de genio y un obispo venerable.
El anticuario Luis Sánchez Álvarez dio con la campana azarosamente tal como lo manda su oficio, porque esa es la dicha del anticuario: el azar que de cuando en cuando le sonríe; un oficio que tristemente va en diminuendo pues me recuerdo a mí mismo preguntando en tiendas de antigüedades por Secreter inalcanzables y salir casi siempre con una pipa económica de medio uso y ahora que vuelvo a vaguear por el centro de Morelia ya no les encuentro; van cayendo poco a poco, como van cayendo los escritores a tiempo completo, esos que reposadamente escriben sus libros sin las prisas del mercado. El oficio de anticuario y el oficio de escritor no obedecen a los dictados de la oferta y la demanda y curiosamente en el último imperio de esplendor y fuste: El imperio Austro-húngaro abundaban anticuarios y escritores, un imperio que todavía tenía una economía aparentemente precapitalista y ofrecía un cobijo a todo aquello que tenía dudoso valor de cambio. Estamos pues ante dos oficios que viven un angustioso epílogo y por eso celebro doblemente la aparición de este libro.
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