José Juan Marín
Venezuela atraviesa días de profundo dolor. Los dos fuertes terremotos ocurridos el 24 de junio, han llenado de angustia a miles de familias y observamos la fragilidad de aquello que creemos permanente.
Ante una tragedia como esta, lo primero debe ser el respeto por la pérdida humana. Detrás de cada persona fallecida, herida, desaparecida o desplazada hay una familia que hoy enfrenta un dolor imposible de resumir en una cifra. Hay niños esperando noticias, padres buscando a sus hijos, vecinos removiendo escombros y comunidades enteras intentando comprender cómo continuar. Ninguna reflexión debe desplazar ese duelo. Venezuela debe acompañar, con humanidad y sin indiferencia, a quienes han perdido a alguien, un hogar, un negocio o la certeza de estar a salvo.
Esto nos obliga a reflexionar lo siguiente:
Uno. En México hay poca cultura de prevención de desastres. Se habla de programas al respecto, pero desde los sismos de 1985 y 2017 que afectó a la Ciudad de México poco se ha avanzado.
Dos. Urge crear zonificaciones y atlas de riesgos que identifiquen las áreas problemáticas; además de propuestas para hacer llegar a la comunidad.
Tres. En las últimas tres décadas, diferentes zonas urbanas en el centro de México, han sido afectadas por hundimientos diferenciales del suelo; generalmente estos procesos se han ligado a la sobreexplotación de acuíferos. Desde 1988 se han identificado en la ciudad de Morelia 16 de estas fallas.
Las condiciones peligrosas de orden natural como las lluvias, inundaciones o sismos, no son condiciones generadoras de desastres por sí mismas. Los desastres se construyen en las sociedades por las decisiones tomadas por sus habitantes, la regulación gubernamental deficiente y la corrupción, así como por condiciones de orden social como la pobreza, la precariedad y la exclusión social.
Un llamado a tiempo.
