Borges y el poema 1964

Por: Neftalí Coria

 

No hay un escritor igual, eso es totalmente lógico, sencillamente porque la creación proviene de la memoria y la imaginación humana y ahí se entienden claramente las diferencias: nadie es igual a nadie. Y eso es claro en la creación de las obras humanas y podemos ver las diferencias en general y en lo particular entre los escritores de una generación. De los parecidos esta vez no me ocupo, aunque bien vale la pena no dejarlos de lado, porque ahí se puede desentrañar la faz del tiempo.

Pero al hablar de las diferencias, resalta el caso de Jorge Luis Borges que en la lectura de su obra, siempre me ha asombrado. Y la diferencia se puede apreciar de un modo único por las características de su obra; tampoco quiero hablar de lo que se llamaría “la calidad de la obra” como diferencia porque somos muy dados a medir las obras por nuestro gusto y se habla de “el mejor”, solo porque así nos lo parece. Yo creo que la literatura en el conglomerado de la historia, todas las obras son necesarias (incluyendo las que nos parezcan “malas”). Y es claro que entre más se conozcan autores, mayor amplitud tendrá nuestra visión, no solo de la literatura, sino de la vida.

Y vuelvo a Borges, porque supera lo diferente en su obra entre los escritores de su generación. Es un Escritor-Isla y pareciera que ante su obra, estamos ante un escritor que no tiene generación, pero sin duda, dueño de una obra con la gracia del arte y la belleza más alta y sabia. mucho hoy se habla de él y se reproducen sus entrevistas que siempre es un gusto verlas y cada vez se ha vuelto más popular, lo que me parece muy bien.

Pero hablo de la distinción de la obra de Borges, por lo apartada que se nota entre los autores de su generación y en general de la literatura en Latinoamérica. Su obra es de una especie única en la literatura escrita en español, obra con la que asombra la pulcritud de su lenguaje, la memoria libresca y de clara erudición, el conocimiento de la historia, la literatura y las mitologías de distintas culturas, pero por otro lado, hay áreas de su numerosa obra que estremecen, sobre todo en su poesía, que es lo que ahora me viene a la memoria en mis ya añejas lecturas de la poesía del poeta argentino.

Son varios poemas que me vienen a la memoria, porque los he leído de manera incansable. Y ahora pienso sobremanera, quizás por lo triste que al salir de casa, vi las calles de la ciudad y me da vuelta en la memoria su poema “1964”. Un poema en endecasílabos casi perfecto porque solo tiene dos versos de trece sílabas.

Y oigo en mí ese principio como un latigazo: “Ya no es mágico el mundo, te han dejado”. Las afirmaciones que no se equivocan sobre el tiempo, el amor extinto, la soledad, la memoria que traiciona y nos enfrenta con el mundo que un día creímos con inocencia que era “mágico” y frente al piélago de “los desiertos días”, solo quedan los recuerdos que no abandonan al amoroso amante de lo ido; eso fue Borges y este poema, me asombra, me estremece como cuando nos enfrentamos de tajo con la verdad que nos arroja su agua fría y más vale que nos despierte. Porque los poemas quizás vivan en el cuerpo y en la memoria como una sola cosa. Y lo compruebo con el poema de Borges que tanto me ha hablado de frente:

Mientras camino bajo esta mañana que anuncia lluvia, oigo esa voz que es mi propia voz, pero que percibo ajena y habla: “La vida es corta y aunque las horas son tan largas./una oscura maravilla nos acecha, la muerte,/ese otro mar, esa otra flecha/que nos libra del sol y de la luna y del amor”.

Miro al frente y lejos. Los versos los repito –ahora en voz alta– y doblan el sentido. El flamazo de lo cierto le prende fuego a la memoria y la calle sigue larga. Voy a los versos que siguen en el orden del poema: “La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada;/lo que era todo tiene que ser nada”. Y pienso en las tantas veces que me quitaron la dicha, y las muchas veces que me la dieron como trozos de pan, como alimento. Y hoy todo tuvo “que ser nada”.

De nuevo miro hacia el frente y más lejos. Y siempre que se mira así, allá hay un horizonte y ahora temo llegar. El verso logra disturbios en la marcha que no lleva rumbo, logra conmover mi destino que en lo inmediato, puede desviarse a donde haya un horizonte seguro.

¿Por qué la poesía asalta así cuando menos se espera? ¿Por qué un poema nos habla en los momentos que sus efectos lastiman y nos colocan espejos para vernos ahí, malditos como ángeles caídos? No lo puedo responder, pero me ocurre y quizás algo queda como aprendizaje.

En especial este poema de Borges, demuestra la augusta sensibilidad del poeta, la fortuna de hallar en los versos, verdades de filo grande. Y pese a reconocernos en las heridas, nos alienta a la comprensión de momentos que sino se han vivido, es posible que no tarden en vivirse.

En el poema viene la dolorosa decisión de reconocer que “Ya no hay luna que no sea espejo del pasado, cristal de soledad, sol de agonías.” Y con el verso, el corazón que nos dio la mentira del amor y el bien del mundo, late culpable porque nos descubrimos en medio de una verdad que nos deja helados con el vacío a nuestros pies en el camino que tiembla y los pies tiemblan cuando un poema –a quienes nos ahondan los poemas–, nos enfrenta con la verdad de nuestra propia vida. Y cuando miramos de frente la verdad de nuestra soledad, y sabemos que con ella vino el alejamiento del amor que creímos haberlo tenido en las manos y lo llegamos a ver en nuestras flores de los días, entonces se reconoce que el amor se pierde en la bruma de la imaginación, que también lo construyó.

Y mientras camino, y la lluvia asoma los dientes, recuerdo el final del poema: “Sólo que me queda el goce de estar triste,/esa vana costumbre que me inclina al Sur,/a cierta puerta, a cierta esquina.”

Y me viene la imagen de una puerta (cerrada), de una esquina del sur (lejana, imposible) y hasta entonces, el poema calla y yo sigo el camino.

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