Dr. Alejandro Guzmán Mora
Imagina un país donde las urnas se llenan de silencio. La lluvia golpea los techos de los colegios electorales. La gente llega, deposita su voto y se marcha. Al cerrar las casillas, el escrutinio revela lo impensable: la mayoría ha dejado la boleta en blanco. No hay pacto previo. No existe líder que lo ordene. Solo una decisión individual convertida en acto colectivo.
El poder establecido entra en crisis. Los altos funcionarios se reúnen de urgencia. Repetir los comicios parece la única salida. Una semana después el resultado empeora. El rechazo supera cualquier porcentaje previo.
El partido gobernante, que durante años consolidó control mediante programas clientelares y tolerancia hacia estructuras paralelas, ahora ve amenazada su legitimidad.
La respuesta llega rápida. Se habla de “epidemia de ingratitud”. Se vincula el fenómeno con crisis anteriores. Se activan aparatos de vigilancia y propaganda. Un inspector es enviado a la capital para descubrir a los “instigadores”.
Debe encontrar culpables, aunque no existan. La investigación lo lleva a una mujer que, años atrás, conservó la capacidad de ver cuando todos perdieron la vista. Ella representa la lucidez que el sistema no puede tolerar.
En las calles la vida continúa con normalidad aparente. Sin embargo, bajo la superficie crece la tensión. Los programas sociales funcionan como redes de lealtad. La violencia persiste en casi todas las regiones, alimentada por vínculos entre autoridades locales y grupos criminales. El discurso oficial repite que todo marcha hacia la transformación. La realidad muestra otra cosa.
El inspector avanza en su tarea. Encuentra miedo, silencio y complicidad. También descubre dignidad. Ciudadanos comunes que, sin organización visible, han decidido no legitimar un sistema que ya no los representa. El voto en blanco se convierte en arma pacífica. El régimen lo interpreta como una conspiración.
El poder teme perder el control. Prefiere fabricar enemigos antes que cuestionar sus propias fallas. La pluralidad se reduce a obediencia. La libertad se mide por la capacidad de decir “no”.
¿Y sí, sí? ¿Y si esa lucidez se extiende? ¿Y si el silencio de las urnas obliga a cambios reales?, relato apartado del ensayo de Saramago, no da respuestas fáciles. Solo muestra lo que ocurre cuando un pueblo decide dejar de participar en su propia sumisión.
En este país la pregunta sigue abierta. La respuesta depende de quienes aún conservan la vista.
