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Yo era las palabras

Por: Neftalí Coria

Allí estaba Paura, esperando las palabras y la acción narrativa para vivir, pero no podía precipitarme, ni alterar el tiempo para comenzar. Faltaba el resto de las imágenes para que el principio de la novela estuviera completo.

Yo sabía que a una novela debe dársele el tiempo exacto y ella lo pide, porque también sabía –como lo dice Goran Petrović–, “una historia valiosa siempre es buena, porque algo en ella se ha dicho hasta el más mínimo detalle, pero también porque justo otro tanto se ha callado…” Y ahí estaba el secreto. Había que callar el nombre de Arlette, las omisiones y mentiras de Paura y detallar el espíritu de los demás personajes “hasta el más mínimo detalle”; sus hechos nuevos, sus peripecias, sus errores, sus ambiciones y sus deseos, partiendo de lo que eran y decían, pero también de lo que nunca serían y lo que debían callar. Colocaría los hechos de todos que por intuición y suspicacia, llegarían, como llegan los pájaros a la primavera.

Comenzaba el frío. Advertí que ese era el clima del principio de la novela que ya casi llegaba y el relato en sí mismo, lo pedía.

La mesa se multiplicó y se levantó en torno a mí, un bar que llegó de la memoria desde un viaje lejano. Predominaba el color rojo. Lámparas metálicas, luz tenue, en las mesas había una lamparilla al centro como en los viejos bares de Nueva Orleans, los parroquianos, en distintas posiciones, mesas amplias de ocho personas, igual que mesas para dos y cuatro lugares. El bar lleno: una postal de gente feliz –en ese instante– inanimada, como si fueran estatuas de cera.

Meseras de falda corta y una camiseta de licra de tirantes delgados. Un hombre y una mujer atendían la barra, que estaba de cupo lleno. Entre las camareras, Anabel, que lucía hermosa con su pelo corto. En un pequeño escenario, una banda de Jazz en la que se veía a Lord Anton en el contrabajo, una mujer esbelta ante el piano, un viejo de pelo cano largo, en la batería Ludwing de un tom de aire y uno de piso, bombo, contratiempo, escobillas en las manos y a la derecha, platillo turco. Y finalmente al frente con los labios en la boquilla del sax soprano, Roger, el de la gabardina, que seguro tendría la rata en el bolsillo, porque así lo pensé. Inmóviles parecían estar a mitad de una pieza de Duke Ellington. Todo estaba inmóvil.

Ya estaba claro. Así con las presencias y la plasticidad radiante de aquella escena, escribiría la novela. Esa neblina discreta que lo envolvía todo, como un velo sobre la inmovilidad, comenzaría a disiparse, en cuanto comenzara la acción. Tenía las imágenes y las presencias necesarias del primer plano protagónico y la línea medular. Con trazos sintetizados, señalando los movimientos vivos, los sonidos, las palabras, los ademanes y con líneas de percepción, iría quedando sellada e indeleble la historia en el cuaderno vivo, al tiempo que sucedía la acción en mis ojos. Con cada trazo, bastaría dirigir mi percepción y los hilos de la memoria que se unen a la imaginación, desatarían la trama de lo que se habría de narrar.

Allí era el pueblo de la ficción modificable, como la plastilina en las manos de un niño.

Por un momento me pregunté si el acceso a ese mundo era un privilegio, una desgracia, o acaso un castigo… pero pronto se disipaba la pregunta porque ganaba el asombro y la satisfacción de tener en el dominio de mis manos, el barro necesario para construir el nuevo mundo, la satisfacción de pisar las auténticas tierras de la ficción, y volvía a preguntarme por qué era yo el novelista elegido para escribir una novela como un ser In fabula, para escribir desde adentro y con las palabras suficientes para lograr la aventura completa que debía calcular con precisión.

Yo era las palabras, incluyendo las que ella (Arlette) había colocado en su cuerpo, porque al momento de los cuerpos y el amor, las que estuvieron en su piel, penetraron por la superficie de la mía, como por esa misma magia sanguijuelesca que las palabras poseían, mi cuerpo las tomó suyas, las absorbió igual que un niño se apropia de palabras cuando aprende a hablar y después en los años, se multiplican hasta lograr un capital verbal suficiente para vivir. La diferencia estaba en que aquí, sucedió en un instante.

La novela comenzaría cuando yo lo decidiera, pensé, pero corregí, porque ante un principio, siempre supe que no lo decidía yo, sino esa mano invisible que acecha encima de los novelistas y decide cuándo se escribirá la historia y en qué momento la escritura se vuelve impostergable en su comienzo.

El paisaje primero ya estaba frente a mí, aunque también se debe atender al pasado antecedente para que la historia con segmentos previos, sumergidos y no visibles en las palabras, originen todo principio de una novela. El primer ámbito en toda su composición, estaba ahí, inmóvil y articulado para observarlo. Solo bastaba la orden y la acción se pondría en marcha. Esperaba aquella orden, siempre indescifrable y de la que nunca se sabe su procedencia.

En el paisaje del bar, estaba el principio y yo estaba ahí, adentro del momento iniciático y como el único ser que podía moverse y eso fue lo que hice con el cuaderno y la pluma en la mano. Sentí la obligación de ver de cerca todo. Debía ir. Era importante mirar con cuidado, si es que la disposición de los trastos y personajes de la novela, estaban en su lugar. Y me levanté para hacer el recorrido.

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